Malversando con un poeta | El Imparcial de Oaxaca
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Malversando con un poeta

Hernán Bravo Varela (Ciudad de México, 1979) es un reconocido poeta, ensayista y traductor. Ha vivido desde los 6 años en el Ajusco, al extremo suroeste de la Ciudad de…


Malversando con un poeta | El Imparcial de Oaxaca

Hernán Bravo Varela (Ciudad de México, 1979) es un reconocido poeta, ensayista y traductor. Ha vivido desde los 6 años en el Ajusco, al extremo suroeste de la Ciudad de México; llegó ahí cuando no había nada más que ganado, ojos de agua y animales silvestres –la urbanización vendría, después, con el tiempo– no obstante, para él era una especie de “pequeño paraíso”. Como no tenía vecinos con quien jugar, se tuvo que hacer de muchos amigos imaginarios e inventar mundos paralelos con frecuencia.

De sus padres heredó su melomanía y el gusto por los libros. Su padre le leyó de muy chico a Virgilio en latín, y aunque el niño Bravo Varela no comprendía lo que decía, sí intuía una especie de encanto en el sonido de esas palabras, que más tarde lo guiarían en su propio caminar por la poesía. 

En 1999, con apenas 19 años, gana con Oficios de ciega pertenencia el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino; desde entonces ha sido becario del Fonca y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Entre sus libros destacan: Historia de mi hígado y otros ensayos (2011), Hasta Aquí (2014) La documentación de los procesos (2019) y Malversaciones (2019).

Al charlar –quizá sin darse cuenta– hace honor a su oficio de ensayista y lleva a su interlocutor por una especie de paseo a través de citas de autores, libros y lugares que conforman el cúmulo de su experiencia:

¿Cómo fue la infancia de Hernán Bravo Varela? 

—Una infancia como cualquier otra de los nacidos en los años 70. Crecí con dos padres muy lectores y melómanos, que me proveían de muchos libros. Creo que mi infancia fue gozosamente solitaria, en un mundo muy personal donde la imaginación, la fantasía y los países inventados fueron muy importantes. 

¿Cómo comienzas a practicar el oficio de poeta?

—La poesía está muy lejos de ser un oficio, estoy plenamente consciente que aunque lo decimos con gran naturalidad, me parece que sí exige una fijación particular de la mirada, pero de ahí a que sea un oficio, sería proveerlo de un instrumental burocrático que no tiene la creación poética, aunque pueda manifestarse de manera continuada, generalmente depende muchas veces del azar y muy secretas aleaciones que hay entre la experiencia, el recuerdo y la intuición, que terminan ampliamente transfiguradas a través del lenguaje, ese resultado es tan rico, inmedible e inclasificable, que me parece no podemos clasificarlo como un oficio. 

¿Entonces de alguna manera el azar ha llevado a los poetas a ser poetas?

—No, yo creo que hay mucho de una colaboración, pero sí creo mucho en la frase de André Breton del “Azar objetivo” sí, hay un encuentro entre el pensamiento y la maquinaria del lenguaje, pero las aleaciones o los impactos con la realidad, la materia tan frágil de la experiencia o de la memoria no son tan medibles; difícilmente puede pasar con un poeta como lo que pasa con un narrador, trazar una escaleta a partir del desarrollo de personajes o una trama y lanzarse a la propia escritura, mucho tiene de impulsividad el texto poético y respetar esa condición es necesaria, es una intervención anónima formada por el azar y una experiencia de trabajo muy concreta. 

¿Cómo saber qué estás escribiendo poesía y no simples versos? 

—Es complicado saber eso, por lo menos a mis recién cumplidos 40. Lo que te puedo decir es que en realidad he aprendido muy pocas cosas, aprendes mañas, maneras de ladear el río y ciertas formas de hacer que algo que parecía falto de sentido lo tenga, pero de ahí a saber específicamente qué es poesía, creo que nadie podría atinar a decirlo; es un poco lo que decía San Agustín sobre Dios “Sí me preguntas qué es, no lo sé, si no me preguntas lo sé”, creo que cuando uno escribe poemas está rodeado de una extrañeza tal, que es imposible avanzar en un terreno rodeado de certezas. Creo que los poemas van tomando forma mientras van asomándose a la superficie y el poeta es el primero en desconocer ese proceso. 

¿Desde tu experiencia cómo fue que empezaste a escribir?

—Mi papá me leyó muy chiquito a Virgilio en perfecto latín, que –por supuesto– no entendía absolutamente nada, pero sí alcanzaba a sospechar que detrás de eso había una especie de encantamiento, a percibir que esas palabras sonaban así por una razón específica, que yo tardaría años en descubrir, pero desde ese momento quedé enganchadísimo. Después mi padre me leyó a Ramón López Velarde, y en la pubertad, cuando mi padre me descubrió a Neruda fue la primera vez que me decidí a escribir algo y no paré desde entonces. 

Cómo lo dices cuando se es joven se tiende a imitar la escritura de otros ¿Cómo fuiste encontrando tu propia voz como poeta?

—Me gustan las palabras que, un querido amigo poeta argentino, Fabián Casas, dice “en realidad la voz de un poema es la voz extraña”. Lo que quiere decir es que de pronto hay algo que está completamente fuera de nuestro registro cotidiano, que se emboza de muy diversas maneras de mirar, de escuchar y sopesar el mundo, y acaba por hacerlo audible, visible y legible; me gusta mucho esa definición porque abona un poco a lo que dijo Rimbaud de “yo es un otro” cuando dice eso, evidentemente hace que el “yo” no hable de “mí”, sino de los otros, es una mezcla de muchos otros que están por ahí dispersos en lecturas y en nuestras experiencias que de pronto alcanzan un grado de espesor tal, que es imposible rehuir a ellos y eso es un poco empezar a escribir. Agarramos un poco de Pessoa, de pronto alguna agudeza de Sor Juana, alguna aliteración de César Vallejo, alguna imagen carnal de García Lorca y después de eso vamos haciendo una especie de resumen ejecutivo hasta que, lo que queda, si es que queda algo, es eso que llamamos nosotros, bueno yo.

Por ejemplo, Pedro Enríquez Ureña decía que cualquiera hasta los 25 años era poeta…

—Por supuesto es una exageración, pero lo que quiere Enríquez Ureña es que todo el mundo tiene el ímpetu de ser poeta, hasta esa edad, los que quedan después ya constituyen los caballos de otra carrera. Todo el mundo en cualquier momento de la adolescencia puede escribir poemas de amor o desamor, pasados los 25 empieza una nueva etapa de la educación sentimental del poeta donde evidentemente se ha ido buena parte de la maravillosa inseguridad que lo llevaba de la mano a escribir y empieza a adoptar mañas y malicias. Lo que pierde el poeta con los años de espontaneidad, lo va ganando en malicia, pero precisamente por eso los grandes poetas que sobrevivieron a la tragedia de la salud o de un corazón roto o de una guerra inútil, escribimos menos, leemos más, vamos entendiendo lentamente cómo nos comenzamos a convertir en la generación que odiábamos, todo eso da como resultado que quien pasa esa edad, pues tiene una visión radicalmente distinta del joven poeta que empezó. Lo que es increíble es que en las obras reunidas se vea un hilo conductor que ni el propio poeta sospechaba, es un poco lo que dicen “cuan poco nos costó vivir para saber que éramos el mismo” y ese reconocimiento que es brutal, nos ayuda a reconciliarnos de la desencantada madurez con el muy ingenuo joven que fuimos. 

@UrieldeJesús02