Shinzaburo Takeda |
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Shinzaburo Takeda

El artista japonés ha vivido la tranquilidad del campo, esa que persigue a donde va; también ha sabido lo que es no tener qué comer, como un estudiante de escasos recursos. Hoy, con más de medio siglo en México, se siente ajeno a su país de origen; es “un changuito” y un oaxaqueño con al menos una cincuentena de “hijos” a los que ha guiado en el arte

Shinzaburo Takeda | El Imparcial de Oaxaca

Es su hermano Kunio quien sale a recibir y guía hacia el estudio. Al encuentro aparece Shinzaburo.

—Pase para acá, pero ya sabe, hace calor, ¿no?; ¿gusta una cerveza?

Las paredes, la mesa del centro y cada rincón están repletos de obra, terminada y en proceso. Por el momento, la electricidad se ha suspendido. Unos empleados de la compañía nacional arreglan los desperfectos. El calor inunda el estudio casi como las pinturas y las gráficas, y como todo el material con que trabaja el artista día a día, desde muy temprano y hasta parte de la tarde; ya no más por la noche, pues sus ojos resienten los efectos de la edad, de los 84 años a cuestas.

Los ladridos de su perro Sasuke (llamado así por un famoso ninja japonés) acompañan el camino del estudio hacia el corredor de la casa, en otra construcción. Y se mantienen por un rato más. A su descontento por quien visita la morada se suma el de un can más; es su madre, que ha sido atada, no porque muerda, sino porque es más alebrestada que su descendencia. Ambos mantienen la distancia propia que caracteriza a la raza chowchow, del norte de Asia, de la zona tibetana.

Shinzaburo acaba de volver del centro de la capital del estado, a donde ha ido a resolver unos asuntos. Hace unos días estaba indispuesto; hoy parece haber mejorado y el calor le pide algo para refrescarse.

—Yo, con su permiso, voy a tomar cerveza.

Es el mayor de cinco hermanos, cuatro hombres y una mujer. Mientras abre la botella, habla de la familia. Su voz, pausada y tranquila, conserva aún el acento nipón. Tiene un documental homónimo, dirigido por Ya’asib Vázquez, el cual se presentó recientemente en Los Ángeles (Estado Unidos). “Mucho éxito, lloraba mucha gente”, dice el artista sobre esta experiencia.

Mi hermano ya tiene más de 40 años en México. Somos dos familias las que estamos acá. Él se casó con una mexicana, ya tiene dos hijos grandes. Bueno, yo también tengo dos hijos grandes, pero están en Japón, regresaron con mi ex mujer.

—¿Los llamó su tierra?

—Sí, así es, es natural.

Kunio es el menor de los cinco, y ha venido unos días a verlo. Mientras transcurre la plática se mantiene a unos metros de la mesa de plástico donde descansan un textil hecho en telar de cintura, una cerveza Victoria, un plato con una rebanada de panqué de nuez, un vaso y una jarra con agua.

Por momentos, se acerca para consultar con su hermano mayor si lo que hace está bien. Kunio y Shinzaburo se hablan en español.

Está bien, muy bien ¡Qué bonito, excelente! Tamaño correcto.

Minutos más tarde, cuando Shinzaburo es ayudado para recordar el año de su llegada a México suelta un: “¡estoy hablando!”

—Él no oye bien, vaya —dice en referencia al hermano que ha intervenido en la conversación.

De camisa a rayas, pantalón en tono claro y con tenis, Shinzaburo cubre su cabeza con un pañuelo blanco y morados. El tono de las figuras es muy parecido al de las flores de las jacarandas que hay en las calles de Huayápam y de la capital, y que han poblado las calles de la Ciudad de México. Cada primavera, como hace casi un siglo, ese color viste al país, desde que un jardinero japonés que se encargó de plantar la especie originaria de Brasil, luego de un fallido intento con cerezos.

A Huayápam llegó a habitar hace unos 30 años, en un amplio terreno donde están su estudio y la casa que le sirve como hogar, lo mismo que un patio con su limonar, buganvilias rosas, blancas y moradas, varias plantas, caminos de tabiques que marcan la ruta entre el pasto y muros que desde fuera dejan adivinar muy poco el interior del domicilio.

—Claro que no estaba así, estaba más sencillo, pero en 30 años creció.

—¿Por qué Huayápam?

—¡Ay!, no me acuerdo.

—¿No le gustó quedarse en la capital?

—No, no, no, no, no. Capital, no, no, no, no, no ¡Ay!, yo no sé. Nunca pensaba por qué. A mí me gusta campo, más que capital. Capital… ya sabe: rentar cuartitos o departamentos. Es abrir ventanas y ver edificios, la calle; puras cosas artificiales. En cambio aquí, levanto manos, ojos; abro ventana. Mira, hay muchas flores, plantas, árboles, naturaleza. Lleno de pájaros que están cantando. Eso es lo que yo quería.

