Bersahín López
La identidad de nuestro país se ha forjado en la complejidad.
A lo largo de su historia, México ha superado conflictos internos y desafíos externos bajo una premisa fundamental: la construcción de un Estado-nación basado en el respeto, la inclusión y un esquema jurídico que delinea nuestra convivencia a través de libertades, obligaciones y responsabilidades cívicas plasmadas en nuestra legislación.
El dinamismo de la actualidad, acelerado por el apogeo de las redes sociales, ha dado cabida a nuevas formas de ejercer nuestros derechos y obligaciones.
De pronto, la sociedad se conectó en tiempo real con visiones globales, adoptando dinámicas y corrientes que desafiaron las estructuras tradicionales.
En este nuevo ecosistema, la crítica, el señalamiento y la exigencia de cambios estructurales encontraron un eco inmediato. Fue el inicio de una era de libertades plenas, pero también de grandes responsabilidades.
El tiempo alcanza a todos. Diversas dinámicas han profundizado la crítica social y el contraste de proyectos colectivos, introduciendo a la nación en un debate intenso.
En el camino, desafortunadamente, se han cruzado líneas de respeto institucional y personal que antes parecían infranqueables, enrareciendo la vida pública y alimentando discusiones que alcanzan a diversos sectores de la vida nacional.
En una era donde todo se conoce en tiempo real, tanto el exceso en el ejercicio de las libertades como el reprobable uso de la fuerza impactan directamente en la confianza comunitaria y lastiman a la sociedad.
Como modelo político, el llamado Segundo piso de la Transformación, que está por cumplir dos años de ejercicio de gobierno, se comprometió a respaldar plenamente las libertades, sin embargo, hemos encontrado patrones que muchas veces siguen sin coincidir con los discursos.
La crítica es indispensable para mejorar; la verdadera sabiduría para gobernar radica en la capacidad de procesar el disenso, utilizar el señalamiento de los errores de forma positiva para corregir el rumbo y comprender que la libre manifestación oxigena la vida pública.
El pueblo de México, en su sabiduría milenaria, sabe cómo mostrar su inconformidad y trazar caminos de transformación.
Corresponde a quienes dirigen desde el gobierno y las representaciones políticas tener la sensibilidad para comprender estos momentos, actuar con altura de miras, responsabilidad y sanar heridas en lugar de profundizarlas.
Ejercer nuestras libertades no puede ser sinónimo de desgaste social; al contrario, debe ser la oportunidad para encontrar formas innovadoras de dirimir nuestras diferencias.
Con marchas, manifestaciones, críticas y aplausos, el reto es el mismo: construir un futuro con determinación, donde la única opción viable sea la paz, el diálogo y la unidad.
¿Coincidimos?

































