Ahora sí, nadie nos para | El Imparcial de Oaxaca
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Ahora sí, nadie nos para

 


Eran las 12 del mediodía cuando llegué a la explanada del Monumento a la Revolución. Desde algunas calles antes, las mujeres, todas, caminábamos en la misma dirección. Algunas vestidas de negro, demostrando el luto por aquellas que no están, otras de morado, color oficial de la marcha y la gran mayoría con paliacate verde.

Todas con la frente en alto y el corazón esperanzado. Todas, absolutamente cada una de las que estábamos ahí, sabíamos que ese día nuestra única obligación era marchar. Marchar por las que no están, por las que han sido silenciadas. Marchar para ser observadas, especialmente por aquellos que nos están violentando.

En el Monumento los grupos se empezaron a juntar y los contingentes nos preparamos para salir. Intentar coincidir con alguien era prácticamente imposible, pues las redes telefónicas estaban colapsaras. Tantas mujeres, tanta energía en un mismo espacio derrumbaba lo que fuera.

Cada segundo llegaban más mujeres y el espacio se reducía. Hacia donde se mirara había mujeres ansiosas por sacar ya, de alguna manera, esa impotencia por la violencia desbordada.

Altas, bajas, jóvenes, adultas mayores, niñas… Solas, con amigas, con familiares, sin discriminar la edad esperábamos con ansia que dieran las dos de la tarde.

Nada impidió que cada mujer que quisiera marchar, saliera a hacerlo. Pequeñas de dos o tres años, nietas empujando en silla de ruedas a sus bisabuelas. La violencia no discrimina y la inequidad tampoco. Todas ahí teníamos una historia y estábamos ahí por una misma lucha.

“No nacimos feministas, nos hicimos”. “La culpa no era mía, ni donde estaba, ni cómo vestía”. “Ni una menos, vivas nos queremos”. Son algunas de los gritos de protesta que hacían eco en la explanada del Monumento. No cabía un alfiler. Mujeres exigían con banderas negras llenas de sangre o se pintaban el cuerpo y la ropa con frases de reclamo y desesperación. Tristeza, enojo y desesperanza nos unió ese día. Pero también la alegría, esperanza e ímpetu.

Son pocas las que iban con la intención de agredir, lastimar y hacer destrozos. “Sin violencia”, resonaba mientras marchábamos rumbo al Zócalo.

Éramos y somos más quienes sabemos que esta lucha se va a ganar entendiendo que la solución está en la construcción de paz y el fortalecimiento de un sistema de justicia penal que termine con la impunidad. Somos más quienes pensamos que la equidad de género es justamente eso, equidad, y no la pelear ni encontrar en los hombres a nuestros adversarios; el enemigo es la violencia, las violencias. Muchos hombres son y deben seguir siendo nuestros aliados. Somos más quienes entendemos que juntas podemos lograr la paz y la destrucción absoluta de la cultura patriarcal hetero-normalizada, en la cual nacimos. Somos más quienes abrazamos a las víctimas y en sororidad pedimos justicia. En esta batalla desigual que libramos, las mujeres no podemos permitirnos perder a ninguna más. Nos necesitamos todas. Vivas nos queremos.

Las pocas asistentes que no pudieron ver que quienes estaban ahí ese día para cuidarnos, policías, eran en su totalidad mujeres y que nuestra marcha también les pertenencia a ellas, y las agredieron, no llegaron lejos. En segundos, ante actos violentos, se formaban barreras humanas para cuidar a las policías cuyo miedo e impotencia se veía en sus ojos, detrás de los cascos. En algún momento de la lucha algunas dejaron de entender que ellas, al igual que nosotras, viven la violencia día con día. Esta marcha, también era suya. Ver cómo se fue formando una valla humana de mujeres protegiendo a policías es, por mucho, de los momentos más poderosos que he vivido. “Gracias por cuidarnos” gritábamos las mujeres que marchábamos.

Fue un día histórico. Las mujeres estamos cansadas y no vamos a seguir tolerando más violencia. Las mujeres estamos unidas y el domingo fue un punto de partida en la lucha de género. Una menos es una hermana menos que perdemos todas. Estamos en una batalla y perder aliadas es algo que no estamos dispuestas a aceptar.