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El hombre que debia treinta y siete vidas

Redacción Imparcial por Redacción Imparcial
miércoles, octubre 14, 2026 - 8:05 PM
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Dr. Arturo David Vásquez Urdiales

 

Por Arturo Vásquez Urdiales

Del libro: Los desterrados hijos de Eva

ESTIGMA V

Ficcionamiento mágico hipnótico en tres actos.

Acto I. El niño que viajaba con los expedientes

Oaxaca, 1968–2003.

David Gregorio nació en Oaxaca de Juárez el 9 de abril de 1968.

Su madre contó los dedos, le acomodó la cabeza y preguntó si aquel temblor de los labios era hambre.

Su padre llegó con una camisa arrugada y una libreta en el bolsillo. Anotó la hora. Después permaneció junto a la cama sin encontrar nada más que mereciera escribirse.

La madre se llamaba Elena. Daba clases en secundaria y preparatoria; corregía trabajos hasta que la casa se quedaba en silencio.

Tenía una paciencia que acababa cuando alguien confundía ignorancia con derecho a humillar.

David la vio regresar agotada y preparar otra vez la lección para un muchacho que apenas había aprendido a leer.

Su padre, Rafael, era abogado y escritor de fines de semana. Trabajaba como secretario judicial en el Tribunal Superior de Justicia del Estado de Oaxaca y en los destinos que le fueron encomendando. Escribía con una letra pequeña y regular.

En casa hacía versos. Había palabras que reservaba para los expedientes y otras que solamente podían entrar en un poema.

Nunca tuvo una conducta judicial impropia. La familia conoció estrecheces, cuentas aplazadas y zapatos reparados. David creció oyendo que una necesidad propia no autorizaba a comerciar con la desgracia ajena. Su padre decía aquello sin levantar la voz. La tranquilidad con que lo decía le daba más fuerza.

El niño lo acompañó por Oaxaca. Viajaban con carpetas amarradas, ropa para varios días y una bolsa donde Elena había puesto pan. Los caminos cambiaban de temperatura, de lengua y de olor. Rafael examinaba los documentos durante las esperas. David examinaba a las personas que aguardaban con ellos.

Conoció Juchitán y el viento del Istmo, que entraba por las mangas y levantaba las hojas antes de que pudieran sujetarlas.

En una oficina vio a una mujer apretar un papel contra el pecho mientras hablaba en zapoteco. Su padre esperó a que encontraran quién la ayudara a hacerse entender.

David preguntó por qué tardaban tanto.

—Ella lleva más tiempo esperando —respondió Rafael.

En Coixtlahuaca oyó que los apellidos podían conservar cosas que una persona ya no sabía explicar. En Silacayoápam descubrió hombres capaces de caminar durante horas para llegar a una oficina donde quizá les pidieran volver otro día. En Nochixtlán aprendió a reconocer la desesperación de quien acaba de perder un documento.

Su padre se detenía en los nombres. Los pronunciaba de nuevo cuando estaban mal escritos. Una letra equivocada podía dejar afuera a una persona entera. David empezó a mirar las carpetas como se miran habitaciones donde alguien ha quedado encerrado. A veces soñaba que oía golpes dentro de ellas.

En Santiago Yosondúa, después de una noche de lluvia, vio a un anciano secarse los pies antes de entrar. Había procurado conservar presentable lo poco que tenía. Rafael le ofreció una silla y le permitió hablar sin empezar a llenar una hoja. El niño recordaría aquella espera más que el motivo de la visita.

En Teposcolula encontró iglesias demasiado grandes para las casas que las rodeaban. En Villa Alta aprendió que algunas distancias sólo podían comprenderse después de recorrerlas. En Talea de Castro vio reunirse a una comunidad para resolver lo que una sola familia no alcanzaba a sostener.

Llegó a la Sierra Mixe, a tierras chontales de Oaxaca y a pueblos donde la montaña obligaba a moderar cualquier certeza. Su padre sabía trabajar entre expedientes, pero también sabía admitir cuándo necesitaba escuchar. David lo vio cerrar una carpeta para atender a un hombre que continuaba hablando.

Conoció Teotitlán del Camino, llamado también Teotitlán de Flores Magón, y Teotitlán del Valle.

Recordaba un calor seco, después el olor de la lana, colores que parecían haber conservado una conversación con la tierra.

En Jamiltepec el cuerpo aprendía otro ritmo; en Juquila las peticiones caminaban al lado de los peregrinos.

