Hoy que los Estados Unidos presionan a México, no les recordaré a ustedes la “compra” del 60 % del territorio nacional, por 20 millones de dólares, que equivalían a 18 millones de pesos; así de fuerte era el peso mexicano. Más bien recordemos juntos un poco lo que España hizo por el país naciente, U.S.A., que se convertiría en lo que es hoy: la superpotencia mundial. Veamos un pedazo de la historia, que es la ventana al pasado, motivo suficiente por lo que hoy quiero asomarme un poco a ella y recordar el invierno del frío año de 1777, ya que al “terminar” la Guerra de Independencia de las 13 colonias que formarían los Estados Unidos (4 de julio de 1776), el general George Washington vio un país con las arcas vacías, por lo que solicitó ayuda a España para apoyar la causa estadounidense.
Aunque España no había reconocido oficialmente la independencia de los Estados Unidos en 1776, el rey Carlos III (1716-1788), monarca del despotismo ilustrado que gobernó España de 1759 a 1788, decidió, por consejo de sus ministros, proporcionar ayuda financiera y militar a la naciente nación estadounidense, pues esta se encontraba en quiebra.
En 1776, el Congreso Continental había enviado a Silas Deane a París como agente secreto para buscar apoyo francés, pero también se acercó a España en busca de ayuda y, aun cuando el rey se resistió inicialmente, fue el ministro español en París, el conde de Aranda, quien se mostró receptivo a la idea de debilitar a Gran Bretaña, que por tradición era un rival formidable de España.
El conde de Aranda se llamaba Pedro Pablo Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea (1719-1798), quien, en junio de 1777, insistió al rey Carlos III para que aprobara un préstamo secreto de un millón de libras (aproximadamente cinco millones de dólares de la época) a los Estados Unidos, transacción que se realizó a través de la casa bancaria de los hermanos Simón y José Rodríguez, en Madrid. El préstamo se hizo a cambio de que los Estados Unidos no firmaran una paz separada con Gran Bretaña sin el consentimiento de España.
El dinero, que al tipo de cambio actual equivaldría a unos 500 millones, se envió a los Estados Unidos a través de varios canales, incluyendo la entrega de armas y suministros en Nueva Orleans, que entonces era una colonia española. Nueva Orleans fue territorio español hasta el año de 1803, ya que en 1763 Francia la cedió a España mediante el Tratado de París. Sin embargo, España la perdió después de 40 años y, en 1800, mediante el Tratado de San Ildefonso, devolvió en secreto la Luisiana a Francia. Esto se logró debido a la presión que Napoleón ejerció sobre Carlos IV para su devolución.
La historia es que Napoleón, en bancarrota por las guerras, el 30 de abril de 1803 vendió la Luisiana a Jefferson por 15 millones de dólares. El gobernador de Luisiana era el conde Bernardo de Gálvez, quien, de acuerdo con la historia, jugó un papel clave en la entrega de estos suministros: pólvora, mantas y fusiles. La plata de Oaxaca y Zacatecas terminó financiando la Independencia de los Estados Unidos.
El apoyo español fue crucial para los Estados Unidos, ya que les permitió continuar la lucha contra los británicos. Aunque España no entró oficialmente en la guerra sino hasta 1779, su ayuda financiera y militar fue fundamental para el éxito de la causa estadounidense en una guerra que duró de 1775 a 1783, es decir, aproximadamente ocho años.
En cuanto al millón de libras tornesas, moneda de la época en Francia y España, también es probable que el préstamo se haya realizado en forma de letras de cambio o créditos, que los colonos seguramente utilizaron para comprar armas, suministros y otros bienes necesarios para la guerra de Independencia, aun cuando su triunfo se proclamó el 4 de julio de 1776.
En verdad fue un préstamo que fue pagado a España por Alexander Hamilton en 1795, y es importante recalcar que la cantidad era significativa en ese momento y que los U.S.A. no se “acuerdan”. Ahora bien, ¿quién fue Silas Deane? Nació el 26 de diciembre de 1737 en Groton, Connecticut, y se graduó en Yale en 1758. Primero fue delegado al Primer y Segundo Congreso Continental (1774-1776), así como agente secreto en 1776. Dos años después firmó el Tratado de Alianza con Francia en 1778, un punto de inflexión en la Guerra de Independencia. Hay que recordar que la guerra terminó hasta la firma del Tratado de París en 1783, que reconoció oficialmente la independencia de los Estados Unidos de América.
Este antecedente es un oprobio contra México, el país que surgiría de su independencia entre 1810 y 1821, con su primer imperio, el efímero de Agustín de Iturbide. Luego, cuarenta años después, vendría el Segundo Imperio, el de Maximiliano, que dejó a una Carlota viuda; a Mejía, una pobre mujer anónima; y a Miramón, a Concha, quien se propuso preservar su nombre. Conservó todo, hasta los pedazos de pan de la última cena de su marido y, por supuesto, el manojo de cartas. Escribió después estas Memorias con el fin de que la posteridad no olvidara lo que ella no podía. Y sentenció con unas palabras en latín: “Adhaereat lingua mea faucibus meis si non meminero tui” (“Péguese mi lengua a mi boca si llegara a olvidarte”).
