En el nuevo modelo de elección de jueces por voto popular existe al menos una tensión que tiene que hacerse salvable: la que se da entre capacidad técnica e independencia judicial.
El trabajo del juez, como el del médico o cualquier otro profesionista que presta sus servicios a los miembros de una sociedad, requiere conocimientos técnicos que se aprenden en las universidades y que deben ser actualizados permanentemente.
Eso de que “juzgar no es gran ciencia” fue claramente un desliz retórico muy desafortunado que pretendió legitimar una reforma ahí donde no lo necesitaba.
Claro que la labor de juzgar requiere conocimiento científico. El Derecho es una ciencia social, y hoy una de sus ramas más especializadas es el Derecho Judicial.
El juez debe ser experto en su materia de competencia: penal, civil, familiar, mercantil, laboral, etcétera Necesita, no saberse de memoria, pero sí dominar leyes y códigos (y de un tiempo para acá tratados internacionales de derechos humanos) para encontrar las respuestas a los problemas que resuelve.
Pero además necesita ser experto, al menos, en otras cuatro áreas del conocimiento científico: derecho constitucional, teoría general del proceso, argumentación e interpretación jurídica y razonamiento probatorio.
Si el juez ignora o tiene deficiencias en alguna de estas áreas, difícilmente la ciudadanía podrá tener certeza de que decidirá bien cuando le dé la razón a alguna de las partes en conflicto.
Será presa permanente del tan temido “error judicial”.
Por ello a diferencia del ejecutivo y el legislativo, el judicial es un cuerpo técnico y ahora también político.
Obligar a nuestros jueces a competir en elecciones no debe implicar la renuncia a la necesaria especialización.
Lo que tienen que hacer los jueces ahora es aprender nuevas habilidades relacionadas con la contienda política y que se centran en destrezas de comunicación política. Porque, sin descuidar lo delicado de su función y acostumbrado a argumentar en sus sentencias, ahora debe aprender a argumentar desde el discurso político.
Que se entienda bien. Cuando digo discurso político no estoy abriendo la puerta a la demagogia, sino a una de las más nobles y antiguas obligaciones de ciudadanos y gobernantes: deliberar.
La deliberación es la piedra angular de la democracia. Y si ahora lo que queremos es un poder judicial más democrático y abierto a la sociedad, los jueces tenemos que deliberar con la ciudadanía.
Ello implica riesgos de “cruzar el pantano” sin posibilidad de no mancharse, pero acostumbrado como está el juez a ser maestro, debe hacer campaña haciendo lo que normalmente hace cuando no está en el juzgado o el en tribunal: educando.
La única actividad que la ley le permite a los jueces mientras ejercen la función es la academia, de modo que jueces y magistrados hacen campaña diariamente mientras enseñan: en las aulas, en los foros, en los congresos y en las conferencias.
Es la manera más noble de mostrarse, porque mientras instruye le está diciendo a la sociedad de que sabe lo que hace y de que lo hace bien.
*Presidente de la Sala Constitucional del Tribunal Superior de Justicia de Oaxaca.































