¡Aquí se rompió una taza y cada quién para su casa! Se suspenden fiestas y velorios hasta nuevo aviso. Y así es, la orden es quedarnos en casa y evitar la Covid-19, la enfermedad que nos ha demostrado que el mejor lugar sigue siendo el hogar y la mejor compañía, la familia.
En Oaxaca se acabó la diversión, al menos temporalmente. En el mundo también, pero pensemos en nuestra tierra.
Nuestro calendario está lleno de fiestas y festividades, desde que nacemos hasta que morimos, y hoy no podemos celebrar ninguno de los dos acontecimientos.
La cuarentena obligó a suspender, por ejemplo, los arraigados festejos de la Semana Mayor, una celebración que en décadas pasadas era para la reflexión y que pasó a ser sinónimo de diversión; playas soleadas, fiestas y miles de turistas paseando y comprando.
La tarde de Jueves Santo en que miles de feligreses caminan por las calles en su ritual personal hasta completar las obligadas siete casas, comprar los panes benditos, las palmas o las matracas este año quedó marcado, pero por el vacío y el silencio del miedo.
Los “encuentros” de los Viernes Santos en que las imágenes hacen un simbólico recorrido por los alrededores de las iglesias para que nos unamos en procesión y reflexión por el sacrificio del Cordero de Dios y le demos nuestra solidaridad a la Dolorosa, se vivieron a través del frío televisor que transmitió, desde la lejanía, la respectiva misa.
Y también han quedado en receso el día del niño, el día de la madre, el día del maestro, el día de los albañiles y muchos otros cientos de festejos, como lo son las ahora ruidosas “graduaciones” con su calenda, su banda y sus ríos de mezcal.
Hasta hace apenas unas pocas semanas existía la pequeña esperanza de que la ciencia nos diera una buena noticia, pero parece que ya es tarde. Estamos a un mes de las fiestas de Oaxaca y todo indica que nuestras milagrosas fiestas este año serán canceladas.
Porque de alguna u otra forma los Lunes del Cerro dependen cada año de la realización de algún “milagro”. En años pasados los milagros los hacían los líderes de las mafias de chantaje social que cobran por desaparecerse providencialmente por unas semanas. Ahora el milagro que se esperaba era uno científico para que hubiera fiesta.
Si se cancela, este año no contaremos con la enorme derrama económica que significa el arribo de miles de turistas que con su dinero pagarían hoteles, restaurantes, propinas, taxis, aviones, autobuses, chocolate, mole, mezcal, pan y los cientos de productos y servicios que giran a su alrededor y que alimentan a miles de oaxaqueños que hoy imploran al cielo que regresen los días felices en que no había suficientes hoteles y restaurantes para alojarlos y alimentarlos, en que necesitábamos más andadores turísticos para llenarlos de ambulantes, pero sobre todo, para abusar de turista y tratar de exprimirlos con toda clase de artimañas para justificar cobros excesivos.
Pero la cancelación de festividades también nos traerá un poco de paz en los medios y las redes sociales porque cada año es lo mismo, el debate jamás concluido sobre la Guelaguetza en cuanto a que si se trata de cultura o espectáculo comercial. Unos argumentan apropiaciones culturales ajenas, racismo, mercantilismo, realidades sociales deformadas, capitalismo cultural, construcciones simbólicas de la ciudad trasladadas a todas las etnias o, los que apoyan la derrama económica, los que critican lo aburrido de algunos bailes, los que se quejan de la lona que cubre el auditorio…
El silencio en las calles y en la Rotonda de la Azucena nos pueden ayudar a reflexionar sobre el grado de dependencia que hemos desarrollado de la Guelaguetza y a valorar y mejorar la industria turística. Existe diversas propuestas para mejorar y actualizar los Lunes del Cerro a la nueva normalidad.
Por ejemplo, estamos en buen momento de cambiar el nombre, transparentar decisiones y descentralizar funciones del “Comité de Autenticidad” para adecuarlos a la realidad de un mundo en que no se puede concebir el desarrollo de una cultura sin influencias externas. Estamos sometidos todo el tiempo a un aluvión de influencias globales que nadie, ni los Lunes del Cerro, se salvarán de cambiar con el paso de los años.
Podrían crearse sedes alternas en lugar de aumentar las funciones en el Auditorio, esto con el fin de extender los beneficios de la derrama económica a otras poblaciones del estado. De hecho, ya existen representaciones, pero carecen de reconocimiento y apoyo oficial y, por tanto, de la debida promoción, seguridad, accesibilidad y comodidad para los turistas. Ofrecer sedes alternas puede hacer que la gente vuelva a sentir la fiesta como algo propio. Que pueda comer unas empanadas, unos tacos, subirse a los caballitos, pasear por otras calles y acudir en familia sin la obligación de pagar precios exagerados es hacer que la fiesta vuelva a su origen, al pueblo.
La cancelación de este año nos hará extrañar los sones, jarabes y colores del desfile de las delegaciones, pero también es otra oportunidad de exigir que los políticos saquen las manos de este evento. No debe el gobernador del Estado encabezar estas fiestas ni el desfile, no deben diputados ni presidentes municipales tomar la fiesta como pretexto para promoción personal, no debe haber un “palco oficial”.
La fiesta debe mantenerse ajena a las ideologías. No dejar que nos robe la mafia magisterial la fiesta en un ánimo de división con su supuesta “Guelaguetza Popular”. Si hay algo que debemos aprender con el desastre de gobierno federal que padecemos es a evitar la división, y nuestras fiestas de los Lunes del Cerro deben ser para todos.
La cancelación sanitaria del evento nos dejará con calles, plazas, mercados y hoteles vacíos y con el desastre económico de miles de familias que dejarán de recibir suficientes ingresos para sobrevivir. De esta tragedia, por lo menos, saquemos un aprendizaje de provecho.


































