Héroe anónimo | El Imparcial de Oaxaca
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Héroe anónimo

Sin tener ni para comer, dan lo que tienen para ayudar al prójimo


Héroe anónimo | El Imparcial de Oaxaca

Nadie sabe de dónde vino, cómo se llama, cómo viste, calza ni cuando ha reído o llorado, pero está allí, firme a su objetivo principal cual barra de acero sosteniendo un edificio, flexible a las tempestades y presto para ayudar.
El héroe anónimo lo han llamado, por así identificarlo de alguna manera, del color que sea la camiseta ha portado y al prójimo en desgracia socorre.
Mendigando una moneda con un bote en el crucero, los socorristas han salido adelante. Esa mañana supieron de un accidente cercano, pero no tenían para el combustible de la ambulancia y el buen corazón de las personas poco sirvió, porque una sola moneda no alcanzaba.
Al final sacaron de su bolsillo. Mayra no comprará juguetes a sus niños porque sabe que es más importante el salvar vidas que la diversión de sus chiquitines.
Mientras que Juan deja la hamburguesa que deseaba. No ha comido, pero la vida de una persona no tiene precio y está decidido. Escogió la labor altruista y hasta con su propia vida protege la de los demás.
Se completó para el combustible y lograron llegar a tiempo para auxiliar en el accidente. Trasladan al paciente de urgencia para recibir la atención especializada.
“Abran paso, abran paso”, decían entre dientes mientras avanzaba.
Llegaron al hospital. Ningún familiar. Ni ellos sabían quién era el joven lesionado.
Al terminar, regresan de nueva cuenta a su base, la noche cae y los socorristas ni cuenta se dan, pues en ayudar al prójimo se es va el tiempo.
En tanto, el joven se recupera tal vez en una clínica privada, luego de tres o cuatro días de internado, lo dan de alta los médicos. Sus familiares pagaron la suma de los servicios prestados, pero jamás se acordaron de los socorristas que lo salvaron.
Es un héroe anónimo, aquel que en cruceros cercanos una moneda al paso les había negado. “Jamás los voy a ocupar pasó por mi mente, pero ese día comprendí que la suma de la atención que me prestaron… más de un peso había costado”, contó.
Esa noche, cuando Mayra y Juan a su casa llegaron, el teléfono sonó. “Soy el paciente de ayer y ustedes me salvaron. No recuerdo mucho, sólo sé…”.
Les contó que su hijo acababa de cumplir un año. No pudo seguir y comenzó a sollozar.
El socorrista sonrió. Escogió esa profesión para ayudar a las personas en desgracia. Esa llamada fue su mejor recompensa. Saber que el joven que auxilió estaba vivo. Dar todo por los demás es algo que trae en la sangre.