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Muchas hemos resistido por la colectividad

Por mucho tiempo se nos prohibió incluso hablar de nuestra sexualidad y de nuestros deseos. En la comunidad mixteca era impensable que te pudieras sentar con las piernas abiertas, que dijeras que me gusta fulano”

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Una mañana fresca, en el patio de un hotel de la ciudad de Oaxaca, atestigua las palabras de Nadia López García. Las que dice sentada a la sombra de un árbol y entre cactáceas como las que abundan en su región de origen. De la Mixteca oaxaqueña, la poeta salió siendo niña para sumarse a la travesía de sus padres hacia San Quintín, Baja California. El paisaje árido de esa zona contrasta con aquellos campos de fresas en los que la familia trabajaba como jornalera en el norte del país. Y sin embargo hoy parece uno mismo si se miran las pequeñas rocas, las espinas de los cactus, el rosa vívido del muro o los hilos rojos en el bordado de su blusa.

En esa aparente dualidad, están también las lenguas que habla y escribe la autora oaxaqueña (La Soledad Caballo Rucio, Santa María Yucuhiti, 1992).

El español (o castellano, como opta por nombrarlo) y el mixteco. El primero como su lengua madre y el segundo como el idioma de su mamá y de otras de sus ancestras. Una lengua que con su poesía busca mantener viva.

Nadia decidió escribir poesía en mixteco. Uno de los idiomas originarios más practicados en el estado de Oaxaca (sólo después del zapoteco). Pero ella, a diferencia de sus antecesoras, creció escuchando y comunicándose en español, la lengua que sobrepasa con creces a las otras 68 nacionales.

Incluso en su estado natal, que se ha preciado de ser el más diverso de las entidades, con 16 (sin contar las variantes de cada una). Y con al menos un par de lenguas en eminente riesgo de extinción.

Sobre la mesa de cristal descansan sus libros, los poemarios Ñu›uvixo/Tierra mojada y Tikuxikaa/El tren. Ella trata de tomarse un respiro antes de viajar nuevamente. Ha venido de Ciudad de México a Oaxaca de Juárez y pronto partirá a la casa materna, a una parte de la Mixteca de la que por ahora está separada unas siete horas.

Estos días ha estado muy ocupada, confiesa. Pero su sonrisa emula el gusto por hacer y desarrollarse en lo que se mira como una mujer privilegiada.

“De cuántas mujeres no quisiéramos escuchar sus palabras e historias, y a veces no se puede porque no hay los espacios ni los tiempos”, dice.

A ella, por ejemplo, le encantaría que una hablante de ixcateco tuviera el mismo privilegio que ella. Y es que así se ve: como una mujer que ha podido estar frente a un público y, con micrófono al frente, dejar salir los sonidos del idioma mixteco.

¿Cómo te percibes como escritora en lengua mixteca dentro del mundo editorial y la literatura?

—Creo que en general, quienes somos invitados a una feria de libro, a quien se nos hace una entrevista, a quienes nos piden una opinión, estamos en un puesto de privilegio. Pero también de mucha responsabilidad porque el hecho de que estés sentada en una mesa de diálogo o en un recital quiere decir que se eligió darle chance a tu voz. Uno no puede decir cualquier cosa. Yo siempre he dicho que al menos de todos los libros que escribo, a pesar de que están firmados con mi nombre como autora, no me corresponden totalmente. Todo lo que está escrito, tanto poemas sobre cómo curar la tristeza o la violencia que se vive en nuestras comunidades, poemas sobre cuestiones que nos contaron nuestros abuelos y bisabuelos, son una actividad colectiva, comunal, que ha pasado a nosotros de generación en generación, por tanto es un saber que le corresponde a todo mi pueblo y yo lo presento en un libro para que la gente pueda conocer qué hay en mi pueblo, qué otros pensamientos y otras lenguas tenemos en México y Oaxaca.

 

¿Tienen las mujeres de comunidades o raíces indígenas las mismas oportunidades que otras de orígenes y contextos distintos?

—No. Incluso lo puedes ver revisando el programa (de la pasada Feria Internacional del Libro de Oaxaca). Yo creo que hay un cinco por ciento de participaciones de mujeres que escriben alguna lengua indígena originaria de México, en comparación con mujeres que son occidentales o escriben en castellano. Es una conquista que nos estén invitando porque hace mucho tiempo en una feria del libro era impensable que se pudiera hablar de literatura en lenguas originarias. Hoy en día estamos caminando hacia eso, hacia comenzar a hablar de las escrituras que hacemos muchas mujeres y hombres en nuestras propias lenguas. Sin embargo, creo que estamos muy al inicio del camino, falta mucho, a pesar de que este año se declaró como el Año Internacional de las Lenguas Indígenas y que por primera vez la feria tuvo un pabellón de lenguas indígenas.

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LA LITERATURA Y LA ORALIDAD

“Ser joven es resistir, y ser joven indígena es resistir doblemente”. A esas palabras, Nadia añadía el ser mujer, indígena y migrante, en un discurso con el que recibía en octubre de 2018 el Premio Nacional de la Juventud de ese año, en la categoría Fortalecimiento a la Cultura Indígena.

