El inv(f)ierno de Morena
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Opinión

El inv(f)ierno de Morena

 


René Delgado / El Financiero

No está claro si lo que sigue es el invierno o el infierno de Morena.

Tras la festiva, multitudinaria y humanista marcha del domingo, los desafíos del gobierno y el movimiento en el poder no son pocos ni minúsculos, así cuenten con la enorme ventaja de tener por oposición a una gelatina, cuya consistencia quiere endurecer la resistencia civil que, esa sí, está dando muestras de eficacia.

De entrada, los dirigentes de la causa lopezobradorista –incluido su líder, el presidente de la República– están obligados a asumir el fracaso, labrado o simulado con singular denuedo, del propósito de reformar el régimen político-electoral. De salida, calibrar no la fractura, pero sí el descalabro supuesto en la decisión por venir del senador Ricardo Monreal que, sin importar cuál sea, será un problema.

Y en medio de esa circunstancia, quienes se desviven por suceder al mandatario y se esfuerzan por halagarlo y complacerlo, están impelidos a cobrar conciencia de un contrasentido. El abrazo de su padrino puede terminar por asfixiarlos o, aceptando ser corcholatas, hacerlos perder el gas de su refresco por haber sido destapado antes de tiempo.

De ahí la duda de si la siguiente estación de Morena es el invierno o el infierno.

Sin entrar al absurdo debate de cuál de las dos marchas, la del 13 o la del 27 de noviembre, fue más legítima, concurrida, auténtica o ciudadana –¡qué pobres categorías de análisis!–, Morena cometió una serie de errores en el propósito sincero o marrullero de reformar a destiempo el régimen político electoral que coronó con un yerro inconcebible.

Tras convocar y movilizar a título de celebración a un millón doscientas mil personas, según cifras oficiales, el gobierno y el movimiento iban de la fiesta de ejercer el poder al entierro de la propuesta presidencial de reforma. Era tanto como corear: ¡Del festejo, al cortejo! ¡De la urna electoral, a la urna funeral! Menuda consigna, vaya cruda. Una verbena que remata –en el doble sentido de la palabra– en la sala de espera del forense, atenta a la autopsia de lo sucedido.

De ahí, quizá, la decisión de postergar el debate y el voto en el pleno cameral del dictamen de la reforma constitucional que nació muerta. Sesión luctuosa, donde al parecer los aliados de Morena, los multicolores Verdes y los esforzados trabajadores del otro partido, reclamaban una propina extra por ayudar a cargar el féretro de la iniciativa. Pero ni qué, hasta los sepultureros cobran.

A la vuelta de los días, los asesores lopezobradoristas que instaron a hacer política y negociar la reforma político-electoral tenían razón. Fracasó la estrategia de polarizar y confrontar a fin de forzar la aprobación de la propuesta. Y algo peor, en casi un millar de fojas como si fuera la envoltura de un regalo, Morena le entregó a la oposición partidista y la resistencia civil una bandera: en nombre de la democracia sostener un régimen que, a todas luces, reclama una reforma. ¡Vaya logro!

Vendrá el plan B, el C, el D e, incluso, se podrá –como ya se viene haciendo– acusar a la oposición y la resistencia de negarse a afinar el régimen político-electoral y bajar el costo a la democracia, pero hay una realidad ineludible: esta vez el discurso presidencial fue derrotado por la narrativa de quienes repudian su gobierno y el plan A, aun con respiración artificial, es difícil que reviva.

El régimen político-electoral quedará prácticamente como está. ¡Qué victoria!

Luego, está Ricardo Monreal que ya entonó a cappella ‘Amarga Navidad’ y al cual hasta Mario Delgado quiere despedir con ‘Las golondrinas’. El senador que, quizá, termine cantando ‘No soy de aquí, ni soy de allá’, aunque de momento busque interpretar a dúo o en coro ‘Reconciliación’.

Bromas y cantos aparte, la situación del zacatecano es ya insostenible y, cualquier desenlace, significará un descalabro para Morena: si se queda, malo; si se va, también. En esto, no hay sorpresa, cuestión de recordar el motivo por el cual el propio presidente de la República advirtió a los senadores de Morena que la coordinación del grupo parlamentario la tenía comprometida con el zacatecano.

Antes del invierno o el infierno o, bien, apenas termine el periodo legislativo el quince de diciembre, el senador Monreal, así como quienes no quieren verlo más en las filas de Morena y aquellos que le guiñan el ojo con ganas de adoptarlo están orillados a tomar una decisión, sin desconsiderar costos y beneficios de ella.

Se dice fácil, pero no es sencillo. La salida de Ricardo Monreal podría poner en juego la correlación de fuerzas en el Senado y su operación. Esto sin mencionar que el zacatecano resultó un cuadro que, antes de ser marginado del juego sucesorio, le sacó rolas al mandatario y, luego, al verse marginado, supo construir su propio discurso y en esa tesitura encontrar un nicho. Cuadros no le sobran, le faltan a Morena.

Como quiera, la situación reclama una definición.

En medio de ese cuadro, quienes buscan hacer suya la candidatura presidencial de Morena ya deben tomar nota de la necesidad y, a la vez, de la dificultad que tienen de dejar ver su propio perfil político sin contrariar ni desobedecer al padrino de su sueño. Un juego de equilibrio complejo en extremo que, así como la sucesión, exige anticiparse.

Deben sentirse halagados por contarse entre los nominados por el presidente de la República, pero también preocupados por el peso del liderazgo político de éste que limita considerablemente su margen de maniobra y puede sofocarlos.

Es hora de empezar a sentir el frío o el calor y entender que, no siempre estar bajo cobijo, es entrenamiento si se va a salir a la intemperie.

¿Qué sigue, el invierno o el infierno de Morena?

 

 

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