En México, la alimentación dejó de ser una elección basada en preferencias para convertirse en una decisión condicionada por el ingreso. El aumento sostenido de los precios ha modificado la vida cotidiana de millones de hogares.
De acuerdo con el Boletín de Análisis Económico de la Escuela de Negocios del ITESO, entre agosto de 2018 y marzo de 2026 el costo de la canasta alimentaria aumentó 67 por ciento, mientras que la inflación general fue de 45 por ciento, según datos del Índice Nacional de Precios al Consumidor del INEGI.
Esto implica que los alimentos han encarecido mucho más rápido que el resto de bienes y servicios, deteriorando el poder adquisitivo.
UNA BRECHA QUE GOLPEA MÁS A LOS MÁS POBRES
El impacto es mayor en los hogares de menores ingresos. El mismo análisis del ITESO señala que una persona en zona urbana necesita hoy 2,571 pesos mensuales para cubrir su alimentación básica, cuando en 2018 requería poco más de 1,500 pesos.
En zonas rurales, el gasto pasó de 1,150 a 1,940 pesos mensuales. La diferencia refleja una pérdida sostenida en la capacidad de compra, especialmente en sectores donde la alimentación representa la mayor parte del gasto.
ALIMENTOS MÁS CAROS QUE LA INFLACIÓN GENERAL
El fenómeno se confirma en los datos oficiales. En marzo de 2026, la inflación general se ubicó alrededor de 4.6 por ciento, mientras que la canasta alimentaria creció entre 7.9 y 8.1 por ciento anual, de acuerdo con el INEGI.
Esto significa que los alimentos se encarecen casi al doble de velocidad que el resto de la economía.
Algunos productos presentan incrementos extremos, como ya se ha documentado y en especial en esta casa editorial. El jitomate, por ejemplo, registró un alza de hasta 126.3 por ciento en un año, convirtiéndose en el principal factor de presión sobre los precios.
EL EFECTO ENERGÉTICO: UNA CADENA QUE ENCARECE TODO
El encarecimiento de combustibles también influye. Según el análisis del ITESO, el aumento en gasolina y energéticos eleva los costos logísticos de transporte, lo que termina impactando el precio final de los alimentos.
Este efecto en cadena conecta producción, distribución y consumo, trasladando el incremento directamente al bolsillo del consumidor.
INGRESOS QUE NO ALCANZAN
El problema se agrava cuando se comparan precios con ingresos. Para no caer en pobreza por ingresos, una persona en zona urbana necesita actualmente 4,940 pesos mensuales, frente a poco más de 3,100 en 2018.
En zonas rurales, el umbral pasó de 2,200 a 3,553 pesos mensuales. Para una familia de cuatro integrantes en ciudad, el ingreso necesario ronda los 20 mil pesos mensuales.
OAXACA: DONDE LA CRISIS ALIMENTARIA SE AGRAVA
En Oaxaca, este fenómeno se intensifica por condiciones históricas. El estado figura entre los de mayor pobreza en México, lo que implica que una mayor proporción del ingreso familiar se destina a alimentos.
Cuando los precios suben más rápido que los ingresos, el impacto es inmediato: menos comida, menor calidad nutricional o endeudamiento para cubrir lo básico.
RURALIDAD Y COSTOS MÁS ALTOS
El carácter rural de Oaxaca amplifica el problema. A nivel nacional, el costo de la canasta alimentaria en zonas rurales ya alcanza 1,940 pesos mensuales, pero en comunidades alejadas los precios pueden ser aún mayores debido a los costos de transporte.
La evidencia nacional muestra que el encarecimiento logístico influye directamente en los precios finales, lo que en territorios con difícil acceso —como la Sierra Sur, la Mixteca o la Sierra Norte— se traduce en alimentos más caros que en ciudades.
INFORMALIDAD Y PRECARIEDAD LABORAL
La estructura laboral de Oaxaca, marcada por alta informalidad, limita la capacidad de respuesta ante la inflación. Ingresos variables y ausencia de prestaciones hacen que el aumento en alimentos impacte de forma más severa.
A diferencia de economías más formalizadas, donde los ingresos pueden ajustarse parcialmente, en Oaxaca el ingreso diario define el consumo inmediato.
DIETA TRADICIONAL BAJO PRESIÓN
El encarecimiento también alcanza a productos básicos de la dieta mexicana. El aumento del jitomate —de más de 120 por ciento anual— afecta directamente alimentos cotidianos como salsas o guisos tradicionales.
Esto obliga a sustituir ingredientes o reducir su consumo, modificando patrones alimentarios históricos.
DESIGUALDAD QUE SE PROFUNDIZA
La combinación de pobreza, aislamiento y aumento de precios genera una presión acumulativa. A nivel nacional, los alimentos ya concentran la mayor carga del gasto en los hogares más pobres; en Oaxaca, esa proporción es aún mayor.
El resultado es una ampliación de la brecha social: quienes menos tienen son los que más resienten el encarecimiento.
UN CICLO DIFÍCIL DE ROMPER
El alza de precios, la debilidad de los ingresos y las condiciones estructurales forman un círculo complejo. Los datos muestran que el costo de vida sigue aumentando más rápido que la capacidad económica de los hogares.
En regiones como Oaxaca, este ciclo se vuelve más difícil de revertir.
ENTRE LA NECESIDAD Y LA RESISTENCIA
Más allá de las cifras, el encarecimiento de los alimentos redefine la vida cotidiana. Comer ya no es solo una necesidad biológica, sino una decisión económica constante.
En Oaxaca —y en buena parte del país— sentarse a la mesa implica cada vez más esfuerzo. Y ese esfuerzo, respaldado por datos oficiales, revela una realidad clara: el costo de lo esencial sigue creciendo más rápido que las posibilidades de pagarlo.
Con información de El Financiero e INEGI.










































