Gabriel, entre los últimos reparadores de máquinas de escribir | El Imparcial de Oaxaca
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Gabriel, entre los últimos reparadores de máquinas de escribir

Fue docente, pero la necesidad lo orilló a un oficio en el que se ha mantenido por más de 37 años


Gabriel, entre los últimos reparadores de máquinas de escribir | El Imparcial de Oaxaca

Su golpeteo puede sonar a una melodía cuyas notas quedan plasmadas sobre papel, pero en este local de apenas unos cuantos metros, el sonido indica que se está buscando la falla o que se confirma el buen funcionamiento tras los arreglos. Aquí, entre anuncios que han agregado al cubrebocas como nuevo producto, la máquina de escribir sigue viva. 

AÚN HAY CLIENTES

Por encima o en comunión con las computadoras y teléfonos inteligentes, aún hay doctores, algunos estudiantes de secundaria o escritores que la usan para sus recetas, trabajos escolares o el borrador de un libro. Y Gabriel López Artigas lo sabe, por eso sigue manteniendo su oficio, el de técnico en reparación de máquinas de escribir. 

Con ayuda de un empleado, el único entre los tantos que llegó a tener, está ahí para arreglar esas máquinas manuales o eléctricas que llegan a tener alguna avería. También calculadoras o impresoras. Es, según sabe, uno de los últimos dos propietarios de talleres que vende y arregla este tipo de artefactos en la ciudad de Oaxaca. Aunque en Fiallo, la calle donde opera desde hace 37 años, llegaron a haber cuatro talleres como el suyo. En toda la ciudad, eran casi 40.

“De profesión, soy maestro, pero dejé mi plaza y empecé a trabajar en un lugar de estos por tres meses. Después me independicé, el 1 de septiembre de 1983”, recuerda Gabriel, originario de Tuxtepec, pero radicado desde 1981 en la ciudad de Oaxaca.

DE LOS ÚLTIMOS TÉCNICOS

En el corazón de la capital oaxaqueña, Gabriel es de los últimos técnicos de su tipo. Con los cambios tecnológicos, principalmente a finales de los años 90, la masificación de las computadoras significó el cierre de muchos talleres. La idea de bajar la cortina también pasó por su mente, pero resistió. Por la epidemia de Covid-19 hubo que cerrar algunos meses; sin embargo, en su taller el trabajo sigue.

Los clientes son en su mayoría médicos, especialmente los recién egresados que son enviados a varias comunidades del estado. A ellos se suman algunos trabajadores del ramo de hospitales, así como otros profesionistas de oficinas gubernamentales y ayuntamientos. 

“Se tiene la idea de que no se entiende lo que escriben los doctores”, dice Gabriel sobre algo que ha ayudado a su negocio, pues considera que una receta escrita a máquina es fácil de entender. Además de que el uso de estas es necesario en casos donde los formatos no pueden ser rellenados a computadora.

SU TALLER Y MÁQUINAS

La calle donde se ubica el negocio de Gabriel era parte de un predio que comprendió el exconvento de San Pablo. Ahí, además de profesionistas o autoridades, ha tenido como clientes a estudiantes de secundaria, quienes como otros compran máquinas de escribir y se mantienen como usuarios de los servicios de reparación.

Las máquinas que se venden son de segunda mano o reacondicionadas, aclara Gabriel, pues al igual que las cintas y demás material para ellas ya no se producen nuevos equipos. Incluso los insumos son difíciles de conseguir. Aun así, los aparadores muestran a ejemplares de las marcas Olivetti, Olympia y Remington. O incluso una Oliver de 1912 fabricada en Alemania.

Terremotos, protestas y una epidemia. Desde el taller que ocupan hace más de 37 años, don Gabriel y sus máquinas han sobrevivido a todo esto. ¿Por cuánto tiempo más seguirán su taller y su oficio? “Solamente Dios sabe eso. A lo mejor duran más las máquinas que yo”, responde.