Olegario Hernández: El señor jícara |
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Olegario Hernández: El señor jícara

Ahora le llaman artista o maestro, pero a sus seis años, Olegario era uno más entre los habitantes de Pinotepa de Don Luis, la comunidad en que vivió hasta sus 19 años

Olegario Hernández: El señor jícara | El Imparcial de Oaxaca
Foto: Fabián Acuña Toledo | Mexicanísimo

Lleva el pelo largo y recogido hacia atrás, y de su frente y la barba emergen algunas canas. “Ya casi llego al tostón”, dirá más tarde Olegario Hernández (1969), un hombre nacido en Pinotepa de Don Luis, pueblo mixteco al que se llega, en una de sus rutas, por una carretera no extensa de curvas, y en donde la vegetación y los árboles aún son hogar de varios animales, entre ellos las iguanas. Pero esta vez no se está en la región Costa, sino en la de Valles Centrales, en Xoxocotlán. Por estos rumbos ha llegado el “más vago” de los hijos de Sofía e Irineo. No sin antes probar suerte en Guerrero, Ciudad de México, Guadalajara y Estados Unidos.

“Radico aquí por cuestión de trabajo, porque en nuestro pueblo, allá, no puedo estar con esto”, argumenta el autor de múltiples grabados y esculturas que tienen sus raíces en las jícaras labradas en su comunidad natal. La luz natural logra colarse por la puerta, pero las nubes cargadas de agua hacen necesario encender las lámparas. Así, entre la tenue iluminación artificial se va descubriendo la vida de Hernández, el que entre manos trae la mitad de una jícara y una gubia. Hoy, a diferencia de su habitual cotón (un tipo de camisa de manta hecha en telar de cintura) porta una playera verde y un overol.

 

Foto: Lisbeth Mejía

“Es caro” vestirse siempre con esa prenda que le identifica, en especial cuando se trata de trabajar, pues existe el riesgo de estropear el traje.

Olegario Hernández nació el 30 de diciembre de 1969 en un pueblo que comparte danzas como la de los tejorones (con danzantes vestidos de pantalón y saco negro, máscaras y sombrero que se eleva al cielo mediante las plumas que le cubren). Pero lo que diferencia a este Pinotepa de otros es la tradición de varias generaciones en el oficio de grabado en jícaras.

A Olegario podría conocerse como “el señor jícara” (Ra’ayachi, en mixteco), el nombre que ha empleado en varias exposiciones en Oaxaca y el país. En ellas muestra sus raíces en el arte lo mismo que las posibilidades en lo que comenzó desde sus seis años. También, el coraje y los caminos recorridos a su casi medio siglo, a veces minado por la discriminación y otras por la resistencia de sus mayores a compartir los saberes. Quizá por ello es que, cual mantra, repita una y otra vez: “enseñen”. Tras la muerte, explica, no servirán de nada los conocimientos, por eso es mejor compartirlos, para que se queden en otras personas.

 

Foto: Lisbeth Mejía

Ahora le llaman artista o maestro, pero a sus seis años, Olegario era uno más entre los habitantes de Don Luis, la comunidad en que vivió hasta sus 19 años. El camino por el arte comienza como la continuación de lo que hacía su padre (fallecido cuando Olegario tenía apenas ocho años). También, e indirectamente, del oficio de su madre, una artesana que perdió la vista por un glaucoma, y que, sin embargo, siguió con el telar de cintura, recuperando diseños y saberes que se perdieron por un tiempo en este pueblo dedicado a las artesanías y al campo.

“Siempre era inquieto por querer aprender más lo de la jícara. Tuve que salir del pueblo porque yo me acercaba con los jicareros grandes, pero eran tan celosos con su sabiduría y no querían enseñar”. Ese es uno de los recuerdos de quien como menor tuvo que aceptar otras condiciones al cambiar su trabajo por playeras, huaraches o algún recuerdo de Santa Catarina Juquila, considerado hace unas décadas como el mercado más grande para vender las jícaras labradas.

 

Foto: Lisbeth Mejía

¿Qué hizo cuando le negaron la enseñanza?

