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El Gobierno de España declara la guerra a la basura

La basura de desecho debe convertirse en la excepción y reciclar debe ser la regla. Aunque todavía queda mucho por hacer en España para llegar a ese punto. Hasta ahora, se ha barrido mucho debajo de la alfombra.


El Gobierno de España declara la guerra a la basura | El Imparcial de Oaxaca

“Sí, pueden tomar agua del grifo, pero sabe muy mal”, advierte molesto el camarero del elegante restaurante Veles Events, en el puerto deportivo de Valencia. Cada vez le piden más agua del grifo, pero tiene orden de su jefe de advertir que no es saludable. El cliente madrileño lo ve como un truco.

Con la Ley de Residuos y Suelos Contaminados, aprobada en abril, los restaurantes tienen que servir agua del grifo gratis para reducir las botellas de plástico. “Pero hay mucha distancia entre lo que se afirma y lo que se está haciendo”, dice Borja Mateu, que trabaja en el centro de investigación INESCOP en Alicante, donde dirige una pequeña fábrica de reciclaje. El agua aquí, en la Costa Blanca, también sabe a productos químicos. La zona, uno de los baluartes del turismo en España, ha sido reprendida en varias ocasiones por la Unión Europea por la deficiente calidad del agua.

Reciclaje casi inexistente

Según Greenpeace, España es el quinto productor de botellas desechables de la UE. Y, además, muy pocas se reciclan. Según el Global Waste Index 2022, Alemania produce 632 kilogramos per cápita, muchos más que España, pero se recicla la mitad. España, con 455 kg per cápita, recicla apenas 86 kilos per cápita (un 19 por ciento). Un nuevo impuesto sobre los envases de plástico de un solo uso y otro sobre los residuos que van a vertedero e incineración pretenden reducir la generación de residuos en España en un 15 por ciento para 2030 respecto a los niveles de 2010.

“La nueva ley de residuos también prohíbe la comercialización de productos plásticos de usar y tirar, así como cosméticos y productos de limpieza que contengan microplásticos, y obliga a destruir o desechar los excedentes de productos no perecederos como textiles, juguetes o electrodomésticos”, explica May López, experta en sostenibilidad de la EAE Business School de Madrid.

Grandes retos para el paraíso de la moda rápida

Es un reto para la economía española. Las elecciones son en otoño de 2023 y las cosas no pintan bien para el presidente del Gobierno, el socialdemócrata Pedro Sánchez, también por las numerosas regulaciones y tributos impuestos a las empresas por su Gobierno.

No hay un movimiento verde fuerte en España. Sin embargo, la nueva ley estipula que los restaurantes y supermercados deben reducir al mínimo sus residuos. El comensal del restaurante tiene derecho a llevarse a casa el escalope del niño sin terminar, perfectamente envuelto. La comida sobrante debe ser donada o procesada y convertida en pienso para animales. “Pero, a veces, falta la infraestructura para tales sistemas”, dice Mateu. En España, a diferencia de Alemania, no hay siquiera un sistema de retorno de botellas para el usuario final.

Al entrar en su centro de reciclaje, el problema se hace evidente de inmediato: una máquina tritura los zapatos usados y separa las piezas reutilizables, como los botones. “En España suelen acabar en los vertederos, aunque contienen muchos materiales valiosos”, dice enfadado Mateu.

Con Inditex, uno de los mayores grupos de distribución textil del mundo, y Mango, el país también alberga a dos gigantes de la industria de la moda rápida. Primark, Bershka, Mango, Zara y Stradivarius llenan la Gran Vía de Madrid. Los jóvenes compran camisetas a precio de saldo, muchas de las cuales acaban unos meses después en la basura. Los mercadillos de segunda mano, salvo excepciones, no son habituales. Todo el mundo habla de sostenibilidad, pero nadie la ha interiorizado realmente, se queja Mateu, que admira el sistema de reciclaje de los alemanes y su movimiento ecologista.

Las leyes y la realidad están muy alejadas

Es jueves por la noche. Como cada semana en Madrid, los jóvenes celebran con botellas en el parque. Está prohibido, pero Juan, Ana y Javier saben que no tienen nada que temer. La patrulla policial les deja tranquilos, aunque desde este año se les podrían imponer sanciones de hasta 2.000 euros. Después de su fiesta, colillas de cigarrillos, latas de cerveza y envases de plástico yacen en el suelo. Pero, a la mañana siguiente, todo vuelve a estar limpio, por lo que el enfado de los ciudadanos es limitado.

La limpieza es muy importante para los españoles, pero recoger su propia basura se lo dejan a otros. Por la mañana, los barrenderos recorren el centro de Madrid, los camiones de basura pasan por la noche, las cuadrillas de limpieza quitan de los parques la basura de la noche y los sopladores de hojas, con su olor a gasóleo, rugen por todos lados.

Las ciudades españolas son, sin duda, más limpias que muchas alemanas. Pero eso tiene un precio: según cálculos del periódico El Diario, los gastos en recogida de basuras y limpieza de la ciudad en Madrid son un 70 por ciento más elevados hoy que antes de la pandemia. “Hará falta un tiempo para educar a la sociedad española”, teme Mateu.

Porque el asunto de la nueva ley de residuos para muchos españoles es un dolor de cabeza. Y la oposición también la critica con saña. La jefa conservadora del Gobierno regional de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, tildó recientemente las políticas de Sánchez de “sectarias” y “comunistas”.