La costa le dio un mar que no sabía quedarse quieto. El Istmo le dio voces que podían llenar una casa antes de que entrara quien las pronunciaba. En un viaje fuera del estado llegaron hasta la Chontalpa, en Tabasco. David encontró otro calor, otra agua, otra manera de descubrir cuánto podía caber en la palabra pobreza.

Su padre lo dejaba preguntar.

A veces contestaba.

A veces reconocía que no tenía una respuesta que pudiera decir delante de aquellas personas.

David llevó una vida normal. Fue a la escuela, hizo amigos, tuvo vergüenza de sus zapatos y orgullo de cosas que después le parecerían pequeñas. Se enamoró sin saber qué hacer con la noticia. No vio apariciones durante su infancia ni conservó recuerdos que pudiera separar de un sueño.

Había, sin embargo, una imagen que regresaba. Una mesa, un hombre lastimado y una pluma en el suelo. Alguien le pedía que la recogiera. Él obedecía y sentía una vergüenza tan precisa que despertaba procurando lavarse las manos. Su madre atribuía aquellos sobresaltos al cansancio de los viajes.

Rafael se jubiló en 1985. Ordenó papeles, devolvió lo que pertenecía a la oficina y llevó a casa una caja con libros. David lo ayudó a cargarla. Le pareció que su padre regresaba con menos peso del que había llevado durante años. Después vio cómo se sentaba a escribir y comprendió que aún tenía cosas pendientes.

Ese mismo año David Gregorio ingresó al seminario. Tenía diecisiete años. Quería encontrar una forma de acompañar a los otros y creyó que podía aprenderla dentro de una casa donde la oración organizaba el día. Le gustaban las bibliotecas, el silencio de la capilla y la voz de quienes rezaban sin procurar ser oídos.

Permaneció casi tres años. Aprendió latín, disciplina y la incomodidad de distinguir entre un deseo noble y una vocación. Había días en que imaginaba toda la vida dentro de aquel recinto. Otros, una sola pregunta conseguía mostrarle cuánto de su certeza dependía de no salir.

Una madrugada despertó diciendo:

—Todavía falta la hermana.

Su compañero de cuarto le pidió que se callara. David no sabía de qué hermana había hablado. Encontró un papel junto a la cama y escribió la frase antes de que se deshiciera. Durante semanas intentó darle un sentido. Finalmente la guardó dentro de un libro.

Salió del seminario en 1988. Su padre lo escuchó sin convertir aquella decisión en un fracaso. Elena quiso saber cuándo empezaría a estudiar de nuevo. David agradeció la pregunta: contenía un porvenir. Dejó las letanías y pasó al mundo de las leyes, al dominio de legis, donde también había fórmulas, promesas y personas esperando.

Se hizo abogado en 1993. Le interesaban las palabras que podían modificar la vida de alguien y le preocupaba la facilidad con que podían utilizarse sin pensar en esa vida. Cuando un cliente le entregaba documentos, procuraba escuchar antes de revisar. Había aprendido esa costumbre viajando junto a su padre.

La imagen de la pluma regresó durante sus estudios.

Empezó a ver una costura entre dos superficies escritas. Había una gota oscura cerca de los signos. En el sueño sabía que podía conservar el empleo si evitaba preguntar de dónde venía. Despertaba con el asco de haber entendido demasiado.

En 1996 se acercó a un grupo masónico. Quería conocer sus símbolos, sus formas de estudio, su disciplina. Asistió con respeto y tardó poco en descubrir que no tenía vocación para permanecer allí. Las ceremonias le producían interés, pero no lograba convertir ese interés en pertenencia.

Fue entonces cuando conoció al arquitecto José Pérez y Pérez.

Tenía el grado treinta y tres y unas manos que parecían haber trabajado más de lo que contaban sus maneras.

Hablaba despacio. Podía examinar un plano durante largo tiempo antes de señalar una sola equivocación. Cuando alguien lo llamaba maestro, preguntaba primero qué necesitaba aprender.

José advirtió la indecisión de Gregorio.

—Puedes marcharte —le dijo—. Lo que has venido a buscar no siempre está en la casa donde empezaste a buscarlo.

El joven sintió alivio y vergüenza. El arquitecto no parecía ofendido. Le devolvió un libro que había dejado sobre la mesa y se quedó mirando sus dedos.

