Qué le has dado a México
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Una canción, un bolero, para hacernos compañía en estas tardes lluviosas y salvarnos la vida y curarnos la soledad, el mal que nos heredó el amor.

Puede no ser solo una canción, también un disco entero que haya cambiado el rumbo de los acontecimientos, la industria, el modo de disponer los estribillos. A veces, dar la sensación de que se está en medio de una batalla o de una caricia. Y todo, para provocar que alguien vaya a cualquier parte sin salir a ninguna, y haya vivido en el transcurso con la misma intensidad de una tormenta o de un murmullo.

Unos hijos.

Que resulten el motivo de una espera en la casa de los mayores, cuando ya todo parecía agotado, perdido, desconsolado. Pero ellos volvieron a despertar las luces de los pasillos, el sabor del chocolate o de cosas aún más simples y con los años más complejas: aprender a caminar, a mancharse el rostro con nieve y sonreír libremente, escurriendo de felicidad, sin notarlo siquiera.

También puede ser reforestar un bosque.

O perfeccionar el brillo de las hojas en las macetas del balcón, que durante muchos años han sido motivo de admiración de transeúntes y hasta referencia de la zona. Se cuenta que al pasar enfrente de esos portentos naturales, nadie puede resistirse a voltear a verlos, como si se trataran de un eclipse de luna.

Un libro. O mejor una pasión tan grande por un tema o una historia, que te orille a compartirla por escrito, por palabras, por humo, por sonidos, por danzas. Así se hacen los libros de verdad, cuya casa termina siendo el interior de otro ser humano. O está bien. Que sea un libro clásico, un retrato de época. O aún adelantado a su tiempo, cuyas páginas nos lancen al horizonte como si en él hubiese algo absolutamente superior e inimaginable en nuestros días.

Algún invento. Una pantalla circular. Un robot para los patrones desalmados. Una tercera mano eléctrica para los obreros. O hasta un sistema que elimine estas diferencias.

Ciertas palabras que despierten las conciencias y ciertas palabras que eliminen la ansiedad de las conciencias una vez despiertas.
Un estudio sobre la época prehispánica.

Haber salvado al animal más bello del planeta —que, según se sabe, podría ser desde un perro de mirada distraída hasta un cóndor de alas abiertas—. También un ser humano. Claro, a los seres humanos se les salva de diversas formas. Unas, impidiendo que mueran y otras, impidiendo que se destruyan.

Puede no ser una persona. Quizá el agua, la capa de ozono, una cascada, el clima.

Un sabor. Hace tiempo hubo un sabor que combinaba la adrenalina de una competencia de autos con el ácido de una naranja.

O el salto de longitud más largo del continente, cuyo desafío a la gravedad inspiró a jueces, entrenadores y aficionados, a decretar con tu nombre la pista, el estadio, la ciudad entera. Imposible olvidar lo que sus ojos vieron esa mañana: una mujer de cabello largo a quien el aire empujó por la espalda hasta volar unos instantes. Y eso es digno de recordarse por generaciones, pues al final no debe descartarse que estos sean los primeros indicios de nuestra especie para evolucionar y elevarse por los aires, permanentemente, en un futuro.

Una Ley. Una Constitución. Liderar un movimiento que comprenda a la gente del país de tal manera, que desemboque en una declaración de fe, en una visión poderosa de nuestros anhelos compartidos, que no resulte un corsé sino una bandera.

Una bandera. Contagiosa. Impetuosa. Intempestiva. Que te mueva a ti y a los tuyos a ir más allá de las palabras. Un poema de bandera. Una gran causa. Una banderota.

Un diez en lo que haces. O mejor un once. Porque nadie en el mundo puede hacerlo mejor o al menos con el mismo entusiasmo ensordecedor. Cuando haces lo que haces que nadie te interrumpa porque podría salir herido. Y cada centímetro de tu campo lo sabes de memoria e intuyes sus próximas transformaciones y se te comprende, pero si no fuera así aún lo seguirías haciendo porque eres lo que haces.

Quizá prestes un servicio en la playa. Seas de esos hombres increíbles que limpian los cristales de los rascacielos. Conduzcas un bote. Transportes personas en la ciudad. Te levantes a las 2 de la mañana para la ordeña. Quizá haya quien asegure que tu labor no es emocionante. Pero sabemos que —a menos que tú decidas lo contrario—, nadie conoce el mar como tú e incluso a simple vista distingues cuando se acerca un atún o un pez loro. O si estás en las alturas, detenido por un arnés, los demás te miramos hacia arriba, porque te atreves… te atreves.

Ni que decir de un sacrificio.

Donar una hora de tu tiempo para enseñar a un niño. Celebrarle un acierto. Motivarlo cuando sufre una derrota.

Quizá él multiplique luego tu ejemplo. O se convierta en el libertador de un pueblo.

Está bien, ya entrados en ello, puede ser un sacrificio de esos de los antes. De los que ya no se miran tan seguido: brindar hasta la vida por la libertad de tu gente. Pero no hacerlo nada más por redes o amargarle la vida a quien se ponga delante. Hacerlo en serio, con la valentía de un héroe.

Un hombre o una mujer que lo dan todo por el resto, por asuntos tan abstractos pero tan reales como la libertad, la fraternidad o la justicia.

Un padre. Un verdadero padre. Una madre.

También se puede hacer patria, siendo un amigo.

Incluso, un amigo de tu país. Saber de sus defectos, sus deficiencias, sus enfermedades. Pero ayudarlo en vez de hundirlo. De alguna manera, tú eres la única, el único, que lo conoce en verdad, quien lo siente hasta la médula, quien se alimenta cada día de sus frutos y celebra sus victorias como propias. También padece sus derrotas. Por eso nos duele cuando no podemos cruzarlo de norte a sur con la libertad de un dueño. Pero quizá puedas ser tú el que lo haga posible.

Un hombre o una mujer que todos los días le ponga el hombro a otro. Que reconozca sus triunfos y su admiración vaya más allá de una sorpresa pasajera, pues no conozco momento más emocionante en la vida que mirar a alguien superarse a sí mismo, a las adversidades, a sus propios límites. Esos instantes cuando alguien toca la gloria: hacerse mejor ante nuestros ojos.

Si me preguntas: y tú, ¿qué le has dado a México? ¿Qué podría responderte?
@JPVmx