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Arte y Cultura

Mauricio Cervantes “reconstruye” el arte a partir de la tierra

Colaboración, bajo impacto ambiental y vinculación de saberes conducen la propuesta que el autor comparte en su exposición en el Centro Cultural Santo Domingo


El pasado viernes, durante el montaje de la exposición La tierra es cruda… y sin embargo se mueve, una de las instalaciones que la conforma estuvo a punto de caer. Las piezas del muro de adobe, que sólo estaban apiladas, comenzaron a secarse y a dejar huecos entre ellas. Había riesgo de “derrumbe” y peligro para los visitantes del Centro Cultural Santo Domingo, donde se encuentra la obra autoría de Mauricio Cervantes (Ciudad de México, 1965).

Era necesario apuntalar la instalación, explica el autor que desde hace 15 años radica en Oaxaca y que con esta situación recordó lo ocurrido hace un año en la entidad, tras los sismos de septiembre que afectaron a la región del Istmo de Tehuantepec.

Lo del muro se convirtió en una metáfora. Había dos posibilidades: que Mauricio resolviera el problema o que la dirección del museo decidiera prescindir de la pieza por el riesgo que representaba para los visitantes. “Si hubiéramos procedido así (quitarla), hubiéramos hecho lo que hizo el Gobierno Federal con los terremotos; sin ningún dictamen, que se derrumben las casas”, cuenta el artista en alusión a la demolición masiva en el Istmo, en donde a la fecha la cifra de personas que quedaron sin casas sigue siendo elevada.

Al final, el muro de la exposición se rehízo a partir de un buen apuntalamiento y eso fue para Cervantes una muestra de lo que se pudo haber hecho para replantear la reconstrucción de casas en el Istmo, en una región donde el artista se sumó a los proyectos del Centro Cultural Bacaanda (que dirige Cristina Pineda) para construir, con bambú, una cocina comunitaria en San Mateo del Mar.

“Coincidimos en la necesidad de hacer algo inmediato por esta situación del terremoto, con la cual hay una gran contradicción. Si ves las cifras oficiales, creo que no llegan ni a 100 los muertos, pero los damnificados por pérdida de vivienda son miles. Ahí ocurrió un ecocidio, hay una cuestión que no voy a calificar ahorita, pero de la cual, en buena medida, es responsable el Gobierno Federal, a través de la Sedatu (Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano).

Se demolieron muchísimas casas al día uno de pasado el terremoto en el Istmo”, señala quien desde 2012 dota a su obra de un sello propio, a partir de Matria Jardín Arterapéutico, que él mismo dirige.

Con La tierra es cruda… y sin embargo se mueve, Mauricio Cervantes no sólo juega con las ideas del movimiento de la Tierra respecto al sol, en que contravenían Galileo Galilei y la Iglesia. Su propuesta vincula reflexiones medioambientales, así como la interrelación que busca lograr entre arte, educación, academia y ciencia.

En relación con los terremotos de 2017, considera que la pérdida de viviendas no fue precisamente por estos eventos naturales, sino por “una decisión precipitada” e intereses que complicaron la reconstrucción.

“Es paradójico —dice— encontrar la bondad o generosidad de lo que ocurrió”. Los sismos y el proceso de reconstrucción coincidieron con la investigación que desde hace unos años venía realizando en torno a los “métodos de construcción con tierra y fibras vegetales que son sismo-resistentes”, tan “antiguos como la humanidad porque están inspirados en las maneras en que insectos y pájaros hacen sus casas”.

Las casas, refiere, no se caen por el uso o la selección de los materiales, sino por una mala elección de los suelos en que se construyen y por sistemas constructivos deficientes.

“Con todo este conocimiento nos dimos a la tarea de aglutinar a bio-constructores y activistas que estaban trabajando a la cabeza de organizaciones sociales para trabajar en la reconstrucción”, recuerda sobre lo hecho junto a la asociación civil Bacaanda y que le dio la pauta para trabajar las instalaciones que comparte desde el 28 de octubre pasado y hasta el 13 de enero de 2019.

VINCULACIÓN Y BAJO IMPACTO AMBIENTAL

En los proyectos que ha desarrollado desde 2012, Mauricio Cervantes se ha apoyado en diversos aliados: científicos, académicos, apicultores o personas que con sus conocimientos empíricos aportan a ellos. Todo ha sido a base de “un trabajo de vinculación y puentes que salen de los formatos cerrados”.

“No nos reducimos al mundo del arte ni de la ciencia o de la academia, sino que estamos haciendo cruces transversales para que, a partir de estrategias artísticas se le dé visibilidad a temas medioambientales, educativos y sociales”, explica. Si bien el impacto ambiental que se ha conseguido es insignificante o nulo, eso no detiene sus proyectos, pues no se busca operar “políticas públicas o legislaciones para bajar las emisiones del CO2”.

Lo que sí ha habido es un impacto favorable de conocimiento o información en los públicos que se han acercado a los diferentes formatos en los que ha trabajado, ya sea un jardín urbano o del Centro de Divulgación de Abejas Nativas, comenta el artista sobre esa “buena labor de divulgación en torno al arte”.

Para su más reciente obra, La tierra es cruda… y sin embargo se mueve, Cervantes contó con la colaboración de diversos artistas (compositores, músicos, cineastas o fotógrafos), entre ellos están: Mariana Villanueva, Gerardo Audiffred, Leonardo Delgado, Daniel Molina, Roberto Gopar, Ensamble de las Rosas y Shirley Hunt.

A partir de esa sinergia, presenta una serie de instalaciones o esculturas hechas con tierra cruda y fibras de maguey, en alusión a los procesos bio-constructivos de la arquitectura vernácula. Su trabajo invita a pensar en los daños hechos al ecosistema (a partir de procesos que implican gran emisión de contaminantes, como la producción de cemento o el destilado de agaves) y con ello analizar las posibilidades para contrarrestarlos o disminuirlos.


 

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