Cómo perdimos el rumbo
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Cómo perdimos el rumbo

 

Les contaba a mis alumnos de la Facultad, que Werner Von Braun, alemán capturado por el ejército de EU al ocupar Alemania y traído para hacerse cargo del programa espacial de la NASA, en su momento fue máximo responsable del programa y en 1960, para iniciar su trabajo necesitaba recursos humanos con un perfil académico extraordinario y los solicitó al gobierno.

Estos lo vieron muy fácil y pensaron que los encontrarían en las universidades de Estados Unidos; aplicaron los exámenes correspondientes y el resultado fue sorprendente, solo encontraron el 8 por ciento del personal requerido.

El programa espacial era prioritario y había que encontrar a los colaboradores con el perfil académico que solicitaba Von Braun y vinieron a México, que aportó 68 por ciento, y el resto las universidades de Latino América.

Aquí empezó la degradación de la educación en México, USA no podía permitir que su vecino tuviera universitarios con una capacidad académica fuera de serie y a partir de entonces, viene lo del movimiento del 68 que todos conocemos, que es el inicio del retroceso, aunque nos duela.
Los jóvenes ya no quieren ascender a la libertad por la educación. Tampoco lo quieren sus padres, ni las universidades privadas, ni las públicas, según se desprende de los hechos: sobre protección en las universidades privadas; en las públicas, marchas, plantones, huelgas.

Muchas veces he expresado que en tiempos difíciles como los que vivimos los oaxaqueños que amamos a Oaxaca y trabajamos en verdad tratando de levantarnos una vez más, no debemos permitir que nos distraigan con el pan y con el circo, cuando hay problemas fundamentales pendientes de resolver, que afectan a nuestros hijos, como la calidad de la educación, por citar sólo un ejemplo.

Debe resolverse cómo enseñar a los que no quieren aprender, y cómo identificar a los que impiden su crecimiento, con la complacencia de los padres y de los mismos alumnos, que por su candidez, inocencia y falta de experiencia ni siquiera se dan cuenta.
La disciplina sirve para templar el alma para las dificultades de la vida de los alumnos que son, que deben ser, por el bien de todos, una esperanza para la humanidad.

Pero ¿cómo van a avanzar si no los enseñan con el ejemplo? Ejemplo de sus padres en primer lugar, que nunca se paran, para nada, en la universidad, desconocen sus calificaciones, materias, programas de estudio, eventos y maestros.

La falta de autoridad y la confusión entre el aprendizaje y el juego son aliados perfectos para que en las escuelas se genere un clima de indisciplina que no beneficia a nadie y perjudica a todos.

Si el alumno no asistiera a la escuela con los criterios y referencias equivocados, el maestro no tendría que perder tanto tiempo en colocarlo en situación de civilidad y sosiego, desde la cual comienza a ser posible la enseñanza.

La buena vida está necesariamente condicionada por la educación recibida. En la práctica también hemos aprendido que uno de los puntos débiles en la educación de nuestros hijos está en la falta de autoridad que impide o compromete seriamente una educación de calidad.

Decir que toda educación requiere autoridad es a todas luces evidente. Hablo de una autoridad que no es el autoritarismo de la violencia física o la humillación, sino el prestigio capaz de garantizar un orden básico. Un orden que precisa información moral sobre lo que está bien y lo que está mal, para que la norma de conducta no sea la ausencia de toda norma, el todo vale.

La autoridad supone transmitir la obligatoriedad de unas pautas y valores fundamentales, de unos criterios que ayudarán a construir personalidades equilibradas, capaces de obrar con libertad responsable. Algo que, en el fondo, no es tan difícil.

Todos sabemos que la primera autoridad debe ejercerse y aprenderse en la familia. Y también tenemos claro que esto no siempre sucede. Lo mismo que hay un pensamiento débil, existe un modelo de paternidad débil, capaz de vender los hijos al diablo con tal de no ser tachado de tirano o represor.
Pero educar también es reprimir lo que de indeseable pueda haber en una conducta. En estos últimos años, muchos padres y profesores evaden esta responsabilidad tratando a sus hijos y alumnos de igual a igual, como colegas o güeyes, sin comprender que la educación no es, ni debe ser, una relación entre iguales.

Con los hijos, por citar un ejemplo, no se debe discutir la necesidad de atención médica y los padres son responsables de esa atención sin discusión.

Es equivocado atribuir a la autoridad la posible infelicidad de un hijo o un alumno. En realidad, sucede lo contrario. Una correcta autoridad hace que el niño y el joven se sientan queridos y seguros, pues notan que le importan a alguien.

Si educar es preparar para la vida, no es posible una buena vida sin una buena educación. Pero el problema magisterial crece y crece en Oaxaca y esa situación es más preocupante si se le considera como el alimento perfecto del fracaso existencial entre nuestros jóvenes. Varios pueden ser los remedios eficaces, pero pienso que todos han de tener en común una condición imprescindible: prevenir a tiempo.

Problemas de relación con compañeros de clase, o mala influencia de algunos, producen en un alumno pérdida de concentración en el estudio y bajos rendimientos. Este fracaso los aleja de sus padres. La frustración crece e intenta restarle importancia con el alcohol; también empieza a probar con la droga, y las relaciones sexuales ocasionales con compañeras con un perfil similar.

Cuando cumplan veinte años, la vida de estos jóvenes puede ser ya un completo desastre. Acuden a terapia con el psicólogo con un cuadro más o menos agudo de alcoholismo, drogadicción y depresión.

Es ese momento la solución va a ser muy difícil, pero cuándo inició hubiera sido muy fácil.

Estos y otros datos igualmente dramáticos son la demostración de que la familia y la escuela llegan demasiado tarde, cuando muchas vidas pueden estar dentro o cerca de la ruina.