Empiezo a tallar jícaras porque había muchas en el pueblo. Recuerdo que una vez llegó una maestra de San Pedro Jicayán y quería llevarme a México; yo era un chavalillo de siete años y ya trabajaba bien las jícaras. Le pidió permiso a mi mamá y ella dijo que no. Le pregunté: ¿por qué no dejaste que me fuera? Y dijo: no porque la maestra va a ganar contigo y yo no voy a saber nada.

¿Qué decían sus padres de su trabajo?
Pues en el pueblo nadie te aplaudía porque son cosas que desde antes ya existían. Yo trabajaba jícaras y mi mamá las iba a vender a Pinotepa Nacional.

¿Su madre trabajaba el telar de cintura?
Sí. Trabajó mucho hasta que un día perdió la vista por el glaucoma. Tenía 60 años y cada vez que llegaba, porque ya había yo salido, mi mamá estaba muy triste. Yo le decía: ánimo porque conocí a alguien que lee con los dedos y desarrolló otros sentidos. Y sí, animándola, pudo trabajar y ponía los hilos en los palos. Una vez llegué, después de cuatro años de estar ciega, y vi que los hilos estaban formados de oscuro a claro. Yo quería saber qué onda, cambié los colores de orden. Vi a mi mamá, iba tocando los hilos y estaba echando madres y preguntó que quién cambió los hilos. Y le dije que yo, que quería ver cómo conoce los colores.

 

Foto: Lisbeth Mejía

Ella le dijo que con la temperatura, pues el más oscuro era más caliente y el más claro, de temperatura más baja. Esa fortaleza vista en su madre, muerta en 2003, generó en Olegario una admiración. “Nunca se rindió, siguió trabajando varios años hasta que murió”.

¿Fue como una enseñanza de vida?
Sí, siento que tomé algo de mi mamá porque empecé a descubrir cosas en la escuela.

¿Cómo cuáles?
Entendí que nunca se quedaba quieta. Si hacía un diseño en el telar, buscaba otro. En un tiempo, algunos dibujos se perdieron en el pueblo. Y mi mamá los redescubrió, volvió a hacerlos y enseñó a mucha gente. Entonces siento que agarré un poco de lo que tenía en la cabeza de mi jefa. No me quedo con lo que ya hay, siempre busco.

¿También aprendió el enseñar, el compartir?
Eso fue lo que aprendí porque enseñar es mucho mejor, compartir lo que uno sabe porque de nada sirve llevarlo con uno porque allá no lo van a ocupar, aquí hay que dejarlo y es muy padre porque cuando enseñas lo que sabes, la gente se siente agradecida.

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Un día, Olegario le dijo a su madre que quería salir a aprender. “Estás loco, te vas a perder”, le dijo ella, en recuerdo de su hermano que se había ido a Ciudad de México y murió allá. “Tú no te vas, no quiero perderte; ya perdí uno y no quiero perder otro más”.

Pero él dijo que se iba, así fue a dar a Chilpancingo, Guerrero, donde trabajó como barrendero y conoció los malos tratos por su idioma, el mixteco, y por no expresarse bien en español.

Tras una experiencia en el trabajo, que derivó en una agresión física, un compañero lo llevó a su casa, donde la esposa de este le enseñó a practicar y mejorar su español.

 

Foto: Lisbeth Mejía

Luego volvió a Pinotepa de Don Luis un tiempo. Después de ello se fue a Ciudad de México y luego a Guadalajara. En esta última ciudad vivió tres días en la calle, luego salió a la glorieta donde ahora es el jardín del arte. Ahí, mientras trabajaba la jícara, fue observado por José Silva, quien junto a su esposa (Patricia Villa Lever) le ofreció techo y comida, y alguna guía para dar con la Escuela de Artes Plásticas.

“Se puede decir que fueron mis padres adoptivos”, cuenta Olegario sobre este matrimonio que, señala, le tomó como un hijo, uno que barría su casa, lavaba su carro y el jardín como una especie de “pago”.

