Hace tiempo escribí sobre “La Calenda”, porque siempre hay una polémica en torno a unas y a otras; pero resalta, al final, que el interpelado contestó: “Eso es lo que yo sé y veo como miembro del Barrio del Carmen Alto”. Con esta respuesta se siente conocedor y, así, dueño de la verdad, aunque esta no sea absoluta.
Por todo esto me propongo acudir a quien escribió de ellas en los albores del siglo pasado y publicó un opúsculo con motivo del Primer Congreso Mexicano de Historia. Salió a la luz una publicación alusiva a las festividades populares oaxaqueñas y cuya primera edición tuvo un tiraje de 2,000 ejemplares. Tiene la fecha de septiembre de 1933 para repartirla en noviembre de ese año, con ilustraciones y edición facsimilar a la tipografía y grabado en madera. Jorge Octavio Acevedo fue el autor de este opúsculo de 12 páginas, próximo a cumplir el centenario.
El trabajo forma parte de una docena de publicaciones con motivo del Primer Congreso de Historia, entre las que las más importantes fueron los dos tomos de Palestra Historial y, en un tomo, Geográfica descriptiva, de fray Francisco de Burgoa. Fue realmente una segunda edición la de 1934, ya que la primera es del 20 de octubre de 1671. La segunda edición fue impresa en los Talleres Gráficos de la Nación, siendo secretario de Gobernación el licenciado Eduardo Vasconcelos Pérez. Todas las publicaciones están agotadas y, no solo eso, son hoy en día joyas bibliográficas para quien ama la historia y anhela el saber de Oaxaca de Juárez.
Así que transcribiré una pequeña parte de lo que escribió sobre las calendas el licenciado Jorge Octavio Gerardo Acevedo Sandoval:
Existió hace muchos años una práctica curiosa implantada por los frailes dominicos de la orden mendicante, en tiempos muy anteriores a la Guerra de Reforma: las típicas calendas oaxaqueñas.
Las calendas más famosas eran las de la Soledad, los Príncipes, la Merced, Consolación, el Carmen Alto y San Juan de Dios, esta última con su ejército de coheteros del barrio, rivalizando todas en gentío y derroche de pirotecnia; pero ajustémonos a la descripción de la más famosa de todas, la de la Soledad, porque a ella no solamente concurrían los vecinos del barrio, sino una gran cantidad de devotos de otros rumbos. Todos los 16 de diciembre, don Espiridión, émulo de su ascendencia triunfadora, se fatigaba varios días antes regateando a los coheteros el precio de su mercancía, para lo cual tenía la táctica de invocarlos a la “Patrona”, en cuyo honor iba a quemarse la pólvora. Así, el ahorro no regresaba a manos de las madrinas rezanderas y pródigas, sino que se gastaba en banderitas de papel de china, reparación de marmotas, farolitos, compra de ceras, etcétera.
Desde una hora antes, esta calenda anunciaba su pompa con tres repiques al iniciarse y con sonoras y repetidas campanadas generales al terminarse, en las torres de la Soledad; y en cada templo por donde pasaba, al hacer el recorrido por toda la ciudad, las esquilas se echaban al vuelo, con el júbilo rebosante de los monaguillos y gente de sacristía.
También se usó por cerca de un centenar de años el disparo anunciador de un cañón de pequeño calibre que el señor cura don José María Morelos y Pavón dejó en prenda de gratitud a la Virgen de la Soledad, cuando el patriota insurgente desalojó de la ciudad al comandante Régules. El disparo se hacía sin proyectil, aunque con gran aparato y estruendoso regocijo de la multitud, en el amplio atrio. No se sabe en poder de qué facción armada de la época revolucionaria fue a parar el armamento; pero el caso es que, con su desaparición, se borró un color más a la estampa de nuestras jugosas costumbres populares.
Inevitablemente, a las cuatro en punto de la tarde, don Espiridión aparecía entre la multitud, rodeado de chiquillos bullangueros y de mozos corpulentos que le solicitaban la especial y muy honrosa comisión de cargar la gran marmota para pasearla triunfante entre las miradas del gentío alborotado. La marmota consistía en un armazón de carrizo, alambre y madera, cuya forma esférica y de gran volumen se revestía de manta blanca; una asta central era su sostén, amén de varias correas con que los ayudantes del marmorero mayor le hacían equilibrio para sostenerla a la redonda. Multitud de velitas de cera ardían durante el trayecto de la calenda, cuyo fulgor apenas se traslucía hacia el exterior.
El simbolismo de todo aquello era extraño y de procedencia remota. En efecto, cuéntase que durante la época colonial, y para difundir “respetuoso temor y profunda piedad a los convertidos de aquellas comarcas indias hacia las cosas sacratísimas”, un obispo de la Nueva Antequera estableció el gran tamaño de las marmotas, copiando una vieja costumbre castellana, pero acondicionando el alumbrado en el interior de ellas para representar, ante la absoluta credulidad del vulgo, el amor siempre viviente de la castísima Madona Enlutada.