Durante un instante David pensó que lo reconocía de algún lugar. La impresión pasó, dejando un frío muy antiguo.

José le habló de otro círculo. Estudiaban símbolos, relatos de experiencias extrañas y los límites de la memoria.

Algunos se decían rosacruces; otros, herederos espirituales del Temple. En aquella fraternidad privada se encontraban personas que no compartían todas sus creencias, pero continuaban reuniéndose.

El arquitecto era su gran maestre. David Gregorio entraría como aprendiz.

Las primeras conversaciones ocurrieron en Oaxaca. Había libros, café, discusiones y silencios que no siempre significaban lo mismo para todos.

Gregorio aprendió a desconfiar de la solemnidad que procura resolver demasiado pronto una pregunta difícil. José lo dejaba objetar.

Una tarde el arquitecto le mostró una rosa tallada junto a una cruz.

David sintió olor a madera quemada.

José retiró la mano y ambos permanecieron callados.

En la primavera de 2003, cuando decidieron reunirse en la Ciudad de México, Gregorio pensó que empezaba otro viaje de estudio. Preparó ropa, documentos y una libreta. Su padre le preguntó dónde dormiría. Él contestó y procuró explicar qué iban a hacer.

Rafael escuchó hasta el final.

—Acuérdate de quién está sentado enfrente —le dijo.

David tomó la libreta.

Todavía no sabía cuánto iba a necesitar aquella frase.

Acto II. La casa donde el ciego empezó a ver.

Ciudad de México. 15–29 de mayo de 2003.

La casa estaba en Donceles. Tenía un patio estrecho, una escalera gastada y habitaciones donde los libros conservaban un olor que la humedad no terminaba de vencer.

La prestaba el padre Ignacio Montalbán, un jesuita español, superior de aquella residencia.

Algunos le decían abad y él dejaba pasar el apodo cuando tenía asuntos más urgentes que corregir.

El sacerdote trataba a José con una confianza hecha de desacuerdos.

Podían discutir durante una tarde y compartir después una cena sin volver a los argumentos.

Gregorio encontró allí una forma de amistad que le resultaba más convincente que muchos juramentos. Se acomodó entre los aprendices y abrió su libreta.

Había médicos, profesores, comerciantes y hombres que habían aprendido a conservar una expresión importante incluso cuando ignoraban de qué se hablaba. La fraternidad llevaba rosas junto a sus cruces y utilizaba nombres antiguos para reuniones celebradas en un país moderno, sobre las piedras de la vieja Nueva España.

Alguien propuso estudiar a una persona sometida a un sufrimiento extraordinario.

Otro lo dijo con menos cuidado:

—Traigamos al más jodido.

Se oyeron risas breves. El padre Ignacio miró a los presentes. José preguntó quién estaba dispuesto a salir y sentarse junto a esa persona antes de traerla. El silencio duró lo suficiente para que Gregorio entendiera cuánto podía cambiar una reunión cuando la curiosidad debía caminar.

Fue con un compañero hasta la Catedral Metropolitana.

Oyeron campanas, motores, vendedores. Cerca de una entrada encontraron un cuerpo apoyado sobre un cartón. Al principio Gregorio calculó noventa años. Después escuchó la voz y comprendió que había algo terrible en su manera de haber hecho aquel cálculo.

Se llamaba Tepotzin.

Tenía treinta y nueve.

Había nacido en 1964, en una casa del borde oriental del valle de México. Una abuela procedía de Tlaxcala. Su padre bebía hasta perder el camino de regreso; de su madre dejaron de tener noticias cuando él era demasiado pequeño para conservar una explicación. Quedó en manos de personas que apenas conseguían cuidarse.

Nació ciego. Bajo los párpados había órbitas malformadas, huecos que la piel no acababa de cubrir.

Las manos crecieron contraídas. Una pierna llevaba el cuerpo hacia un lado y la espalda lo devolvía hacia el otro. Aprendió a desplazarse con los codos y las rodillas sobre materiales que encontraba en la calle.

El cartón se mojaba. La ropa se abría donde rozaba el suelo. Tenía heridas que podían descansar durante una noche y comenzar de nuevo con los primeros metros del día.

A veces la saliva le caía sobre la camisa mientras procuraba formar una palabra. Quienes se impacientaban terminaban la frase por él.

Había aprendido a esperar que dejaran de hacerlo.

Su inteligencia permanecía entera dentro de un cuerpo que la ciudad se apresuraba a interpretar.

