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Geo Meneses sana con su música al mal de amores

La intérprete de Rojo corazón hace de su concierto en el icónico Teatro Macedonio Alcalá una noche de desahogos y alegría

  • Geo Meneses sana con su música al mal de amores
  • Geo Meneses sana con su música al mal de amores

Afuera, el bullicio, los gritos, el baile, los drones y las fotos y videos. Nadie quería perderse el paso de las delegaciones que desfilaron previo a la octava del Lunes del Cerro. Hubo quien llegó a la esquina de 5 de Mayo con avenida de la Independencia y no logró cruzar la valla humana. La solución, volverse varias cuadras hasta llegar al teatro que minutos antes estaba a unos cuantos pasos.

Alguien más había previsto el caos de la tarde y decidió tomar otra ruta. El objetivo parecía cumplirse: ingresar al Macedonio Alcalá, el recinto de más de 100 años de existencia que esa noche prometía un amuleto para el mal de amores.

“Cada canción se va a convertir en una pócima para curar, para sanar las heridas del alma que nos dejan la ausencia, que nos deja el desamor, los adioses, toda esa melancolía, a través de la música, va a poder desahogarse”. Las palabras de Geo Meneses lo habían anunciado un día antes. Ahora parecía cumplirse.

Pasadas las 20 horas, con cientos de asistentes ya cómodos en sus butacas y uno que otro llanto o balbuceo de menores, iniciaba el concierto. En el exterior la fiesta seguía, pero dentro, la velada se notaba más íntima. Cubierta de negro hasta la cabellera, con una flor como acento rojo en su peinado, Geo volvía al teatro que tantas veces le había cobijado, por el que el jueves declaraba su amor, pero en el que seguían las emociones con cada espectáculo, como si de algo nuevo se tratara una y otra vez más.

Sus manos y rostro parecían dirigirse al firmamento, mientras arrancaba con Deja que salga la luna, de José Alfredo Jiménez. Luego, como arrebato por las heridas del amor, argumentaba un Tú, solo tú, acompañado con las notas del piano de José Torres, la guitarra de Marco Durán y las percusiones de Reynier Limonta. A ese reclamo siguió la promesa de no volver a amar, en las letras de Alfonso Esparza Otero.

El recuerdo de lo grabado 13 años antes, en el disco Amuleto, volvía con la voz de la oaxaqueña a quien se ha descrito como alguien en quien están “la negritud de una Cesaria Évora, los ahogamientos apacibles de una Edith Piaff y la fiera autonomía de una Lucha Reyes”.

Pero en esta noche premiaba su carisma, el que logró los coros y aplausos en más de una ocasión, casi como porras que dirigía Eduardo Torres, luego de hacer los coros y pasar a la voz principal o co-protagónica. “No tengo cómo pagar todo este cariño, su presencia, su tiempo allá afuera”, confesaba la intérprete que no se inmutaba ante los constantes flashes salidos de una cámara en primera fila o de los celulares de quienes estaban en los palcos.

Las tenues luces y la suavidad del piano dieron un tono especial a la Malagueña salerosa de Pedro Galindo y Elpidio Ramírez, años antes con fuertes sonidos de guitarras en una versión del grupo Chingón para el segundo volumen de la película Kill bill, de Quentin Tarantino.

Los amorosos, como se identifican los fans de la cantante, aprovecharon la invitación de esta para escucharle muy cerca, sentados con ella en las escaleras que dividen al escenario de la luneta.

Con el Alma mía al Júrame, de María Greever, pasando por la Luz de luna, de Álvaro Carrillo, o La cigarra, de Raymundo Pérez y Soto, los cientos de asistentes revivieron el dolor, la amargura, el desamor y las ansias por los amores pasados. Lo mismo que por las ganas de vivir y de cantar. Hubo incluso la repetición del Júrame que varios corearon.

La parte más bailable vino con el zapateado de Luis Bravo, al que se unió Geo al cantar otro tema de Carrillo, Amuleto. De quien la voz le ha permitido grabar nueve discos, el último Rojo corazón, se mostraba ahora con flecos dorados que más tarde cambiarían por los de todos los colores.

Los viejos amigos recordaron el andar entre canciones que ahora esperan dar su lugar a las de Chavela Vargas, en el nuevo álbum que la cantante oaxaqueña hará con Los Macorinos. Geo y Eduardo (su corista), compañeros desde el disco Amuleto, se agradecieron por la amistad y el apoyo encontrado en el otro. Y lo hicieron con el No volveré, de Miguel Aceves Mejía.

El dolor, que parecía haberse esfumado, volvía con los lamentos del Cucurrucucú paloma. Aunque pronto sería olvidado entre los bailes de los “tiliches”, los personajes que recrean a los viejos del carnaval putleco. Las tiras multicolores, negras o verdes, ya sea en los pasillos o el escenario, daban la sensación de que esos seres flotaban, y con ellos la alegría marcada por El cascabel.

Por momentos, pareció el final de la actuación que no se salvó del timbrar de un celular al que varios quisieron callar con un “shhhhhhhhhh”. Para fortuna de los asistentes, Geo respondió a las peticiones del coro y volvió con Llorona. Con Sandunga, invitó al escenario a Fanny Leyva, la joven soprano que entró ataviada en un blusón con estampados de la región Istmo de Tehuantepec.

Sus invitados, músicos y bailarines, subieron para despedir al público que por casi dos horas la acompañó. Pero el amuleto prometido para sanar el mal de amores no quedaría completo sin las notas de El pastor, la canción mencionada en el programa y que un par de amigas juraba faltaba.

El ánimo y los aplausos confirmaban el éxito de Geo, pero también reclamaban, como buen público, una interpretación más “¿Están seguros que quieren otra?”, “Sí”, “¿De verdad”, “Sí”, eran las palabras que intercambiaban Meneses y el público antes del último tema, autoría de Los Cuates de Castilla, y tras el cual alguien decía: “Ahora sí, ya me puedo ir tranquila”.

 

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