Convirtiendo lo público en privado
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Carpe Diem

Convirtiendo lo público en privado

 


Es una forma filosófica de nombrar a la corrupción, aunque forzada, pero dadas las dimensiones que ésta tiene dentro del sistema político mexicano no es exagerado llamarle así.

La historia no es nueva. Todavía estaba al mando Alejandro Murat cuando advertimos de los excesos que se daban alrededor del “centro cultural” Álvaro Carrillo y de otras obras construidas al final de su gobierno financiadas con deuda pública que, finalmente, el exgobernador no paga porque no tributa en Oaxaca, pero usted y yo sí.

La corrupción no es la noticia porque forma parte de las estructuras de la burocracia. Lo que es novedoso es la dimensión que ha tomado al grado que, al igual que el crimen organizado, ya controla prácticamente todas las instituciones del país.

Fue noticia la semana que termina que el gobierno estatal interviniera para recuperar la posesión del inacabado centro cultural. La nota la dio la Fiscalía al acudir con hombres armados con fusiles de asalto como si fueran a enfrentar al cártel Jalisco en medio de la sierra.

Haciendo un paréntesis, hay que estar atentos a la conducta de la Fiscalía, porque se está haciendo adicta a los montajes mediáticos para encubrir sus incapacidades. Además de la toma por las armas del centro cultural, sus dos recientes espectáculos mediáticos fueron los de la veterinaria que “aseguraron” con enormes mantas para exhibir y cacaraquear algo que está en proceso. O la captura de un escuálido mariguanero en la calzada Porfirio Díaz que lograron después de un arduo trabajo de inteligencia y la participación de varias decenas de hombres armados hasta los dientes en la colonia Reforma, mientras las periferias abandonadas a su suerte.

Respecto del centro cultural en cuestión, todo han sido irregularidades. La misma demolición del anterior teatro, cuyo proyecto elaboró el prestigiado arquitecto Abraham Zabludovsky, no ha sido explicada. Los daños irreparables de la estructura no han sido documentados públicamente a pesar de que la secretaría del ramo debe tener las bitácoras que confirmen esos daños estructurales que hicieron más viable demolerlo que reforzarlo.

Pero el Álvaro Carrillo no es el único pendiente que dejó Murat. Su inútil centro gastronómico sigue siendo una afrenta a los oaxaqueños. Construido por capricho, diseñado como un presidio, oscuro, frío, disfuncional y, para colmo, entregado para su usufructo a un grupo de restauranteros amigos del exgobernador. Se construyó con dinero público, pero en los hechos, se privatizó a favor de un grupo de sus amigos que, finalmente lo devolvieron porque ni las moscas se paraban por ahí.

Y está la casa del DIF, el Centro de Convenciones de Huatulco, la ampliación de Símbolos Patrios o la de las riberas del Atoyac. De acuerdo con información proporcionada por el mismo gobierno del estado, se pagaron por adelantado más de 300 millones de pesos por el cubo que se edificó en lugar del teatro. Para las obras en cuestión, el señor Murat solicitó un crédito que originalmente era para desarrollar la zona oriente de la ciudad al momento que los soldados dejaran los terrenos de Ixcotel, cosa que sigue pendiente. Al final, los oaxaqueños no obtuvimos nada, pero sí lo estamos pagando.

De acuerdo con el discurso del presidente de la República, la corrupción generalizada se la debemos a la globalización. Yo creo que es la mezcla de varios factores. La globalización redefinió la relación entre el poder público y el capital privado, porque una de las características del neoliberalismo es, precisamente, la reducción del tamaño del Estado. Sin embargo, los periodos populistas de izquierda de México de los años 70 y de América Latina nos han demostrado que cuanto más grande es el Estado, más grande es la corrupción porque es una parte estructural de nuestro sistema político.

Creer que los funcionarios públicos son más honestos que los empresarios es un error. Creer que las cosas funcionan mejor bajo la administración pública es otro error. Funcionarios y empresarios tienden a asociarse sin importar simpatías o fobias políticas. Esta imbricación es la que elimina las fronteras entre lo público y lo privado, porque el funcionario tenderá siempre a inclinar la agenda presupuestal, legislativa y jurídica a su favor. 

La corrupción está fuera de control, al igual que el cinismo. El señor Murat, al haber migrado a Morena, ha espiado todos sus pecados y como él, muchos otros políticos impresentables. Su premio será un inmerecido escaño en el Senado.

Es obra federal, pero en este momento la remodelación del Mercado de Abasto sigue el mismo camino. Está inconclusa y no cumple lo prometido a los locatarios. El gobierno estatal trae ahora entre manos su “Parque Primavera” y cuyo proyecto luce en maquetas peor que los proyectos de Murat. Deseo que no sea el caso, pero es probable que ambas obras sirvan sólo el día que las inauguren y después queden en el abandono.

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