(I de II)
Modesto Seara Vásquez
Al aproximarse el final del año 2019, todo parecía seguir el curso normal, dentro de la anormalidad a la que nos habíamos acostumbrado, de conflictos internacionales y nacionales, delincuencia organizada, epidemias periódicas, avances tecnológicos monopolísticos, fanatismos religiosos y políticos, creciente desempleo, destrucción del medio ambiente, mediocridad en los liderazgos, instituciones anacrónicas, los medios sociales de comunicación saturados por fracasados que ventilan sus frustraciones con simples exabruptos que muestran su bajo nivel cultural y ético, concentración de la riqueza, movimientos migratorios incontrolables, catástrofes naturales más frecuentes y violentas, desprecio por el estado de derecho a nivel nacional e internacional, desorden generalizado y un largo etcétera.
A pesar de todos esos factores negativos, naturales y sociales, los pueblos no veían en el futuro próximo o de mediano plazo, ninguna amenaza seria a una sociedad que se creía relativamente estable y que no podía imaginar que algo iba a sacudir la estructura social y el entramado institucional que se había ido formando a lo largo de los años. A los que, repetidamente, habíamos querido llamar la atención sobre el peligroso camino que se abría ante la humanidad, se nos tildaba de catastrofistas.
Como en los años finales del Imperio Romano, cuando ya no se podía soñar con las glorias que daban las victorias militares, los pueblos se contentaban con panem et circenses, el pan y circo representados por una subsistencia relativamente fácil, para una parte de la población, y para todos, el opio de los espectáculos de todo tipo, como los deportivos, el cine y televisión de masas, la “música ruidosa”, etc.
Como parte de esa trama de distracción, se convirtió a las figuras de la farándula y a los gladiadores de los deportes en los ídolos y grandes beneficiarios de un sistema social grotesco.
Pero llegó un virus, un simple virus, que puso a la arrogante e inconsciente humanidad de rodillas y mostró la fragilidad de todas las estructuras sociales que creíamos irrompibles; y el homo sapiens, que se cree señor del Planeta y que sueña con ser señor del Universo, no sabe qué hacer para salir de este predicamento, y por ahí van los llamados dirigentes, dando palos de ciego sin una estrategia definida y una parte de la población negándose arrogantemente a pagar el precio de la disciplina, indispensable para conseguir un poco de seguridad sanitaria y social. Solo hay un objetivo y es salir de la crisis sanitaria y volver a lo de siempre. Lo primero se va a conseguir, más tarde o más temprano, porque, por las buenas o las malas, el sector científico y el empresarial se han concentrado en ello, demostrando que la humanidad puede hacer grandes cosas, cuando realmente lo quiere. La gran pregunta es: ¿Y después? Si se logra el objetivo de volver a la situación anterior, quiere decir que habríamos retomado el camino del desastre final, que no tiene retorno.
Evidentemente entre los agoreros del desastre también hay improvisados, que carecen de los conocimientos necesarios para fundamentar sus llamadas de atención y no saben identificar bien las causas reales de los cambios catastróficos que se están produciendo, ni pueden distinguir entre lo que se debe a la acción de los humanos y lo que tiene causas naturales. Para tomar como ejemplo los problemas ambientales, una gran parte de ellos tiene una causa humana, pero otras causas están fuera del control humano; tal es el caso del cambio climático, respecto al cual se enfrentan dos posiciones irracionales: las heliocéntricas que en su variante más extrema encuentra en el Sol la causa única de los cambios ambientales en la Tierra, y la de los que creen que lo fundamental es la descontrolada acción humana. Aclarar este punto es fundamental, porque la primera posición nos llevaría al fatalismo inerte y la segunda a posiciones ineficaces o voluntaristas que acabarían creando frustraciones.








































