Creo que podemos estar de acuerdo en que todos queremos que nuestras instituciones funcionen, y que además funcionen bien.
Cuando uno se acerca a solicitar un servicio o a ejercer un derecho se trata de quedar satisfecho.
Pero lastimosamente nos hemos acostumbrado y hemos normalizado que las instituciones funcionen mal y esa es la causa de que acudir a ellas sea el último recurso.
Las instituciones funcionan mal por múltiples factores, pero podemos reducir los mas importantes a dos: su diseño o las personas.
Cuando su diseño -en la ley que las crea y regula, o en los procesos que se tienen que seguir para prestar el servicio- no corresponde a la realidad, pues basta con reformar la ley o ajustar los pasos en que consisten esos procesos.
Pero cuando las personas son las que fallan, no hay proceso ni norma que pueda contra ello.
Al contrario, cuando existen personas capaces y diligentes al frente y al interior de las instituciones, las normas o los procesos deficientes pueden superarse de tal manera que a la gente se le atienda bien.
Generalmente las instituciones privadas -entre ellas las empresas- son las que funcionan bien frente a las públicas o gubernamentales. No entraré aquí en el debate de si un gobierno debe ser manejado con los criterios con que se administran las empresas, que además es un debate añejo. Y anticipo mi postura en contra.
Solo pretendo dejar constancia de que de un tiempo a la fecha se ha venido satanizando el término “meritocracia”. Y se hizo best seller el libro del profesor Michael Sandel titulado “La tiranía del mérito”.
Atendiendo a su etimología me permitiré la licencia de definir a la meritocracia como el gobierno de los que se esfuerzan.
Y los que se esfuerzan son los que luchan, los que estudian, los que tienen disciplina, los que sacrifican tiempo de diversión para dejárselo al estudio o a los deberes, los que hacen más de lo normalmente exigido.
Cuando Sandel escribió ese libro pensó en el hecho de que no todos nacemos con las mismas capacidades ni con la misma suerte de nacer y crecer en lugares donde las oportunidades – principalmente de buena educación- abundan.
Pero tal parece que lo hemos venido malentendiendo y malinterpretando asumiendo que no hace falta esforzarse para “tener derecho” a gobernar o a tener un buen empleo y por consiguiente mejores salarios.
De ahí pareciera venir la lógica de las tómbolas o lo que en teoría de la democracia se llama “el sorteo” lo cual, sin necesidad de que esté del todo mal, incentiva la idea de que cualquiera puede acceder con un mínimo de requisitos y nula preparación a los cargos y responsabilidades en los gobiernos.
Ese es precisamente el espíritu de la democracia y para algunos cargos (como los de elección popular) se exige muy poco.
El problema es cuando las instituciones demandan personas “preparadas” para poder funcionar bien. Y me refiero primordialmente a los cargos ejecutivos y judiciales a todos los niveles.
Específicamente dentro de los poderes ejecutivos que comandan las administraciones públicas se requieren perfiles idóneos para cada tipo y nivel de responsabilidad. Y esos solos se pueden conseguir entre la gente que se esfuerza, que lucha, que se prepara, que se sacrifica, que da el extra y que además tiene vocación.
De ahí vienen la mayoría de nuestras desgracias en eso que llamamos el servicio público.
A veces una especie de “ceguera de taller” nos impide verlos porque no están en nuestro círculo familiar o de amigos. Pero eso no quiere decir que no los haya.
Afortunadamente aún hay muchas y muchos mexicanos que se siguen esforzando y estudiando mucho porque quieren destacar, sobresalir, ascender. Son meritócratas que están o estarán esperando una oportunidad cuando la rueda de la historia termine de dar su nueva vuelta.
*Magistrado presidente de la Sala Constitucional y Cuarta Sala Penal del Tribunal Superior de Justicia de Oaxaca.































