Cada vez es más frecuente que niños y jóvenes en edad escolar cometen actos de violencia en contra de sus compañeros estudiantes, en contra de maestros o empleados de la educación. Cada vez resulta más sorprendente la facilidad con la que jovencitos acuden a los centros escolares armados o con estupefacientes.
Un caso aterrador fue -por ejemplo- el ocurrido el 30 de septiembre de 2026 en la Escuela Secundaria Número 13, en el municipio de Torreón, Coahuila, México:
Dos hermanos gemelos de 18 años, exalumnos de la institución, entraron al plantel encapuchados. Iban armados con machetes y bombas molotov, y probable presencia de armas de fuego.
Ya dentro de la escuela, agredieron al personal y a la subdirectora del plantel, quien fue asesinada. El ataque dejó además a otras tres personas heridas, entre ellas el director de la secundaria, un profesor y un alumno de 13 años, quienes fueron trasladados de forma urgente a un hospital.
El jueves 24 de septiembre en Monterrey, Nuevo León, México. Ocurrió dentro de las instalaciones de la Secundaria Número 7 “Fray Servando Teresa de Mier”: Tres alumnas de secundaria. Dos de ellas se desvanecieron tras consumir una sustancia en el baño del plantel. La Fiscalía General de Nuevo León reveló que una de las menores tomó la dosis de cristal de su propia casa y la compartió con sus amigas. Las dos pequeñas intoxicadas fueron llevadas a un hospital local de forma urgente.
El 22 de septiembre de 2025. En las instalaciones del Colegio de Ciencias y Humanidades plantel Sur de la UNAM, en Ciudad de México. Un estudiante mató a un compañero de clases de 16 años e hirió a un trabajador de mantenimiento quien intervino para frenar la agresión y resultó herido.
El agresor fue un estudiante de 19 años identificado bajo el seudónimo de “Lex Ashton” Cañedo López. Horas antes del ataque, publicó fotos de las armas e indumentaria en grupos de redes sociales vinculados a la subcultura misógina e incel (abreviatura en inglés de ‘involuntary celibate’, que significa célibe involuntario)
Ya hemos visto casos de bullying en los que jovencitas agreden a otras, en casos ha ocurrido la muerte de alguna de ellas debido a los golpes extremadamente violentos de la agresora.
¿Por qué cada ves son más frecuentes los casos de violencia extrema e incluso criminal en escuelas del país? ¿Qué sociedad permite y genera esto? ¿Qué gobierno ve este fenómeno de comportamiento extremo y no lo prevé ni lo soluciona en sus orígenes?
Desde la medicina, la psiquiatría y la psicología clínica, la violencia extrema infantil y juvenil no se ve como un acto aislado de maldad, sino como el síntoma visible de patologías no atendidas y alteraciones en el desarrollo (lo dicen los libros):
“Existe un aumento alarmante en la prevalencia de trastornos del estado de ánimo (como la depresión severa), trastornos de ansiedad, trastorno de conducta y el Trastorno Negativista Desafiante (TND) en niños y adolescentes. Al no ser detectados ni tratados a tiempo, el sufrimiento emocional puede externalizarse en forma de agresividad extrema.
“Muchos estudiantes viven en entornos con altos índices de violencia comunitaria o familiar. Esto coloca a los jóvenes en un estado constante de “lucha o huida”, lo que provoca respuestas desproporcionadamente violentas ante conflictos menores.
“Abuso de sustancias a edades tempranas. Estas sustancias alteran permanentemente la química cerebral, disminuyen el juicio, incrementan la paranoia y detonan conductas impulsivas o erráticas.
Desde la sociología y la criminología, la escuela es un microcosmos que refleja la descomposición del tejido social exterior. (Igual, lo dicen los libros):
“México atraviesa por una crisis prolongada de seguridad pública. Los menores de edad crecen expuestos diariamente a entornos de la delincuencia organizada, homicidios y desapariciones. Esta situación externa normaliza la crueldad, haciendo que la violencia extrema sea percibida por algunos jóvenes como un mecanismo válido de poder, estatus o resolución de disputas.
“La necesidad económica obliga a padres y madres a trabajar jornadas extenuantes, lo que reduce el tiempo de crianza y la supervisión de calidad. El “abandono afectivo” deja a los menores vulnerables a la búsqueda de pertenencia en pandillas o grupos con conductas delictivas.
“Muchas de las conductas violentas son aprendidas directamente en el hogar. El maltrato físico, psicológico o sexual dentro del núcleo familiar devalúa la dignidad humana ante los ojos del menor.
“El acceso sin filtros a internet expone a los estudiantes a contenidos de violencia explícita, “retos” cibernéticos peligrosos y dinámicas de cyberbullying que no descansan al salir de la escuela. Las humillaciones digitales suelen trasladarse a las aulas físicas de forma magnificada y violenta.
Las escuelas en México suelen carecer de la infraestructura y el personal capacitado (psicólogos, trabajadores sociales) para detectar a tiempo las alertas de riesgo. Los profesores se encuentran frecuentemente saturados con labores administrativas, dejando poco margen para la contención emocional de grupos que a menudo están sobrepoblados.
Los reportes de violencia física en escuelas escalaron a 1,178 casos en 2025, lo que representó un incremento del 11.3 por ciento en comparación con 2024 y un disparo del 158.3 por ciento respecto a 2010.
Por su parte la autoridad simplifica el problema al exceso de exposición de los niños y jóvenes a las redes sociales, al internet, a la comunicación digital y propuestas digitales… Por tanto endosan el problema y la situación violenta al niño, a sus familiares y maestros.
El gobierno federal mexicano, los gobiernos estatales y municipales tienen una gran responsabilidad en este fenómeno social y violento que ya se incrementa en México.
Aún es tiempo de contenerlo con políticas públicas que prevengan estos comportamientos violentos en sus orígenes, considerando el estado de la situación criminal que vive el país y que impacta en el ánimo de los menores. “Abrazos no balazos” tiene consecuencias muy graves.
