Conocía las voces de quienes se detenían, el sonido de las monedas y la diferencia entre una limosna dejada con prisa y una mano que permanecía cerca.

Tenía un humor seco que algunas personas confundían con ingratitud.

Dormía donde podía. En uno de sus refugios las ratas habían aprendido a salir después de que se acostara. Él conservaba la comida dentro de una bolsa amarrada a su muñeca. Escuchaba cómo se acercaban. Cuando la bolsa quedaba vacía, las dejaba buscar entre el cartón.

Gregorio se arrodilló para hablarle.

Tepotzin oyó la ropa rozar el piso.

—¿Me va a levantar o me va a fotografiar?

El abogado dijo su nombre y explicó la invitación. Un grupo quería escucharlo, conocer lo que recordaba, conversar durante una noche. Habría comida, transporte y trescientos pesos. Tepotzin preguntó si iban a rezar sobre él, exhibirlo o conseguir que firmara algo.

Gregorio contestó a cada pregunta.

El hombre permaneció callado.

—La mitad primero —dijo al final.

Se la dieron. Regresaron con una silla prestada y lo llevaron hasta la casa. Durante el trayecto Gregorio encontró el olor de la ropa húmeda y de una herida que necesitaba atención. Le avergonzó descubrir cuánto esfuerzo debía hacer para conservar la naturalidad de sus maneras.

José salió a recibirlos.

Tepotzin escuchó sus pasos y se llevó una mano al pecho.

—A usted lo conozco.

El arquitecto aguardó.

—No sé de dónde —añadió el hombre.

Lo acomodaron, le dieron de cenar y esperaron a que terminara. Algunos habían preparado preguntas.

Tepotzin pidió que le describieran la habitación. Quiso saber cuántas personas había y dónde se encontraba la puerta. Gregorio fue contestando mientras varios miraban los cuadernos que todavía no habían abierto.

La doctora Beatriz Luján permaneció a su lado. Le explicó que iban a ayudarlo a concentrarse y a contar lo que apareciera en su memoria. Podía pedir que se detuvieran. Tepotzin quiso saber quién escucharía la grabación. Ella respondió. El hombre aceptó después de asegurarse de que Gregorio seguiría cerca.

La sesión del 15 de mayo comenzó con un ruido pequeño: el mecanismo de una grabadora de casetes. Tepotzin lo reconoció y preguntó si el aparato también cobraría por estar allí. Hubo una risa. Esta vez él había decidido dónde ponerla.

Más tarde su respiración cambió. La doctora esperó antes de preguntar qué sentía. Tepotzin habló de frío, de una pared, de una moneda que había rodado hasta un lugar donde no podía alcanzarla. Su mano derecha buscó algo sobre la manta.

—Me llamo Julián.

Gregorio escribió el nombre.

La voz contó una vida comenzada en 1930. Había una madre que avisaba antes de mover los objetos y un hambre que podía continuar después de que los demás terminaran de comer. Julián conservaba el cuerpo castigado desde pequeño. A los treinta ya le decían viejo.

Recordó una mañana frente a la Catedral. Una niña le había puesto pan en la mano y esperado hasta que pudiera sujetarlo. Lo partió para compartirlo con otro hombre. Mientras contaba, Tepotzin movía los dedos contraídos como si procurara conservar el tamaño de cada mitad.

Después llegó una habitación muy fría.

—Es 1962 —dijo—. Ya no puedo tragar.

Su voz se redujo. La doctora interrumpió la sesión y Gregorio lo ayudó a volver a reconocer la silla, el patio, las personas. Tepotzin pidió agua. Bebió despacio. Estaba llorando por alguien que había tenido menos años de los que Gregorio imaginó al encontrarlo.

Al terminar preguntó si recibiría el resto del dinero.

Se lo dieron.

Quiso regresar el jueves siguiente.

En la sesión del 22 de mayo habló de Veracruz. Se llamaba Pedro Pablo y había nacido en 1852. El agua cercana olía de otro modo; los pasos tenían sonidos que él distinguía por la carga de quienes caminaban. Pedía junto a un muro y conservaba una lata entre las rodillas.

También había nacido ciego.

Una mano no conseguía abrirse. La otra le permitía comer después de apoyar el alimento sobre el brazo. Un hombre le cobraba por dejarlo dormir bajo techo. Si conseguía pocas monedas, debía salir. Tepotzin reprodujo el modo de contar aquel dinero con una paciencia que hizo callar a todos.

