Bersahín López
Oaxaca de Juárez no es solo cantera y monumentos; es, ante todo, nuestra gente. Este año, nuestra Verde Antequera cumple 494 años de su elevación a categoría de ciudad, pero más allá de la efeméride, esta fecha debe ser un llamado a recuperar la esencia de nuestra capital con quienes realmente la habitan.
La grandeza de Oaxaca no se mide en la altura de sus templos, sino en la dignidad con la que las familias viven y caminan sus calles.
Nuestra ciudad es hoy un territorio donde convergen personas de todas las regiones del estado, del país y del mundo. Si bien esta pluralidad resalta nuestras riquezas, también nos impone retos monumentales en infraestructura, servicios y movilidad. No queremos una ciudad que se convierta en una vitrina para el extraño mientras desplaza al propio; el reto actual es garantizar que el desarrollo y la mejora de los servicios contribuyan, primero, a una vida digna para quienes sostienen la capital todos los días.
Desde su fundación como Huayxacac en 1486, pasando por la Villa de Antequera en 1528, hasta su consolidación en 1532, Oaxaca ha sido testigo de transformaciones profundas. Sin embargo, en ese camino hacia la proyección mundial, corremos el riesgo de perder lo más sagrado: nuestra esencia comunitaria.
Ser Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO es un orgullo, pero ese título pierde sentido si el habitante local es expulsado de su entorno o invisibilizado por la falta de servicios o la gentrificación.
El orgullo de ser patrimonio debe traducirse en la dignidad de los servicios básicos para quienes hacen brillar a Oaxaca con su esfuerzo y su calidez. No somos, ni aspiramos a ser, una simple postal, Oaxaca es de quienes la habitan.
La celebración hoy convive con desafíos que quienes se precien de dirigir los esfuerzos de la ciudad deben buscar enfrentar. El problema del agua, la movilidad y la gentrificación son temas que no pueden esperar. Necesitamos un pacto por nuestra esencia, un acuerdo donde la modernidad no signifique el desplazamiento de nuestra gente, y donde el crecimiento económico no deje atrás la dignidad de nuestros barrios.
Debemos trabajar para mantener nuestra grandiosidad histórica en el presente, pero con una visión clara: la belleza de nuestra capital solo se conserva si se protege a su comunidad.
Que este aniversario sea para recordar quiénes somos y para abrazar lo que nos da identidad: nuestra historia, la solidaridad, el consumo local y la determinación de decidir qué queremos para nuestro futuro.
Este aniversario debe servir también para una reflexión consciente. El desarrollo de nuestra capital no depende solamente de los actores políticos; es vital lo que día a día cada oaxaqueña y oaxaqueño aporte en el cuidado del agua, del medio ambiente y de la seguridad. Con una ciudadanía activa y participativa, los gobiernos se verán obligados a implementar acciones integrales para elevar la calidad de vida.
Tenemos la fortuna de conservar tradiciones que son símbolo mundial, pero es momento de incorporarlas a un esquema de desarrollo que respete nuestra identidad.
A 494 años, nuestra ciudad requiere de trabajo en equipo y un amor decidido de quienes pueden impulsar con prontitud mejoras significativas en la vida comunitaria.
Construyamos una ciudad a la altura de su historia, pero sobre todo, a la altura de su gente. ¿Coincidimos?
@bersahinlopez


































