Valentina Toro, “Mi monstruo y yo” | El Imparcial de Oaxaca
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Valentina Toro, “Mi monstruo y yo”

En entrevista la escritora e ilustradora Valentina Toro, , los pormenores de su libro y el país de su memoria


Valentina Toro, “Mi monstruo y yo” | El Imparcial de Oaxaca
Valentina Toro (Medellín, Colombia, 1992) es escritora e ilustradora.

La infancia posee dos cualidades: la inocencia y la fortuna de vivirla sin saberlo. Generalmente, los niños no reparan en su condición de niños hasta que dejan de serlo. 

La escritora e ilustradora Valentina Toro (Medellín, Colombia, 1992) lo plasma de una manera muy particular en su nuevo libro Mi monstruo y yo, en el que explora las posibilidades de la infancia, porque no todos los niños son traviesos y aventureros. Hay quienes son más tímidos y prefieren vivir dentro de sí mismos, como la protagonista de esta historia: una pequeña a la que le cuesta hacer amigos; sin embargo, en su camino aparece una criatura cuyo origen desconoce, pero se vuelve su fiel acompañante.

Conversamos vía telefónica con la autora que –desde su natal Colombia– nos relató con respuestas concisas, los pormenores de su libro y el país de su memoria: 

El libro lo dedicas a ti misma “para no olvidar” ¿Qué tan importante es la memoria? 

—Pienso, sobre todo cuando hablamos de la infancia, que es primordial, porque nosotros somos los adultos que somos, gracias a los niños que fuimos. Por eso, precisamente, no debemos olvidarnos de la infancia que tuvimos, y no solamente desde esa idealización y nostalgia, sino de las cosas que nos hicieron ser las personas que somos hoy. 

¿Cómo es el proceso creativo de este universo que ilustras? 

—Cuando hablamos de los libros que he hecho, siempre, los personajes surgen de las mismas ilustraciones. Es muy raro cuando creo un personaje sin haberlo ilustrado primero. Trato de empezar los procesos a través del dibujo, de bocetos y empiezo a construir el carácter de los personajes, empiezo a explorarlos primero, no solamente sus rasgos físicos, sino en profundidad, cómo son ellos, cómo se comunican con el mundo. 

¿Los imaginas antes de comenzar a dibujar o simplemente surgen en la marcha? 

—Normalmente se me presentan, es como si ellos llegaran y se me pararan al frente; incluso, a veces, me persiguen. Otras veces me sorprendo a mí misma dibujando al mismo personaje sin saber quién es o para qué lo voy a utilizar, me van llegando esas imágenes y voy haciendo esos bocetos hasta que decido que ya tienen potencial para ser un personaje es que empiezo a hacer una exploración más formal. Inicialmente es un proceso muy intuitivo de figuras que se me van quedando en la mente. 

¿La idea que manejas en la historia, del monstruo como compañero de la niña, está basada en tu infancia o es totalmente ficción?  

—Yo tuve una infancia bastante similar a la de la protagonista del libro; no tuve realmente un monstruo como ella, pero sí tuve muchos amigos imaginarios, que de cierta forma me ayudaban en los momentos en los que necesitaba tener a alguien. 

Has comentado que tenías desde pequeña la idea de dibujar ¿También estaba en tus planes escribir? 

—Estuvo presente la idea de escribir; de hecho, lo hacía mucho. El dibujo siempre fue algo que me caracterizó, era mi forma de relacionarme con las personas. El tema de la escritura era algo mucho más personal y que me costó muchísimo más salir al mundo de los escritores y nombrarme escritora, porque eso sí me daba miedo, me sentía más cómoda siendo ilustradora, pero siempre estuvo presente escribir.  

¿Cómo explorar estas dos perspectivas de los niños, desde los muy traviesos a los tímidos y retraídos? 

—Parto mucho de mi propia infancia y de quién era yo. Siempre era esa niña que prefería estar adentro con un libro, que prefería sentirme segura bajo techo… no era muy buena en los juegos al aire libre y eso me permitió crecer con una perspectiva distinta y ser más una espectadora del mundo. Uno cuando no está metido, alcanza a mirar a las personas y a analizarlas, a ver cómo funcionan, actúan y se relacionan. Yo era esa niña: súper reflexiva, me gustaba y me gusta hasta ahora como adulto quedarme callada, no porque sea asocial ni mucho menos, pero me gusta muchísimo mirar a las personas. 

¿Al mirar se aprende más que al hablar?

—Sí, yo pienso que ser un buen oyente te permite entender muchísimo más, te permite ser un poco más comprensivo con las demás personas. 

En el prólogo de este libro dices que los niños encuentran tesoros en cada rincón ¿Cuáles son los tesoros de tu infancia? 

—Eran muchos (risas). Me gustaba, por ejemplo: cuando iba a la casa de mi abuelita –que tenía muchísimas plantas en los balcones– y yo siempre metía las manos en la tierra y encontraba bichitos o piedritas. Una de las cosas que más me dan risa, ahora que lo pienso como adulto, es que me encantaba comerme los M&M y me guardaba la semillita, entonces eran casi como trofeos de toda la cantidad que me lograba comer en un día. Son tesoros que como adulto uno ya no ve, pero como niños van haciendo parte de un bagaje. 

Me llama mucho la atención que dices “ahora que lo pienso como adulto”, un niño no sabe que es niño hasta que deja de serlo…

—Exactamente, hasta que empezamos a extrañar estas cosas.

¿Por qué crees que el adulto se olvide constantemente del niño que fue? 

 —Porque nos vamos metiendo en el tren de la vida, que nos lleva a situaciones que no nos permiten estar tan en contacto con nosotros mismos: las llamadas, el trabajo, la rutina, el tener una vida que funciona más afuera que adentro. Cuando somos adultos llegan momentos en que nos preguntamos ¿hace cuánto que no tengo un momento para mí? Porque vivimos en función de otras cosas, ya la vida es otra cosa muy distinta. 

@Urieldejesús02