Enero ’32: narra Caso hallazgo de la tumba VII al New York Times | El Imparcial de Oaxaca
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Enero ’32: narra Caso hallazgo de la tumba VII al New York Times

En la tumba fueron encontrados huesos humanos bellamente tallados, “los cuales prometen ser del mayor interés científico.


Enero ’32: narra Caso hallazgo de  la tumba VII al New York Times | El Imparcial de Oaxaca

Son las 4 de la tarde del 9 de enero de 1932, una fecha que ya es inolvidable para los oaxaqueños y para la arqueología mexicana; tras varios días de arduo trabajo, el equipo comandado por Alfonso Caso Andrade, entonces de 36 años, realiza un hallazgo; el hombre de ciencia levanta la bóveda de una segunda cámara del emplazamiento en el cual trabajaba. Entre la penumbra, y tras acostumbrar la vista a la oscuridad, logra ver un cráneo humano y una vasija de cristal de roca.

Inicia un frenético trabajo sin descanso y, a las tres de la mañana del siguiente día, accede por segunda vez al entierro para recuperar los 36 artículos de oro. El registro y recuperación empleó 7 días.

El descubrimiento dio la vuelta al mundo y la rica tumba Mixteca fue descrita por su descubridor, Alfonso Caso, en una breve nota aparecida el 21 de enero de 1932 en la edición del diario estadounidense The New York Times.

“Cuatro días habíamos estado excavando en Monte Albán, la antigua ciudad-fortaleza, ahora una montaña de ruinas, cerca de esta ciudad (Oaxaca) al sureste de México.

“Al final, nuestros picos y palas pusieron al descubierto la entrada de una antigua tumba indígena mixteca que iba a resultar tan interesante y rica en tesoros y evidencias arqueológicas”, señala el arqueólogo.

Explica. “Accedimos a la tumba a través de una antecámara precedida por un par de escalones.

“Conforme nos introducimos, hallamos que había dos salones separados por un portal. El primero de ellos tenía un techo plano y un segundo, de una bóveda con un techo como en forma de V invertida”.

Da más detalles de lo acontecido: “Ahí vimos guerreros muertos, seis de ellos sentados distribuidos en torno al muro, ataviados con joyas y ornamentos de oro y otros objetos preciosos. Había sido severo el paso de los años sobre ellos. Hallamos que sus esqueletos estaban virtualmente desintegrados luego de décadas de ser emplazados en este lugar.

El arqueólogo indicó que cerca de ellos había numerosos y extraordinarios objetos, de oro, plata, cobre, jade, turquesa, cubiertas, perlas, coral y otros materiales. Poco a poco fue valorando la importancia de lo que acababa de ser desenterrado y que ello se iba a convertir, al paso de los años, como en un hito en la historia del país.

Esos objetos preciosos fueron inmediatamente rescatados y resguardados en las bóvedas del Banco de México, para mantenerlos a salvo, su traslado motivó algunas disputas.

Hermosa tallas óseas

En la tumba fueron encontrados huesos humanos bellamente tallados, “los cuales prometen ser del mayor interés científico. Fueron tallados mediante una técnica que es equiparable pero sin superar por el fino trabajo chino sobre el marfil. La variedad de grabados de diversas partes de los huesos humanos relatan una historia. Ellos también trabajaron en torno a los detalles del calendario ritual empleado por estos antiguos indígenas”, especificó.

Lo tallado en los huesos son hechos depositados en libros, libros de osamentas humanas usados para registrar información trascendental para esta importante raza.

Da cuenta de los objetos más atractivos como una máscara sagrada la cual representa al dios indígena Xipetotec es uno de los ornamentos de oro. Xipetotec fue el dios desollado, en cuyo honor una mujer fue decapitada y la piel de su cuerpo ataviada como vestido en una danza ritual.

Entre los tesoros de la Tumba VII de Monte Albán se encontraron una diadema de oro, pectorales de oro y brazaletes, y collares, todo de oro bellamente trabajado.

En sus palabras continúa el relato que hace al diario estadounidense. “Un inusual cuenco de cristal de piedra, numerosas vasijas de alabastro estaban en el montón de tesoros. Se recolectaron muchas perlas, muchas de ellas de inusual tamaño.

Un cráneo humano, con ricas incrustaciones de turquesa y concha fueron probablemente trofeos de antiguos guerreros; cuando el cráneo fue descubierto, tenía un cuchillo de pedernal en el orificio de su nariz.

Quien exploró la ancestral tumba conmigo fue Martín Bazan, líder asistente de la expedición, Juan Valenzuela y mi esposa, María Lombardo Toledano.

En los siguientes días el NYT dio cuenta de más descubrimientos; del hallazgo de un templo con amplias escalinatas que conducían a una plataforma plagada de cerámicas. Por aquí y por allá, construcciones con desigual valor arqueológico y arquitectónico. Incluso, a finales de ese venturoso enero de 1932, se seguía prácticamente a diario la labor en el sitio y se señalaba haber encontrado túneles y objetos que, presumiblemente, contaban con ascendencia teotihuacana. Ese año, ese mes, todos los caminos de la arqueología mexicana y mundial subían a pie al lomerío de Monte Albán.