La narrativa de la impunidad | El Imparcial de Oaxaca
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Opinión

La narrativa de la impunidad

 


Por Leopoldo Maldonado

Inquieta y duele mucho que días antes del “Día internacional para combatir la impunidad en los crímenes contra la prensa” (2 de noviembre), asesinaron a dos periodistas: Fredy López Arévalo y Alfredo Cardoso. Sucedió igual el 03 de mayo de este año, Día Internacional de la Libertad de Prensa”, cuando Benjamín Morales fue asesinado en Sonora.
Dos periodistas en un dos días, 28 y 29 de octubre. Siete periodistas asesinados en el año, de los cuales seis fueron privados de la vida en los últimos cinco meses. Pasó el periodo electoral -en cuyo contexto ya había sido asesinado Benjamín Morales- y se desató la violencia. Para quienes gustan de narrativas simplonas que vinculan la violencia letal únicamente a la acción del crimen organizado, no hay mejor prueba que estos grupos actúan bajo una lógica política y con los políticos.
Dentro de poco escucharemos todo tipo de justificaciones inverosímiles pese a que hay datos precisos que apuntan a coberturas incómodas para grupos de poder fáctico y formal. A veces, muchas de hecho, el tiempo juega a favor de las autoridades, imponiéndose el olvido y el silencio. Ya se la saben. Así surfean la impunidad.
Algo que ayuda sobremanera es la justificación social de la violencia: la narrativa de la impunidad. Esa que nos sigue funcionando como sociedad para voltear hacia otro lado, porque duele, porque interpela. Las y los matan “por andar en malos pasos”, “por malandros”. Matar el cuerpo y la memoria, la estrategia más eficaz para el olvido, para la doble muerte.
El reto entonces es (también) revertir y erradicar la narrativa social y del Estado que justifica la muerte violenta. Ese discurso que mata por segunda vez y que impuso el Gobierno de Calderón con sus “daños colaterales” o “se matan entre ellos (criminales)”. Por eso una sociedad anestesiada por los miles y miles de muertos y desaparecidos necesita ver personas más que números. Porque aunque todos somos inocentes, y nadie, aunque sea culpable de algo, merece la muerte, la idea de que “en algo andaban” es un somnífero poderoso para la conciencia y la acción cívica.
Una estrategia es y será recordar historias, recordarles como personas y no como cifras para no restarles humanidad. Quizás, como pasó en Colombia, debemos comenzar a contar más las historias y darle otra importancia a los números. Hay un hambre de cifras en las notas de prensa. Justificar la gravedad únicamente en términos cuantitativos y no fincarla en el desastre personal y del círculo inmediato de las víctimas. La devastación de la vida individual, familiar, comunitaria con UNA pérdida debería ser suficiente pero no lo es. Y, siendo autocríticos, las organizaciones hemos caído en el juego de la numeralia implacable e impecable.
En el caso de las y los periodistas, recordarles a través de las miradas amorosas de los suyos, pero también la de ajenos que encontraron en su trabajo una fuente para mejorar sus vidas y tomar decisiones. Ahí estará el reto, no perder la dimensión de la tragedia, de “los cientos”, “los miles de…” que se agolpan en expedientes inconclusos, manipulados o de plano archivados. Pero a la vez no reducir la indignación a la acumulación numérica. Recuperar memoria, el o los nombres propios, llenarle a los poderosos de fechas conmemorativas que estén ahí para recordarles su complicidad y negligencia, pero también para ayudarnos a resignificar y sanar la pérdida, a no dejar que se imponga la doble muerte del silencio, la justificación y la abulia. Tal vez así podamos horadar, aunque sea un poquito, esa pared de concreto que se ha interpuesto entre sociedad y periodistas.
Así cierra un “dos de noviembre” en el país más letal para la prensa, con más muerte, como una burla, una afrenta, cinismo puro. Si la frase “más letal” no nos dice mucho, busquemos sus nombres en cualquiera los informes de organizaciones como Reporteros sin Fronteras, Comité para la Protección de Periodistas o Artículo 19. Veamos sus historias en la página de Defensores de la Democracia. Recuperemos las historias de defensa jurídica de Propuesta Cívica. Ahí están para interpelarnos y decirnos que siempre se puede un poquito más de indignación. O por lo menos, no pasar de largo cuando escuchemos la palabra muerte y sentarnos a ver cómo nos carcome la impunidad.