Ese ambiente, entre la naturaleza, el quiquiriquí de un gallo y el viento que mueve una hamaca roja, parece evocar la tranquilidad en casa de sus padres, en su natal Seto, en la prefectura de Aichi, Japón, donde estuvo hasta los 18 años. De esa comunidad recuerda la vida campesina, las casas pequeñas, los amplios terrenos de cultivo de arroz que podrían equipararse con los de maíz que se tienen en México. También, la larga tradición de “500 años” en la cerámica y los hornos, de la fama de su pueblo, como la de San Bartolo Coyotepec o Santa María Atzompa. Hoy, Seto se piensa como una ciudad, donde habitan unas 130 mil personas. Pero para aquel joven, en 1953, la gran urbe es Tokio, a la que emigra para estudiar y que, espantado y asombrado, ve como un lugar lleno de piedras, de muchos edificios y calles. Permanece ahí 10 años, con un objetivo claro: estudiar y desarrollarse como artista, lo que no podría pensarse que haría un campesino. Y lo hace en la Universidad Nacional de Bellas Artes.

Shinzaburo Takeda emigra a la Ciudad de México en 1963; llega para quedarse, como lo han decidido otros desde finales del siglo XIX, cuando se da la migración masiva de japoneses al país. Claro que entonces piensa que su estadía será de algunos años, motivado por su interés en el muralismo, porque en su país no había clases de eso. Así transcurren sus primeros 11 años, trabajando en el Museo Nacional de las Culturas, gracias a sus habilidades en la pintura.

—Ahí encontré cultura de Oaxaca.

Una vendedora de artesanías acudía al museo, con piezas de varias culturas de Oaxaca. Pero de Takeda, el interés no era comprar, sino conocer las comunidades de donde provenían esas creaciones que hasta entonces le eran desconocidas, ajenas.

—Aquel día, hasta antropóloga misma no puede venir porque es demasiado lejos Oaxaca.

Años después, las súper carreteras acortarían ese viaje de unas 14 horas a tan solo seis.

—Por eso es interesante súper carretera, ayuda mucho para desarrollar culturas de Oaxaca. Bueno, camino, no importa, siempre apoya mucho para nacer, producir o conservar cultura. Cuando no hay camino, nadie conoce cultura mixteca, de valle, zapoteca, de costa.

Shinzaburo ha recorrido prácticamente todo el estado de Oaxaca, lo mismo que el país.

—Ese es mi propósito, viajar. Y conocí toda la República. Soy único conocedor de cultura general de Oaxaca en mi escuela. Mi escuela ningún gente tiene interés para conocer cultura zapoteco, mixteco, chontal, huave. Ellos, todos, es buen conocedor de su propia materia. Ejemplo, un pintor, conoce muy bien de pintura. Ahorita no, aquellos días, hace 40 años, época de pobreza de intelectualidad.

En sus viajes, en tiempos donde eran pocos los caminos y las cámaras fotográficas no eran un producto masivo, Shinzaburo dibujaba todo lo que veía de las culturas que iba conociendo.
—Yo puedo hacer una exposición de mixteca, chontal, huave, zapoteca. Todo yo conozco.

Es en el año 1978 cuando arriba a la ciudad de Oaxaca, donde se inicia como docente y es propuesto para liderar la parte de artes plásticas, aunque no se logra por la reticencia a que un extranjero ocupe el cargo.

—Varias personas querían nombrarme director, pero yo soy extranjero por eso se negaban, hasta periodistas. Muchas veces recibí quejas de periódicos. Es bonita historia para mí.

En esos tiempos, recuerda cómo los porros entraron al sitio donde ahora está la galería que ahora lleva su nombre. Tomaron las urnas de la votación y las quemaron. Es bonito, remarca el artista, pues eso le hace pensar en las manifestaciones de la democracia.

En 2006, con el movimiento político y social de Oaxaca, encabezado por el magisterio y la APPO, incluso se suma, apoyando a sus “hijitos” en la creación de las piezas gráficas que se sumarán a la identidad de la lucha. Parte de esa producción se expondrá próximamente, quizá en el IAGO, a donde Takeda ha ido a buscar espacio.

Misayo Tsutsui es de Japón, donde se formó en diseño. Ahí, entre 1998 y 1999, conoció el trabajo de Shinzaburo Takeda, de quien ha sido alumna y ahora asistente.
—Fui por otra exposición, pero no era muy buena. Entonces entré en la de México-Japón.

Ese fue el primer acercamiento. Vendría uno más en su viaje a México, ya en el nuevo milenio, cuando buscó al maestro y le dijo que quería estudiar grabado. Él dijo que sí, pero que si lo hacía tendría que ser parte de la carrera, de un programa de cuatro años.

Yo pensé que podía tomar nada más un taller de grabado con él.

Aunque no hablaba español, en 2007 vino a Oaxaca, pero en ese año no hubo nuevo ingreso a licenciatura, por eso entró a instructoría, donde recibió las primeras clases de Takeda. No tenía idea de regresar a Japón, aunque tampoco pensó que ese tiempo se extendería a más de 10 años.

—El maestro la verdad no quería un alumno de Japón porque siempre su clase es para oaxaqueños. Creo que soy la tercera japonesa que entró a clases del maestro.

