1968, 1985 y 2017: No se olvidan | El Imparcial de Oaxaca
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1968, 1985 y 2017: No se olvidan

 


Mañana, lunes 2 de octubre, se habrán cumplido 49 años de la matanza en el Sitio de Tlatelolco. Era el último acto público de la Tregua Olímpica que los estudiantes habían propuesto para no interrumpir los juegos de la XIX Olimpiada que iniciaría diez días después. Pero la cerrazón política de un intransigente, Gustavo Díaz Ordaz, echó por la borda no sólo algunos años de estabilidad económica, sino que arrojó al cesto de basura gubernamental una de las expresiones políticas y democráticas más legítimas del pueblo mexicano: el Movimiento Estudiantil-Popular que había iniciado luego de la toma por el ejército de la Preparatoria 3 (Calle Justo Sierra 16, Zona Postal 1 entonces, del Primer Cuadro de la Ciudad de México. La Prepa 1 estaba en el mismo inmueble, pero en turno diurno y domiciliada en San Ildefonso 33).

No olvidamos el 2 de Octubre, especialmente los que fuimos alumnos de la Prepa 3, los que marchamos en las grandes manifestaciones del 13 y 27 de agosto, del 13 de septiembre (la del Silencio), en brigadas, en pintas y pegas, en mítines “relámpago” y en tantas expresiones que afloraron en la búsqueda de un México libre para la expresión, para las innovaciones políticas, para cambiar el rumbo a que nos llevaba la “democracia perfecta” y la “magnanimidad del presidente”. Nos tomaron Ciudad Universitaria, el Casco de Santo Tomás y Zacatenco. Quiso el gobierno evitar la democracia con cárcel, matazones, tortura y exilio.

Al final, la persecución a la juventud fue inútil. La estafeta la recogieron 17 años después, en 1985, los “yuppies” y los “BabyBoomers” criollos y mestizos de la capital del país. Era el 19 de septiembre de 1985, el sino mexicano se hacía presente con uno más de sus temblores. Queda arrasada la ciudad, demolidas sus casas, destruido el patrimonio. Fue suficiente una magnitud de 8.2 para un despertar que parecía olvidado: la unión de los jóvenes para solidarizarse con un pueblo que parecía sin esperanza, pero ésta vino en forma de ángeles anónimos, de miles de voluntarios, de muchachos que se dieron a la tarea de rescatar vida en los escombros de la irresponsabilidad administrativa y de constructoras. La afamada ingeniería mexicana quedaba en entredicho y el gobierno todo demoró no sólo en su presencia, sino en atender su tarea y el reclamo justiciero de los damnificados.

Quince años después, en 2000, la mayoría votante daba la vuelta y acababa con el cabús de un tren de siete décadas priistas. Esa mayoría eran jóvenes nacidos después de 1968 decidió un cambio. Pero la clase política, como antaño, tiene un código genético marcado por la corrupción y la antinomia en las instituciones jurídicas de un Estado decadente. Ese código que parecía acabado se ha mantenido y 17 años después parece exacerbado por los altos niveles de corrupción de gobernadores, secretarios de gabinete, senadores, diputados, presidentes municipales, síndicos, regidores y demás fauna que tiene en sus manos las riendas gubernamentales. Construyen socavones por los que debieran hundirse sus ambiciones y arrojarlas al estercolero de la política mexicana.

Pero el inexorable sino mexicano está aquí, en 2017 y en septiembre 19. El código genético de la Naturaleza es inmutable, México vuelve a temblar sólo 12 días después de otro aviso. Ahora son los milenials, la muchachada del chip y el móvil activa a la ciudad, recupera su lugar, su espacio de libertad; de esa libertad para actuar y apoya (y para votar). No los olvidaremos, como tampoco olvidaremos a la canallada política que finge donar sus “prerrogativas” y que espera unos días más para renunciar a sus puestos en que los puso el sufragio y dedicarse a la actividad que ahora con justicia detestamos: las campañas electoreras.

México, país semidestruido, país saqueado. México, país con esperanza gracias a una juventud fiestera, pero con nobleza y dignidad, con espíritu de amor al prójimo. Las juventudes de 1968, de 1985 y de 2017 estamos presentes y daremos el cambio ansiado.