Pedro aprendió a reconocer cuándo iba a llover por el dolor que le subía desde la pierna. Su cuerpo parecía haber llegado a la vida después de soportarla durante décadas. En 1898 murió sin saber quién retiró la lata de su lado.

Tepotzin regresó a la silla con los labios secos.

—Otra vez —murmuró.

José le sostuvo la mano hasta que pudo pedir una cosa distinta.

Después de esa sesión comenzaron a reunirse menos personas. Algunos alegaron compromisos. Otros ya no deseaban escuchar aquello a tan poca distancia. El padre Ignacio conservó la casa abierta. Gregorio dejaba preparados el cuaderno, el agua y una toalla antes de cada visita.

En la noche del 29 de mayo apareció una lengua que Tepotzin nunca había hablado delante de ellos. Las palabras francesas salían entre movimientos difíciles de la mandíbula. Uno de los presentes pudo reconocerlas y comenzó a traducir. Beatriz observaba al hombre.

Se llamaba Aubin.

Había nacido en Rouen en 1814.

Desde niño conoció el Sena por el sonido del agua y por la advertencia de quienes le impedían acercarse. Pedía junto a un paso concurrido. Su madre le había cosido una bolsa a la ropa para que no perdiera las monedas. A veces otros niños le quitaban una y esperaban a ver si lo descubrían.

Aubin murió en 1847, a los treinta y tres años. La voz contó que alguien lo había llamado viejo durante el entierro. La madre procuró explicar su edad. Quienes estaban cerca continuaron preparando la tierra. Gregorio dejó de escribir mientras escuchaba.

Tres vidas.

Tres cuerpos sin vista.

El mismo gesto de buscar agua donde quizá alguien la hubiera dejado al alcance.

Tepotzin empezó a temblar. Sus manos recorrieron la manta, subieron hacia la cara y se quedaron allí. Beatriz se acercó. José sostuvo el recipiente que había preparado Gregorio. El hombre pronunció unas palabras que llegaron demasiado claras para la dificultad con que solía hablar.

—Antes de Aubin.

La habitación quedó inmóvil.

—Aquí tengo ojos.

Abrió los párpados deformados.

Gregorio sintió que el hombre acababa de encontrar una luz situada en otro tiempo.

Tepotzin levantó la cara hacia el lugar donde estaba José.

Tenía la boca entreabierta. Un hilo de saliva descendía sobre el pecho mientras su voz adquiría una tranquilidad desconocida.

—Y ellos también.

Se oyó un gemido.

Tepotzin comenzó a mover los dedos.

La doctora detuvo la sesión. Le habló hasta que consiguió volver a identificar la voz de Gregorio y el contacto de la manta. Cuando preguntó dónde se encontraba, nadie respondió con suficiente rapidez.

—Donceles —dijo finalmente el abogado.

Tepotzin se encogió dentro de la silla.

—Yo me acordaba de París.

José Pérez y Pérez dejó el agua sobre la mesa.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

Acto III. Los nombres debajo de los párpados

Ciudad de México, 5 de junio de 2003. París, 1793.

Tepotzin pidió volver. Gregorio fue a buscarlo y lo encontró mojado, con una manga pegada a una herida.

Había llovido durante la noche. El hombre conservaba el dinero dentro de la bolsa atada a su muñeca y preguntó cuánto faltaba para llegar a la casa.

—Podemos dejarlo —dijo Gregorio.

Tepotzin hizo un movimiento que el abogado tardó en comprender. Buscaba su mano.

—Yo quiero saber por qué me acuerdo.

En Donceles esperaba un grupo más pequeño. El padre Ignacio había retirado los adornos que estorbaban alrededor de la silla.

José Pérez y Pérez estaba junto a una ventana. Beatriz preparó lo necesario para atender al hombre si volvía a agotarse. Nadie hizo aquella noche una broma sobre la miseria.

Tepotzin preguntó si José seguía allí.

El arquitecto se acercó.

—Sí.

—Cuando empiece, no se vaya.

José prometió quedarse.

La memoria llegó con una mesa. Había tela, madera, un recipiente y unos dedos que podían abrirse completamente. Tepotzin los movió sobre la manta. Su voz perdió el esfuerzo habitual de la mandíbula. Pronunció un nombre francés, lo repitió y después sonrió de una manera que Gregorio no había visto en él.

—Gaspard Vautrin.

El padre Ignacio dejó de mover los labios.