Pero su ingreso a esta escuela no fue tan fácil. Al no verse en la lista de ingreso, acudió con el rector de la Universidad de Guadalajara. Se vistió con el traje de su pueblo, un pantalón de manta que se conoce como calzón, y una camisa a la que llaman cotón. Tomó una de sus jícaras y la mostró al rector; le dijo que no estaba en la lista, pero que quería estudiar.
Este le dio un documento con su firma para ingresar, no sin antes advertirle que serían cinco años de carrera y preguntarle si los cursaría. Era su manera de asegurarse del compromiso de Hernández.

“Son cosas así que pasaron, pero creo que ya estaba hecho”, cuenta ahora quien como en aquella ocasión tiene entre sus manos la mitad de una jícara, de la que más tarde, casi en cuestión de minutos, emergerá un búho, uno de los animales que tanto gustaba hacer de pequeño.

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Cuando le decía a su madre que quería salir del pueblo para ir a aprender, Olegario se refería a descubrir más sobre el grabado, del que ya tenía nociones con el oficio de sus ancestros. Pero aprendió más, incluso, conoció de muralismo y de joyería.

¿Considera que se inclinó por el grabado porque se relaciona con el trabajo en jícara?
Bastante, nada más que la jícara es cóncava y el grabado plano.

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Cuando concluye la carrera en Guadalajara, regresa a Pinotepa de Don Luis, en donde comienza a dar talleres para compartir sus conocimientos. Pero al inicio, al carecer de herramientas, no se sintió a gusto. Por ello, en 2005, decidió irse “de mojado” a Estados Unidos. Por un año, trabajó de todo para comprar sus herramientas y tener su casa.

A su regreso, volvió a enseñar, ahora también en otras poblaciones de la zona. Sin embargo, esto le trajo inconvenientes con los “tatas” (señores mayores, reconocidos con cierta autoridad), quienes lo veían como una mala persona por llevar la cultura del pueblo a otros. Por ello, fue llamado en la presidencia, donde las autoridades le dijeron que lo encerrarían una semana debido a ese comportamiento. Él accedió, pero por un periodo mayor y previa comprobación de que fueron los señores y autoridades quienes pagaron sus estudios.

Tal comentario los desconcertó al grado de cuestionarle si estudió. “Claro, que sí, yo estudié”, contestó Olegario. “Por eso enseño, porque a mis maestros nunca los encerraron, entonces no creo que a mí me puedan encerrar. Al contrario, en vez de encerrarme, deberían de apoyarme para enseñar más y así poder ayudar a más gente”. Y eso, explicó, hacía que se estuvieran perdiendo saberes como la partería.

VIVIR DE LO QUE SE CREA

Es hasta el 2010 cuando Olegario comienza a ver algunos ingresos por su creación y con lo aprendido en Guadalajara. Es en ese mismo tiempo en el que se instala en la ciudad de Oaxaca; “para quedarme”, explica quien de ahí ha pasado por otros pueblos, siempre cercanos a la urbe donde están las galerías y espacios en que ha compartido su obra. Sin embargo, el inicio en el mercado del circuito empezó con los artesanos del Carmen Alto, los que le “dieron chance de vender ahí, pero con la condición de que diera talleres”.

Entonces lo conocían como artesano. “Una vez fui a una galería para pedir chance de exponer, pero me dijeron: ‘si tú eres artesano, ¿qué estás haciendo aquí?’ Pero ni modos que me ponga un letrero aquí (en la frente) que diga que ya estudié. A mí me dio risa y seguí trabajando”.

¿Y usted cómo se considera?
Yo digo que soy trabajador del arte. No me gusta decir que soy artista.

 

Tras esa experiencia, siguió su trabajo y aprendizaje en el taller Bambú, de Abraham Torres, donde descubrió que se puede hacer litografía con la técnica que usaba con las jícaras. El conocer la manera de concretar esta idea le llevó a investigar qué tipo de metal, distinto al usual de las gubias, podría usarse. “Investigué, hasta que me di cuenta que el cúter es la mejor herramienta para la litografía, incrustándolo en la madera”.

En 2012, concursó en la Bienal de Artes Gráficas Shinzaburo Takeda, en la que obtuvo el tercer lugar. Eso significó un cambio en la percepción de él y de su trabajo. “Entonces ya la galería me decía: maestro, exponga aquí”.

