Bersahín López
La estabilidad de un Estado se mide, en gran medida, por la seguridad que impera en sus centros de formación. Sin embargo, en los últimos días, Oaxaca ha sido testigo de un fenómeno que debe ocuparnos en colectividad: la infiltración de la violencia digital en el espacio físico de nuestras aulas. Las amenazas de tiroteos en instituciones públicas, enmarcadas en supuestos “retos” de plataformas digitales, no pueden ser minimizadas; representan un desafío directo a la seguridad pública y a la salud mental de nuestras adolescencias.
No podemos permitirnos el lujo de la ingenuidad. Lo ocurrido recientemente en Teotihuacán, donde la apología de la violencia traspasó la pantalla para transformarse en una tragedia irreparable, es una advertencia categórica. Nos enfrentamos a una era donde el consumo de contenidos violentos impacta directamente en la realidad de nuestras juventudes. Cuando un joven replica una amenaza en su entorno escolar, no solo está bromeando; nos está confrontando con la vulnerabilidad de nuestro tejido social y con la urgente necesidad de una intervención gubernamental y ciudadana.
La seguridad en nuestras escuelas no puede reducirse a una respuesta reactiva de la fuerza pública ni a la simple suspensión provisional de clases. Si bien la vigilancia es necesaria, la solución de fondo no vendrá de fórmulas externas ni superficiales. La verdadera resistencia contra la violencia se construye desde las raíces. La clave está en nuestra capacidad histórica de hacer comunidad y en fortalecer el vínculo entre la escuela, las familias y nuestras calles.
Es imperativo que nuestras escuelas recuperen su carácter de santuarios de paz. Proteger a nuestras infancias y juventudes requiere de una visión de futuro que entienda que el peligro no solo es externo, sino que nace de la normalización del odio y el ruido digital que las nuevas generaciones enfrentan sin guía. No puede existir una supremacía de lo inmediato; la frialdad del algoritmo jamás debe estar por encima del humanismo. Es necesario convivir con esta era digital y aprovechar sus herramientas para humanizar, sembrar una sana convivencia y construir un mejor entorno.
Esforzarnos por recuperar la seguridad escolar es un acto de amor, pero también es un ejercicio de política que debe nacer desde el municipio, la colonia y la raíz de nuestras tradiciones de respeto. La reconstrucción social debe darse a partir del aprovechamiento de todas las plataformas disponibles para socializar valores, asentar identidades comunitarias y promover el amor al prójimo.
Debemos decidir hoy si queremos ser una sociedad que reacciona ante la tragedia o una que se organiza para prevenirla. Blindar Oaxaca es, ante todo, blindar el futuro que hoy se sienta en un pupitre. Solo fortaleciendo nuestra identidad —esa que nos hace abrazarnos y sostenernos en colectividad— podremos proteger a nuestras familias frente a las amenazas de un mundo globalizado que parece perder el sentido de la vida.
México se reconstruye desde lo local y desde lo profundo de nuestra esencia social, étnica y cultural. Es hora de que los mensajes de odio sean superados por un tráfico digital de valores y hermandad. Nuestra humanidad debe caminar hacia beneficios integrales que nos hagan técnica y sensiblemente mejores para trascender.
¿Coincidimos?