Gregorio sintió caer una pluma dentro de su memoria.

Era París. Año de 1793. Gaspard examinaba a un joven detenido que tenía las manos sujetas. Se llamaba Léonard Moreau. Había preguntado si alguien avisaría a su familia y ahora procuraba conservar la cabeza quieta. Su hermano pequeño seguía esperando que regresara.

El verdugo le acomodó el cuello de la camisa. Le habló con suavidad. Léonard confundió por un momento aquella atención con una forma de misericordia. Cuando los dedos se acercaron a su cara intentó retroceder y encontró la mano de un ayudante.

Tepotzin comenzó a llorar.

Su voz continuó hablando con la serenidad de Gaspard.

Hubo un grito tan cerca que pareció salir de la mesa. La sangre bajó por el rostro del muchacho y empapó el cuello que el verdugo había acomodado. Una de las órbitas conservó durante unos instantes un resto de claridad rota. Después los dedos regresaron a ella y terminaron el trabajo.

Con frialdad y una locura extraordinaria, el verdugo le sacó los ojos al próximo guillotinado.

El joven trató de seguir la voz que antes le había parecido bondadosa. Todo movimiento lo devolvía al dolor. Las rodillas cedieron. El ayudante lo sostuvo mientras Gaspard apartaba de sus uñas una materia tibia, blanda, que todavía pertenecía a un hombre vivo.

La doctora se acercó a Tepotzin.

Él movía los dedos contraídos y procuraba dejar algo sobre un borde invisible. La saliva le caía mezclada con sangre del labio que se había mordido. Gregorio sintió una náusea que lo obligó a cerrar el cuaderno.

Gaspard habló de los ojos.

Lo seguían después del trabajo. Aparecían en los vasos, en la ventana, en una cuchara. Había decidido quitarlos antes de ejecutar a algunos condenados para ahorrarse el regreso de su mirada. Sabía que iba a causar dolor. Había aprendido a conseguir una cooperación momentánea hablando con delicadeza.

Léonard salió hacia la muerte con las cuencas sangrando.

Gaspard se lavó.

Esa noche lo encontró también con los ojos cerrados.

Después apareció Madeleine Roussel. Tenía treinta y cuatro años y una hija que sabía distinguirla por el modo en que golpeaba la puerta. Había procurado arreglarse el cabello antes de la ejecución. Gaspard le apartó un mechón de la cara y ella le dio las gracias.

Tepotzin repitió esas palabras.

El arquitecto se cubrió la boca.

Madeleine pidió que terminaran. Su voz fue perdiendo forma a medida que el dolor ocupaba los lugares donde antes había visto. Los ayudantes conservaron su cuerpo erguido. Gaspard continuó porque temía más a la mirada que podía regresar durante la noche que a la súplica que estaba escuchando.

Tambien le saco los ojos antes de matarla. Era un verdugo cruel.

La cabeza llegó al final habiendo perdido dos veces el mundo.

Beatriz interrumpió la sesión. Tepotzin volvió a buscar la mano de José. Durante varios minutos sólo pudo decir que todavía estaban allí. Le ofrecieron agua. Preguntó si podían dejar el recipiente cerca aunque no consiguiera beber.

Gregorio abrió el cuaderno.

Escribió Léonard Moreau.

Escribió Madeleine Roussel.

Se quedó esperando el siguiente nombre.

Tepotzin habló de nuevo cuando pudo hacerlo. Recordó a Bastien Lenoir, que había trabajado cargando mercancías. A Jeanne Caron, que rezó hasta que la boca dejó de obedecerla. A André Giraud, que procuraba conservar una cuenta exacta de lo ocurrido para contársela a alguien.

Algunos habían cometido delitos. Otros llegaban envueltos en acusaciones que Gaspard nunca se interesó en examinar. Todos tenían una muerte asignada y el verdugo añadía aquello que lo ayudaba a sentirse menos perseguido. La sentencia le daba un oficio. Sus dedos habían escogido el resto.

Gregorio escribió.

El padre Ignacio escuchaba con una dureza que le iba cambiando la cara. Había acompañado enfermos y moribundos, pero ahora recibía el relato de un hombre que había convertido el último instante de otros en una tarea destinada a proteger su propio descanso. Era un descaro de la locura y lo pagaría viva a vida en intenso dolor.

La voz llegó al 21 de enero de 1793.