Memorias de Doña Concepción Lombardo, viuda de Miramón
18 de marzo, aniversario luctuoso de Concepción Lombardo. Pocas vidas encarnan la lealtad como la de Concepción Lombardo. Más que la esposa del presidente más joven de México, fue la cronista de una era de imperios caídos. Este relato recorre la trayectoria de una mujer que, tras el fusilamiento de su esposo, convirtió su dolor en una misión de rescate histórico. Desde el legendario corazón de Miramón preservado en un frasco, hasta el hallazgo de sus manuscritos en Palermo, estas líneas nos revelan a una mujer de carácter que desafió al olvido para asegurar que ni la muerte ni sus enemigos la separaran de su amado general.
Las Memorias de Doña Concepción Lombardo, viuda de Miramón, son un testimonio autobiográfico fundamental para comprender la historia de México en el siglo XIX desde la perspectiva del bando conservador. Escritas principalmente para reivindicar el nombre de su esposo, el general Miguel Miramón, la obra narra los acontecimientos de la Guerra de Reforma, la Intervención Francesa y el Segundo Imperio Mexicano. Con estilo sencillo, esta inteligente mujer regaló a la historia de México una joya titulada Memorias, que comenzó a escribir a los 80 años y que permaneció perdida durante 63 años hasta su publicación, revelando la intimidad de una pareja rebasada por los conflictos de su época.
Concepción Lombardo Gil de Partearroyo, conocida como Concha Lombardo, nació el 8 de noviembre de 1835 en la Ciudad de México. Fue una mujer de recio carácter, nacida en una familia adinerada, católica y conservadora. Sus cualidades convirtieron al más notable caudillo militar de la época en su ferviente enamorado. Como esposa del jefe conservador, quien se desempeñó dos veces como presidente de México (1859-1860), vivió de cerca los apasionados debates que fracturaron al país. Tras solo ocho años de matrimonio, sufrió el intenso dolor de ver a su esposo fusilado en el Cerro de las Campanas junto a Maximiliano. Se dice que, tras la ejecución, conservó el corazón de su esposo en un frasco para llevarlo consigo al Viejo Mundo.
En sus memorias, Concepción ofrece una crónica detallada y personal de la vida cotidiana de la aristocracia mexicana, describiendo con minucia los bailes, las etiquetas y las tensiones sociales de la época. Detalla los entresijos de las campañas militares de Miramón, sus críticas agudas hacia la falta de comprensión de Maximiliano sobre la realidad mexicana y narra con amargura las traiciones dentro del propio bando conservador, proporcionando una visión humana de la caída del Imperio.
El hallazgo de este manuscrito fue un acontecimiento fortuito para la historiografía mexicana. Tras la muerte de Concepción en 1921, los papeles quedaron en manos de su familia en el extranjero. Fue el historiador y coleccionista Francisco Cortina Portilla quien, décadas después, localizó el manuscrito original en Palermo, Italia. Lo adquirió de una nieta de los Miramón que vivía en condiciones modestas y se dedicaba a impartir clases de español. Gracias a esta recuperación y a la posterior edición de figuras como Felipe Teixidor, las memorias pudieron publicarse finalmente en 1980 bajo el sello de Editorial Porrúa.
El 13 de octubre de 1867, Concha se embarcó en Veracruz con sus hijos rumbo a Europa, sabiendo que nunca volvería a México. Siguiendo los consejos del emperador fusilado, buscó apoyo en las cortes de Austria y Bélgica, recibiendo ayuda únicamente de esta última. Fiel a la memoria de su esposo hasta el final, Concepción falleció el 18 de marzo de 1921 en Toulouse, Francia. Su determinación trascendió su muerte: en 1895 ordenó trasladar los restos del general a la Catedral de Puebla para que no compartiera el Panteón de San Fernando con su gran rival, Benito Juárez. Eventualmente, sus propios restos fueron repatriados para descansar junto a él en la Capilla del Sagrado Corazón, unidos finalmente lejos de las disputas políticas que los marcaron en vida.
(Con notas del libro y breves del artículo de Ute Seydel en Letras Modernas, UNAM).
Oaxaca de Juárez, Oax., a 22 de junio de 2026.
JORGE BUENO
Cronista de Oaxaca
Presidente de la A.E.C.O.
Secretario General de la Federación Nacional de Asociaciones de Cronistas Mexicanos A.C.




































