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Editorial

Sólo candidatos limpios

 


No se trata sólo de una demanda de los organismos empresariales, sino de la sociedad oaxaqueña en general. Quienes por sí o por el efecto Andrés Manuel López Obrador, nos referimos a los diputados (as) federales que nos representan en el Congreso de la Unión y los 26 acreditados (as) en el edificio legislativo de San Raymundo Jalpan, lograron el voto ciudadano para alcanzar la curul, han dejado mucho qué desear. Nada hay que agradecerles más que ahora pretendan reelegirse cuando todo mundo sabe que lejos de coadyuvar a las necesidades más apremiantes de los oaxaqueños, sólo han servido de levanta-dedos. En lo que respecta a los representantes populares locales, la situación es más penosa aún. Ni leyes viables, ni defensa de las causas comunes. Sólo han pervivido como parásitos, cobrando onerosas sumas y dedicados a traficar influencias para su beneficio personal.

Por ello, hay un sentir generalizado en torno a que lo que estará en juego en los próximos comicios no son los partidos, sino la calidad moral de los candidatos que cada uno lleve como representantes. Hay en el entorno social un justificado hartazgo de los institutos políticos, sin distinción. Una generalizada molestia por las cantidades enormes que reciben como prerrogativas, que son producto de los impuestos que todos pagamos y que hace que nuestra incipiente democracia sea tan onerosa. Muchos recordamos que, al inicio del gobierno de la mal llamada Cuarta Transformación, los jilguerillos del partido en el poder, Morena, anunciaron con bombo y platillo que habrían de renunciar a las citadas prerrogativas. Nada ocurrió. Hoy, dicho partido recibe sumas estratosféricas para hacer campaña.

Al interior de los partidos políticos hay gente valiosa, honesta, trabajadora y comprometida con las causas sociales, no sólo oportunistas y trepadores (as) que aspiran al cargo para llenarse los bolsillos. Es ahí en donde los partidos y coaliciones deben poner los ojos. La ciudadanía oaxaqueña está harta de ver las mismas caras recicladas y acartonadas de cada proceso electoral o de hijos de papi, que desconocen la realidad en que vive más de la mitad de coterráneos, que están en la pobreza. Quienes hoy nos representan tanto en la Cámara federal como en la local, han dejado mucho qué desear. Es un error que pretendan reelegirse. Es una ofensa a la ciudadanía el hecho de que aparezcan en la boleta.

Urge civilidad

La semana pasada, tres partidos políticos: el Revolucionario Institucional (PRI), Acción Nacional (PAN) y de la Revolución Democrática (PRD), decidieron competir en coalición en los próximos comicios. La posición de cada instituto político en la entidad es diferente. El primero, que hace tiempo fue la principal fuerza política en el estado, sigue teniendo representatividad en toda la entidad, aunque no la fortaleza que algún día lo distinguió. El PAN y el PRD ya cuentan con poca membresía o su competitividad ya no es la misma, sobre todo del último, que fue avasallado por el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), pues un parte importante de su militancia simplemente migró al partido que fundó el hoy presidente de México, Andrés Manuel López Obrador. Sin embargo, justo cuando se concretaba la alianza entre los tres partidos, aparecieron por doquier grupos y tribus que se asumían los genuinos representantes del partido del sol azteca, para desacreditar a la dirigencia formal.

A lo que vamos es a lo siguiente. Al interior de los partidos políticos debe existir en primer lugar congruencia, con sus principios, estatutos y declaración de principios. Hay un término que define mucho de lo anterior y es la disciplina. Ya es común por ejemplo en el PRI, que antes de los procesos electorales, una decena o más se promocionan como aspirantes a determinada candidatura. Una vez que se define quiénes cuentan con el favor de los que mandan o con mayores posibilidades de ganar, el resto se convierte en un grupo de detractores o tránsfugas, prestos a brincar a cualquier otro partido. Existen especímenes que quieren figurar en cada elección. Es decir, que quieren repetir una y otra vez, sin importar que en comicios anteriores el electorado les haya cobrado las facturas de su persistencia, votando en contra. Pese a ello, insisten una y otra vez, como si en el interior del mismo partido, no hubiera otros cuadros competitivos.

Esas diferencias, a veces irreconciliables, se reflejan en las precampañas y campañas. Aquellos que al interior de sus mismos partidos no pudieron cuajar alguna candidatura se convierten en detractores y adversarios potenciales, denostando o denigrando al partido en el que militaron. La disciplina pues, es una rara avis en las filas de algunos institutos políticos. Todos (as) quieren, aunque sepan que no serán los elegidos en sus mismos partidos.