Ese es uno de los momentos en que su labor comienza a dar otros frutos, ahora también para permitirle vivir del arte. “Así es como empiezo a trabajar, que me empiezan a pagar por lo que hago. Pero como digo, no es fácil, es aguantar, aguantar, aguantar. Tarde o temprano, uno puede hacer las cosas, cuando las quiere hacer. Es aguantar un poco”.

¿Qué piensa cuando le dicen maestro, se considera eso?
Sí, queda bien porque estoy enseñando lo que aprendí en la vida. Se oye un poco grande, pero sí, está bien, no pasa nada. Pero si no enseñas y te dicen maestro, queda muy grande.

PROYECTOS
A partir de las jícaras, trabaja en el desarrollo de utensilios y objetos que puedan usarse en las mayordomías de la comunidad, como una opción para no generar tanta basura, como ha ocurrido con los platos, vasos y demás objetos de plástico y unicel.

LA GUITARRA DE CARLOS SANTANA
Por el año 2013, entre sus amigos, conoce de la petición del guitarrista Carlos Santana. “Fue muy curioso porque el maestro Israel Nazario me dijo que había una guitarra que el maestro Santana quería con grabado, pero que ellos no se animaban a hacerlo. Entonces, yo dije: órale, lo hago. Se supone que soy grabador y tengo que poder. Pero no supe el problema en que me metí porque al ver la guitarra vi que era finísima. La llevé a mi pueblo y dije, pues si enseñé, me van a poder ayudar”.
La labor no resultó nada fácil. Fueron varias pruebas y errores, hasta que dio con la solución. “Pude hacer la guitarra”, dice ahora sobre un reto que le tomó unos tres meses, pero del que también aprendió mucho.
Aunque grabó la guitarra, nunca conoció a Santana. Pero sí al comprador del instrumento, quien la obtuvo por 50 mil dólares en una subasta, mucho más que lo que cobró Hernández.
Hace poco, Olegario volvió a grabar una guitarra, pero para un músico de su región. Este nuevo instrumento se ha expuesto en el Centro de las Artes de San Agustín (CaSa) y seguido su paso por el Museo Nacional de la Estampa. “Hasta ahorita, no ha podido recibir el maestro su guitarra”.

LOS ANIMALES Y LA PROTESTA

Cual bosques o selvas, los grabados, instalaciones y cuadros de Olegario están habitados por animales. A veces por armadillos, búhos, jaguares o iguanas.
“Empecé a trabajar con los animales porque lo que hago es como una protesta. Hay mucha gente que mata a los animales por (conseguir) sus plumas, su piel, por sus colmillos o garras. Por ejemplo, el oso hormiguero, el búho o el jaguar, que los matan para disecarlos”.
Con su trabajo, intenta dar un mensaje más, el de no matar a estos seres, muchos de los cuales están en peligro de extinción o se encaminan a ello.

ENSEÑAR Y APRENDER
Olegario parece estar más cómodo cuando le llaman maestro, aunque también con el considerarse alumno, pues como ha señalado, el aprendizaje sigue y es constante. Hace un tiempo, en la Costa, acudió con José (Ché) Luna, de Huazolotitlán, para aprender a hacer las máscaras de jaguar o las esculturas al estilo de esa población mixteca. A partir de lo aprendido, crea las piezas en las que también se observa el grabado de las jícaras.

EXPOSICIÓN
De junio a septiembre de este año, las jícaras decoradas y los grabados del autor se muestran en la sala María Sabina, del Museo Nacional de Culturas Populares, en la Ciudad de México. Se muestran con el nombre de Ra’ayachíkanú /El señor jícara grande, exposición en la que además incluye una instalación a manera de búho que sale de una chimenea.

LA PINTURA
Desde sus seis años y hasta los casi 45, Olegario vuelca sus esfuerzos en el grabado. Y no es hasta el 2014 cuando otra de sus inquietudes, la pintura, comienza a ser más constante. Pero siempre ligado al estilo hallado en estas disciplinas. “Empiezo a buscarlo porque tiene que haber en la pintura la misma forma que en la gráfica. Entonces, en vez de usar gubias, uso espátulas, pero a estas les doy filo para que se vea en ese estilo”.

 

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