Shinzaburo ha dicho en múltiples ocasiones que él quiere ser y se considera un oaxaqueño, aunque ha terminado como un híbrido. En sus clases, prefiere tener a estudiantes del estado. Algunos extranjeros parecen no tener tanto inconveniente de sumarse. Sin embargo, cuando se trata de alguien procedente de su país de origen, se muestra más reticente.

—Siempre al maestro no le gusta tener a un elemento muy raro en su grupo porque cambia el ambiente.

Él piensa como oaxaqueño, apunta Misayo, quien de su estudiante ha pasado a ser asistente del artista en cuyo honor se creó la Bienal de Artes Gráficas Shinzaburo Takeda, en 2008.

Es muy amable con oaxaqueños, pero cuando se trata de sus paisanos es muy duro, agrega, y piensa que eso se debe en parte a que ella y Takeda son de generaciones muy distintas. “Cuando él vino hace más de 55 años era muy difícil hacer viajes, en cuestión de economía. Ahorita, mi generación o más jóvenes, pasa algo y nos vamos”. Eso parece no agradarle a Shinzaburo, el tratar con quien solo viene por una temporada.

¿Qué es ser maestro?

Para responder va a sus recuerdos. Se traslada a los años 70, cuando deambula con cuaderno en mano por el centro de la ciudad, en el zócalo. Un hombre se la acerca y le pregunta si es artista. Las hojas en donde dibuja o escribe son señales que lo identifican con aquella persona que le pregunta si acaso le gustaría ir a su escuela de bellas artes para impartir clases.

—¡Ay, híjole!, yo nunca pensaba en ese sentido porque yo apenas había encontrado mi camino de aprendiz de la cultura de México, de las culturas originarias.

Con cierto temor, pero consciente de que su licenciatura en Tokio le daba las bases para ser profesor, aceptó. Los jóvenes a los que empezó a dar clases eran prácticamente todos de comunidades muy alejadas de la capital, que provenían del campo, que viajaban horas y horas desde la Sierra, la Costa, el Istmo y otras regiones.

—Por suerte, tomé posición de maestro de artes plásticas. Y gracias, de mi clase salió un montón de artistas. Casi todos los artistas son mis hijitos. Buenos hijitos son Rolando Rojas, Israel Nazario, Ixrael Montes, Francisco Monterrosa, Fulgencio Lazo Amaya… Alejandro Santiago… Fernando Olivera…

Con sus “hijitos”, Takeda tuvo que adecuar su idea de escuela. No podía permitirse llevar un sistema como el que le tocó en Tokio, en donde la larga tradición de las artes está ligada a la pureza de los estudios.

Su orgullo de universidad es de no permitir vender obras. “Está prohibido porque la escuela tiene un reglamento; cuando se es estudiante, mejor no venda porque vender afecta. El dinero se come la belleza”.

Aquella escuela nipona de “riquillos”, de “nobles”, a la que las guerras parecían no afectar, distaba mucho de Oaxaca. Era, en cambio, parecida a la de San Carlos, de la Ciudad de México, donde también se formó Takeda en sus inicios por México. Él, un “hijo de changuito, campesino”, pareció mirarse en un espejo con sus ahora estudiantes.

—Yo tenía mucha hambre siempre. Hambre, hambre, hambre. Cuando terminaba la clase de dibujo… en aquellos días en clase de dibujos, usábamos carboncillo para dibujar; para borrar, pan de cajas.

Shinzaburo no usaba el pan solo para borrar el carboncillo. Esperaba a que sonara el timbre para la hora de la comida y que salieran todos sus compañeros.

Yo estaba esperando a que todos se van y dejan orilla de pan de migajón para comer. Yo no conocía, era “changuito de campo”, no conocía nada de trabajo en la capital.

Después conseguiría empleo como mesero en su misma universidad. Aprendería a “nadar” en esa urbe. Y aquí, en Oaxaca, permitiría a sus alumnos vender lo producido, para no pasar por las mismas penurias que él. Lo que no dejaría era perder la pureza en la creación, la belleza del arte.

Lo importante es nuestra sinceridad para expresarnos en el arte. Seriedad, honestidad.

No se trata, explica, de hacer algo con la intención de vender o basado en la mera técnica, como si fuera producción en serie, sino que surja del corazón, del alma.

¿Considera que en Oaxaca, en el arte, se tienda a la producción en serie?

—Todavía, sí.

Con sus alumnos, procura que eso no se dé, al menos en el tiempo en que los tiene a su cargo. Después, no se responsabiliza; tampoco opina sobre lo que hagan.
—Bajo mi control, sí hablo mucho.

A mediodía, casi como un ritual, Shinzaburo se toma un mezcal. Aunque se mantiene en contacto con sus raíces japonesas, la tierra en que nació se le ha hecho ajena. Hace un año fue para una exposición, pero el clima “raro” le afectó rápidamente.

—¿Se siente más de Oaxaca?

—Yo ya no me puedo adaptar a Japón. Inmediatamente quiero volver. Aquí es mi tierra natal. Ya no allá, ya no. Lo siento mucho.

—¿Aquí hasta el último día?

—Sí, definitivamente.