Durante varios días, Oaxaca ha discutido con intensidad la desaparición del primer tramo de la calle Las Rosas para dar paso a la construcción de Plaza Parque. El tema ha ocupado redes sociales, columnas de opinión y conversaciones cotidianas como si se tratara de una de las grandes transformaciones urbanas de la ciudad. Sin embargo, buena parte de quienes hoy opinan jamás conocieron el lugar. Yo sí.
He vivido en esta zona desde hace más de cincuenta años. Conocí esa calle cuando todavía era un espacio prácticamente olvidado, hasta la actualidad. La última casa estaba en la esquina de Las Rosas con Eucaliptos y era de la familia Aragón. De ahí en adelante, solo la boutique de la señora Silvia Díaz. Apenas son unos setenta metros que nacen en Eucaliptos y terminan pocos metros después. Nunca fue una vialidad importante.
Nunca soportó un flujo considerable de vehículos. Durante décadas fue un rincón solitario donde en temporada de lluvias se formaba una enorme laguna porque el agua no encontraba salida. En otras épocas crecía la maleza y, por las noches, por su oscuridad, era refugio ideal para parejas. En años recientes fueron patrullas municipales las que utilizaban el sitio como punto de vigilancia para evitar que se convirtiera en refugio de la delincuencia.
La historia urbana también sirve para poner las cosas en perspectiva.
La colonia Reforma no siempre fue como hoy la conocemos. Hace 55 años no había ni pavimento, ni drenaje, ni alumbrado público ni servicio telefónico. La calle Netzahualcóyotl, actualmente una de las principales vías de circulación, durante muchos años estuvo casi abandonada. El tránsito hacia el norte utilizaba exclusivamente la calzada Porfirio Díaz. Fue el rediseño vial el que transformó completamente esa dinámica. Las ciudades cambian constantemente. Algunas calles desaparecen, otras se amplían y otras adquieren funciones distintas. Ha ocurrido en todas las grandes ciudades del mundo.
Por eso no me escandaliza que ese pequeño tramo deje de existir. Lo que sí es preocupante y escandaloso es la manera en que ocurrió.
El Ayuntamiento convirtió un asunto administrativo en una crisis política en la que se ahoga.
Sí la empresa necesitaba permisos, éstos debieron tramitarse antes de iniciar cualquier trabajo. Si existían requisitos legales pendientes, la autoridad tenía la obligación de detener la obra hasta cumplirlos, exactamente igual que lo hace con cualquier ciudadano que construye una vivienda sin autorización. La ley pierde legitimidad cuando parece aplicarse de manera distinta según el tamaño del inversionista. Tan sencillo como lo siguiente: si la autoridad había expedido los permisos, debieron exhibirlos y, si no fue así, debieron clausurar. La omisión gubernamental es un delito y debe sancionarse.
Al mismo tiempo, la empresa también debió actuar con mayor sensibilidad hacia los vecinos que decidieron conservar su patrimonio, es decir, no venderles. El desarrollo urbano no puede construirse ignorando a quienes han vivido durante décadas en la zona. El diálogo siempre cuesta menos que el conflicto. Ser una empresa con conocidos lazos con el gobierno de la 4T no le permite hacer lo que quiera, a pesar de que, para el obradorismo, no debemos salirles con el cuento de que la ley es la ley. La empresa Fibra Dhanos tuvo cercanía con AMLO desde que fue Jefe de Gobierno de la CDMX.
Paradójicamente, el proyecto Plaza Parque me parece una buena noticia para Oaxaca. Generará inversión, empleo, actividad económica y contribuirá a modernizar un sector importante de la ciudad. El problema nunca ha sido la plaza comercial. El problema ha sido la gestión pública.
Una autoridad con oficio político y sensibilidad habría explicado desde el primer día por qué esa vialidad era prescindible, cuál era el procedimiento legal, cuánto se pagó por ella y en qué se invertirían esos recursos. Habría escuchado a los vecinos, atendido sus inquietudes y evitado que la discusión terminara dominada por rumores, especulaciones y desinformación. La falta de oficio del Ayuntamiento ya convirtió este asunto en un conflicto político en el que los funcionarios que más vociferan no lo hacen en defensa de los vecinos sino en su proyecto personal.
Hoy el Ayuntamiento paga el costo de esa incapacidad. No porque desaparezca una calle de apenas setenta metros que durante décadas permaneció prácticamente vacía, sino porque perdió el control del relato desde el primer momento.
Las ciudades necesitan inversión, pero también instituciones que inspiren confianza. Cuando cualquiera de las dos falla, incluso una calle que casi nadie utilizaba termina convertida en símbolo de un conflicto que nunca debió existir.


