La calenda de la Soledad era suntuosísima. Despuntaba el mayordomo con el maestro cohetero y media docena de oficiales que portaban su imprescindible tizona de cáscara de coco tehuano; los aprendices conducían “chiquihuites” cargados de cohetes que iban facilitando a aquellos tan pronto como se les requería. En cada esquina, tras la fugacidad de un cohetón desmesurado, se quemaba una rueda llamada “catarina”, que un chiquillo paseaba en volandas hasta cien metros adelante del popular cortejo, a modo de estridente anunciador.
Este era el día especial en que la tía solterona o la hermana casada y respetable accedía al lloriqueo de la entusiasmada niñería femenina, que estrenaba con alboroto para salir con miles de recomendaciones maternas. Después venía el cortejo de floreras del barrio de Consolación y la Trinidad, guapas zagalas de donairoso porte y arracadas deslumbrantes, tan solo rivales con los destellos de sus lindos ojos.
Este era el día de las floricultoras: todas llevaban sobre su cabeza un altillo y, dentro de él, el armazón que sostenía un bello y sugestivo adorno floral: ya una lira, ya un cisne de rosas de Castilla, ya un pavo en que a la maravilla de las dalias se agregaba la fragancia de las violetas y el contraste de los azahares; ya, en fin, águilas, corazones y otras mil elucubraciones caprichosas que no eran ni lira, ni cisne ni pavo, pero sí tenían el encanto de la fantasía popular, fanática y alegre.
Hasta aquí el texto del licenciado Jorge Gerardo Octavio Acevedo Sandoval.
La calenda

La calenda, hoy en día, sigue siendo una típica costumbre oaxaqueña que se celebra dos días antes de la fiesta religiosa. En una inmensa mayoría de los pueblos del estado se organiza un desfile profano-religioso, al que se integra una banda de música, así como hombres y mujeres, niños y ancianos portando faroles de papel de china; a este desfile se le llama convite.
En la tarde del pasado lunes 13 vimos a las chinas de doña Casilda, que lidera Ramsés, cómo salieron en el convite del Carmen Alto y en él no faltaron las marmotas, las mojigangas y los enanos (cabezones). La calenda, durante su recorrido, lanzó cohetes y fue acompañada por el repique de campanas del templo.
En algunos pueblos de Tlaxiaco se nombra una madrina de calenda, quien agasaja con una taza de chocolate de agua y panes de menudencia. Su recorrido inicia a las 19:00 horas y termina en la madrugada del día siguiente. En las ocho regiones se celebra la fiesta en cada capilla, ya que a cada una le llega su fiestecita y, si sumamos las calendas de las ocho regiones, que son en estas fechas a las que me refiero, o por lo menos las más importantes…
En Ixtlán, en la región de la Sierra Norte, se celebra el 21 de diciembre una fastuosa fiesta a la Natividad del Señor; así como también en Matías Romero, el 22 de febrero de cada año, se celebra la calenda anual con gran concurrencia. En Jamiltepec, el 15 de febrero es la fecha en la que se le hace al templo su fiesta dos días antes. En Santa María Tehuantepec es el 15 de agosto, celebrando con gran mayordomía a la Virgen del Rosario. En Tamazulapan del Progreso es el 3 de mayo y en Santa María de la Asunción, Tlacolula de Matamoros, es la Santa Cruz su fiesta y calenda. La del Carmen Alto es el 14 de julio y, como consecuencia, es la mayor fiesta por el día 16 y el Lunes del Cerro.
La de Guadalupe es el 10 de diciembre y sigue siendo grande la calenda.
La calenda quizá más esperada es la de “La Soledad”, el 16 de diciembre, la que era muy fastuosa y tradicional.
La del Corpus Christi, en junio, fue la más grande de todas, la más elegante y esperada.
La de la Catedral es muy importante y sigue siendo la grande.
La de los Siete Príncipes sigue saliendo del templo de Santa María de los Ángeles.
La de la Merced es tradicional y sigue saliendo.
La de la Consolación es de las más tradicionales de la ciudad.
La de San Juan de Dios, del barrio de los Canteros, sigue saliendo en su día.
De todas las calendas, considero que la más grande es la del 24 de diciembre, en la que salen las calendas de todos los templos para rendir culto al Niño Jesús. Antiguamente eran 27 camiones que pasaban por el Zócalo y regresaban a sus templos para la Misa de Gallo, a las 12:00 horas. Era la misa más santa y la noche dedicada al Niño Jesús recién nacido.
Oaxaca de Juárez, Oax., a 03 de agosto de 2026
JORGE BUENO
Cronista de Oaxaca
Presidente de la A.E.C.O.
Secretario General de la Federación Nacional de Asociaciones de Cronistas Mexicanos A.C.
w/ Las calendas
Las calendas siguen recorriendo calles y barrios de Oaxaca como símbolo de tradición, pertenencia y continuidad cultural.
Foto: Archivo/El Imparcial



