La plaza de la Revolución esperaba la ejecución de Luis XVI. Charles-Henri Sanson estaba al frente de los hombres del cadalso. Gaspard trabajaba entre ellos y había decidido conservar intactos los ojos del antiguo rey.

Aquel nombre podía traer personas dispuestas a exigir explicaciones.

Luis apareció con cansancio, ropa y unos pies que debían subir escalones. Gaspard sintió la decepción de encontrar un hombre debajo de todo lo que había esperado. El condenado quiso hablar. Los tambores cubrieron las palabras.

La hoja cayó.

Tepotzin dio un grito y los presentes oyeron la plaza dentro de él.

Después llegó la frase:

—¡Jacques de Molay! ¡Estás vengado!

El arquitecto retrocedió hasta tocar la pared.

Se sintió atravesado por un rayo que viajó casi 800 años para llegar directamente a esa habitación de la calle de donceles en la ciudad de México, un oasis que no existía cuando el Gran Maestre fue injustamente quemado en la hoguera. José Pérez y Pérez sintió en ese momento el poder del Universo, unas centenarias llamas que lo ahogaban, la injusticia y al ver a Tepotzin, una especie de venganza, la que quiso retirar de inmediato de su mente.

Durante unos instantes el patio de Donceles tuvo olor a madera ardiendo. Gregorio lo percibió antes de comprender por qué había empezado a mirar las manos de José. En las muñecas del maestro creyó distinguir dos marcas que la luz volvía demasiado antiguas.

Tepotzin volvió la cabeza hacia él.

—Yo lo sujeté.

La voz había cambiado otra vez.

Ya no hablaba Gaspard.

El hombre recordaba un islote, un río frío y un cuerpo que debía permanecer junto a la madera. Se llamaba Arnaut Bellier. Había recibido pan de aquel mismo espíritu cuando todavía era un muchacho llamado Hori, junto a un horno de Karnak.

La memoria atravesó siglos con una rapidez que dejó a Tepotzin sin aliento. Buscó una vasija, una mano vendada, el rostro del hombre que le había pedido conservarla. Después regresó al islote y encontró a Jacques de Molay levantando la cabeza entre el humo.

—Podías haberme llevado agua desde el primer día.

José Pérez y Pérez descendió junto a la silla.

Gregorio vio una herida en el tiempo: el arquitecto, el gran maestre, el hombre de la hospedería, Nebamón. Aquella identidad permanecía cerca de quien lo había cuidado, traicionado y destruido. El hilo rojo pasaba por las manos de ambos.

José apoyó la frente sobre la mano contraída.

—Jacques —dijo Tepotzin.

El arquitecto lloró.

Había recibido otro cuerpo para construir casas y aprender a sostener pesos que no figuraban en los planos. También había vuelto a encontrar al hombre que intentó tocarlo cuando el fuego ya no permitía acercarse. Permaneció allí, con la frente apoyada, hasta que Tepotzin pudo respirar mejor.

Gregorio oyó un muchacho pidiendo que avisaran a una hermana.

La mesa regresó.

Vio el pergamino, la pluma caída y el espacio que había conservado junto a un nombre. Él preparaba materiales para quienes autorizaban los actos. Sabía que los hombres habían sufrido y procuraba trabajar con suficiente precisión para conservar el empleo.

Se llamaba Pierre.

Jehan había muerto.

Todavía faltaba la hermana.

David Gregorio sostuvo el cuaderno con las dos manos. Durante un momento sintió que todo lo aprendido junto a su padre había llegado hasta aquella habitación para permitirle hacer algo distinto. Podía escuchar. Podía escribir los nombres. Podía acompañar al hombre que había quedado delante de él.

Tepotzin pidió que continuaran.

Quería llegar al final de Gaspard.

Recordó a una hermana que fue a preguntar por el cuerpo de su hermano. Recordó el instante en que el verdugo no consiguió mentir con suficiente rapidez. Después una habitación pequeña, una mujer tratando de ayudarlo a beber y una lámpara que él no permitía apagar.

Gaspard murió en 1811.

La memoria encontró a las personas.

Conservaban sus nombres, sus casas, las manos de quienes las habían esperado. Cada una tenía un lugar propio. Gaspard intentó hablar del oficio. Hubo que escuchar entonces lo que había añadido por voluntad propia, lo que nadie necesitó ordenar y él realizó para ahorrarse miedo.

Aparecieron treinta y siete rostros.

Léonard tenía un hermano.