Pero como escritora ha reflexionado y dicho que en México no se escribe literatura únicamente en castellano, sino en otros idiomas. Y que al “escribir desde nuestra lengua no sólo estamos haciendo lo que en castellano se conoce como literatura, sino mostrando la oralidad de nuestros pueblos”.

A veces, esos pensamientos la conducen a preguntarse si lo que hace es literatura. “No porque crea que la literatura en castellano sea mayor o menor, sino porque creo que tenemos cánones distintos. Al tener una forma de pensamiento distinta, lo que escribimos tiene otra construcción”. Y en eso, su voz no es una individual, sino colectiva, apunta.

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En programas culturales como las ferias, ¿las lenguas indígenas deberían de contar con alguna traducción como la que se hace con invitados de habla inglesa?

—Quizá no vamos a poder tener un traductor simultáneo como en el inglés o francés, pero sí deben de ser sonoras (que estos idiomas se escuchen) porque nosotros deberíamos mínimamente distinguir nuestras lenguas. Se distingue el inglés o el francés, pero ¿porqué no distinguimos el ayuuk, el náhuatl o el zoque? Porque nuestro oído no las ha escuchado. Creo que entre más espacios haya para escucharlas, aunque no lo entiendas, se da la apertura de que hay muchas lenguas, de que están ahí.

 

Como autora con raíces indígenas, ¿cómo te sientes o miras ante las luchas y movimientos feministas?, ¿te sientes identificada con ellos?

—Si me preguntaras si me considero feminista o no, yo te diría que no porque creo que hay muchos feminismos, no sólo uno, y hay unos que todavía están en construcción y quién sabe cómo los vamos a nombrar en un futuro. Todavía los estamos pensando, dialogando, y yo parto de una idea que, a pesar de lo que se cree, en muchos de nuestros pueblos, desde hace muchos años, antes de que fuera tan viral la palabra feminismo, estamos construyendo con las mujeres, estamos haciendo un diálogo con ellas, estamos preguntándonos cosas tan básicas como qué vamos a hacer en el cabo de año, qué se va a hacer para la fiesta de la mayordomía, como mujeres qué nos conviene más. Y creo que muchas de las mujeres hemos resistido así por la colectividad. Entonces cuando me dicen si soy feminista o no, yo creo que no porque lo que nos ha llegado del feminismo y las experiencias que los pueblos originarios hemos tenido con el feminismo han sido experiencias un poco extrañas. Llegan muchas mujeres a dar charlas sobre empoderamiento y feminismo a las comunidades, pero parten desde un pensamiento exterior, desde un pensamiento de una clase social más posicionada, de otra historicidad distinta a la nuestra.

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Nadia prefiere considerarse integrante de una colectividad donde las mujeres han forjado la economía de sus pueblos, con la cosecha y venta de café o en la lucha por mantener la partería y aprenderla. “Siento que estos son los movimientos comunitarios que han hecho que haya un empoderamiento comunitario. Antes, era impensable que las mujeres de mi comunidad votaran en la asamblea o hicieran uso de la palabra. De unos años para acá, ya se está viendo, también porque hay mucha migración de hombres”, explica.

La bisnieta de una mujer que murió a falta de una clínica o de un doctor que llegara a la comunidad, y que a diferencia de su abuela (que a sus 60 años pudo escribir por primera vez su nombre) tuvo acceso a la educación formal, cuando se habla de feminismo pareciera que se trata de uno solo. “El feminismo de la clase media alta, de lengua castellana y piel blanca. Cuando no (es así), cuando hay mucha formas (de luchas de mujeres) que no sé si se llamarían feminismo o no”.

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En los últimos años han cobrado mayor notoriedad movimientos como marea verde, que buscan la despenalización del aborto. En temas como este, ¿qué piensas?

Yo siempre he dicho que estoy a favor de la libre decisión de las mujeres sobre su cuerpo. Creo que por mucho tiempo se nos prohibió incluso hablar de nuestra sexualidad y de nuestros deseos. En la comunidad mixteca por mucho tiempo era impensable que te pudieras sentar con las piernas abiertas, que dijeras que me gusta fulano. De hecho, yo fui una mujer que no tuvo novio en toda la universidad porque cuando me fui a estudiar prometí en mi casa que iba a echarle ganas, que no iba a tener novio, que iba a cuidar mi virginidad y todo. Vengo de una estructura familiar que ha crecido con el ideal de mujer muy blanco, casto y puro. Y por mucho tiempo asumí eso que se me dijo. Conforme fui analizando y pensando en muchas mujeres de mi comunidad que no quisieron ser mamás a los 15 o 16 años —esa edad es la de ser mamá y si te casas a los 20 ya se te fue el tren— yo decía que es necesario repensar eso. Y justo cuando empecé a escribir mi primer libro (Tierra mojada) pensaba en cómo muchas mujeres no han dicho su palabra, no han explorado su cuerpo, no hablan de su sexualidad, de su erotismo, de su deseo, también por ese miedo. Muchas mujeres empezaron a darse cuenta de ello y empezamos a hablar.

 

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