Los Hernández, de la Independencia al boom mezcalero en San Baltazar Guelavila
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Los Hernández, de la Independencia al boom mezcalero en San Baltazar Guelavila

Desde hace varias décadas Don Nabor Hernández y su hijo Leonardo se han dedicado a darle vida a una de las bebidas más místicas de México, convirtiendo la tradición en su forma de ganarse la vida

Los Hernández, de la Independencia al boom mezcalero en San Baltazar Guelavila | El Imparcial de Oaxaca

Don Leonardo Hernández es la quinta generación de hombres dedicados a la fabricación de mezcal en San Baltazar Guelavila.

La historia de su familia va desde la producción ritual a principios del siglo XIX, destinada al consumo durante las fiestas de la comunidad, hasta la explosión mundial de esta bebida en las primeras décadas del siglo XXI, en el que produce una bebida que se comercializa en restaurantes de Estados Unidos y Europa. Son más de 200 años de cambios en el lugar que ha ocupado esta bebida en la vida de la población de Valles Centrales.

En las primeras décadas de 1800, cuando en la Nueva España se llevaban a cabo las luchas que concluirían con la independencia de México, su tatarabuelo Cirilo producía mezcal para las celebraciones religiosas de San Dionisio Ocotepec, el municipio al que pertenece la agencia de Guelavila. Su bisabuelo Aureliano vivió los años en los que la producción de mezcal se consideraba contrabando y, aunque murió joven, a los 27 años, dejó en herencia el oficio a sus hijos, Arturo y Leonardo, que trabajó como mediero, llevando su producción de maguey a que la destilaran en una fábrica. Cosme, hijo de Leonardo, seguía a su padre todos los días a su trabajo y decidió dar el siguiente paso, construir su propia fábrica.

Hoy los seis hijos de Cosme, incluido don Leonardo, tienen su propia fábrica, donde destilan siete variedades de mezcal: tobalá, tepextate, cirial, tobaziche, coyote, lumbre y espadín.

“El espadín era el más vendido, el más caro, hace 15 años batallábamos para vender un tobalá y lo envasábamos para que pasara como espadín, nadie quería tobalá, ahora es al revés”, explica.

Leonardo ha vivido el trance del mezcal popular al gourmet. “Antes el mezcal lo tomaba cualquier tipo de persona, los teporochitos, los albañiles, ahorita ya es complicado para que tomen un mezcal con los precios que tienen las botellas.

“Antes lo vendías en las tiendas, donde no batallabas, un litro valía 12 pesos, tenías un chingo de agave, si no tenías en una tarde llegaban con cinco, con dos toneladas, a ver cuándo me lo pagas, cinco toneladas de agave te valían 2 mil 800 pesos, imagínate, tú vendías un garrafón de cinco litros a cien pesos, calculabas que le ganaras un poco”.

Hoy los mezcales que prepara son envasados por algunas de las marcas más conocidas de Oaxaca y México, como Pierde Almas y Carreño. Su fábrica en Guelavila es visitada por turistas de todo el mundo, desde chefs peruanos que quieren saber cómo se produce la bebida que venden en su restaurante de Lima desde hace años, hasta universitarios texanos que investigan la forma en la que el campo mexicano ha sido perjudicado por el Tratado de Libre Comercio.

Los mezcales que destila para Carreño fueron galardonados en el VI Concurso Nacional de Marcas de Mezcal y Destilados Mexicanos 2017. El Espadín Joven Perla Plata ganó la medalla Gran Oro, el Ensamble 7 Joven Perla Plata la medalla oro y el Tobalá Joven Perla Plata la de plata.

“No son ediciones especiales, no son mezcales premium, son los mezcales de todos los días, de todos los meses, todos los años, ¿qué raro no?, que gane tres grandes medallas, imagínate que me estuviera sentando, que le pusiera atención todo el día, todo iba a sacar gran oro”, asegura don Leonardo.

Dos visiones

Guelavila es a su vez un territorio donde conviven dos realidades. Es la realidad de la pobreza o la del mezcal, la de la migración laboral o la de la exportación de un producto con alto valor agregado.

Desde la perspectiva del Coneval, San Dionisio Ocotepec es un municipio con un alto grado de marginación donde alrededor del 70 por ciento de los pobladores enfrentan rezago educativo y 40 por ciento de las viviendas tienen al menos una carencia de servicios. Desde la perspectiva de don Leonardo, la pobreza la fomenta el asistencialismo.

“La pobreza la va criando uno mismo, la pobreza la genera mucho el gobierno, antes se trabajaba más, no había Procampo, no había tercera edad, no había Prospera, la gente se preocupaba, hacían su trabajo, sembraban su agave, había más dinero, ahora con Prospera, con Procampo se quedan conformes de recibir dos mil pesos al mes”, señala Leonardo.

Su visión la comparte su tío Nabor Hernández, de 60 años, también maestro mezcalero, “yo no he recibido nunca un apoyo de esos, al contrario, yo pago al gobierno, el gobierno me cobra mucho impuesto, eso no me gusta, en lugar de 65 y más, de Prospera, yo prefiero dar el dinero a las escuelas, esos programas no ayudan en nada, si no vas a trabajar no vas a subir, si el gobierno te pone a dormir ahí te vas a quedar toda tu vida”, asegura.

Don Leonardo y don Nabor están acreditados para opinar sobre el destino de los recursos públicos. El gobierno retiene como impuestos 65 por ciento del precio de cada botella de mezcal que se vende, 49 por ciento de impuesto especial sobre productos y servicios y 16 por ciento de IVA.

Don Nabor regresó hace 15 años de Estados Unidos, donde trabajó operando grúas para la construcción de edificios. En 2003, cuando volvió a su tierra, después de 12 años, poco había cambiado, no había calles pavimentadas ni servicios ni existía el boom del mezcal.

“Prefiero trabajar acá, prefiero ser mi propio jefe y generar acá, en San Balta, allá nunca estuve satisfecho, por mi situación económica, del trabajo no importa lo pesado, pero yo quiero estar en mi propio trabajo, quiero usar mis propias ideas, no las ideas de otras personas”.

La próxima generación

Junto a don Leonardo se encuentra la séptima generación que cultivará y cocerá los magueyes de esta tierra, su hijo Juan, de siete años, “él sabe más que todos los que están aquí, él sabe todo”, dice con orgullo. “El trabajo tienes que aprenderlo desde niño”, agrega.

Parte de ese trabajo que le ha enseñado a su hijo es el cuidado de las plantas, el regenerar la tierra y asegurarse de que haya suficiente agave para el futuro. En 2017 sembraron 30 mil plantas de tobalá, alunas de espadín y cirial, este año el número será menor porque debe cumplir con el cargo de la comunidad y preparar la fiesta del próximo 6 de enero.

 

 

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