Madeleine tenía una hija.

Bastien había prometido llevar harina.

Jeanne llevaba una pequeña medalla escondida en la ropa.

Los otros fueron llegando con cosas igualmente pequeñas, capaces de contener una vida.

Tepotzin comenzó a contar. Cada vez que pronunciaba un número sentía una presión diferente en el cuerpo. La mano, la espalda, una rodilla, la boca. Al llegar al último quedó inmóvil durante tanto tiempo que Gregorio tuvo que acercarse para escuchar si todavía respiraba.

—Treinta y siete —dijo.

El hilo de Ariadna se extendió por la habitación. Gregorio lo vio pasar entre el cuaderno y los dedos del arquitecto. Después se multiplicó en hebras que llegaban hasta rostros conservados en una claridad terrible. Cada víctima tenía la suya.

Allí estaba la cuenta.

Por cada persona a la que Gaspard había arrancado los ojos antes de matarla, una vida tendría que empezar en aquella oscuridad, entre el hambre, la dependencia y un cuerpo doliente. Cada existencia llevaría el peso de uno de esos encuentros. La memoria regresaba ahora para darle nombres a lo que había soportado sin comprender.

Aubin: 1814–1847.

Pedro Pablo: 1852–1898.

Julián: 1930–1962.

Tepotzin: 1964.

Iba en la cuarta.

Todavía lo esperaban treinta y tres nacimientos.

Gregorio sintió una injusticia tan grande dentro de aquella justicia que tuvo que apartar la cara. Había salido a buscar a un hombre para una reunión. Ahora conocía el tamaño de un camino que ninguno de los presentes podía recorrer por él.

Tepotzin preguntó cuántas veces tendría que volver a pedir agua.

Nadie contestó de inmediato.

El padre Ignacio se acercó. Había empezado a rezar la Salve con una voz que Gregorio reconoció de sus años de seminario.

A ti clamamos, los desterrados hijos de Eva.

Tepotzin escuchó hasta el final. Después pidió saber si aquella frase también lo incluía. El sacerdote le tomó la mano y permaneció con ella entre las suyas. Era una pregunta que debía contestar antes de volver a pronunciar cualquier otra oración.

—Sí —dijo.

José levantó la cabeza.

Tepotzin procuraba orientarse hacia su voz.

—¿Usted puede perdonarme?

El arquitecto tardó en responder.

—Puedo perdonar lo que me hiciste a mí.

Miró el cuaderno.

Los nombres continuaban allí.

Tepotzin inclinó la cabeza. Sus párpados deformados se humedecieron y la saliva volvió a caerle sobre el pecho. Gregorio limpió la camisa con la toalla que había preparado. El movimiento le recordó las manos de su padre acomodando una carpeta antes de escuchar a un hombre.

El hilo permanecía tenso.

Aquel cuidado no cambiaba la cuenta de las víctimas.

Le permitía a Tepotzin soportar el instante que estaba viviendo.

La sesión terminó cuando él pidió que terminara. Beatriz se quedó para atenderlo. El padre Ignacio preparó un cuarto donde pudiera pasar la noche. José ayudó a llevar la silla y mantuvo cerca el recipiente con agua. Las personas que quedaban en la casa empezaron a hacer tareas concretas.

Gregorio permaneció junto al cuaderno.

Había treinta y siete nombres.

Los leyó despacio, hasta llegar a uno cuya pronunciación no sabía. Se levantó y fue a preguntarla. Cuando regresó entendió que aquella dificultad pequeña tenía más que ver con su trabajo que cualquier certeza pronunciada durante la noche.

Tepotzin no pudo dormir.

Oía abrirse habitaciones donde todavía tendría que nacer. Una madre levantaba a un niño. Otro padre se apartaba de una cama. Había lluvia sobre un techo, una moneda fuera de alcance y unas manos esperando que alguien se detuviera.

Entre aquellas voces encontró también a quienes podrían cuidarlo.

Eso le permitió llamar a Gregorio.

El abogado se acercó.

—Tengo sed.

Gregorio le dio agua y sostuvo el recipiente hasta que terminó.

Después el hombre pidió que le leyera el primer nombre.

—Léonard Moreau.

Tepotzin lo repitió con dificultad.

Lo intentó otra vez.

En París, mucho antes de que cayera la hoja, un muchacho había pedido que avisaran a su hermano.

David Gregorio abrió una página nueva.

Esta vez iba a buscarlo.

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