La fiesta del Día de los ancestros | El Imparcial de Oaxaca
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Toltecáyotl

La fiesta del Día de los ancestros

 


Nosotros, el pueblo-pueblo, de este país, antes que mexicanos, somos anahuacas, porque en el Anáhuac se inició la sedentarización e invención del maíz y la agricultura, hace 10 mil años en el Valle de Tlacolula, Oax. Muchos siglos antes de la invasión europea, nuestros Viejos Abuelos le llamaban a esta tierra Anáhuac. A partir del siglo XVI, los españoles le llamaron el Virreinato de la Nueva España durante tres siglos. En 1824, los criollos crearon su país de ellos y para ellos, al cual le llamaron México, en recuerdo a la victoria de sus antepasados sobre los mexicas. En la estructura filosófica y espiritual, el pueblo es anahuaca, y sobre esta sólida estructura milenaria existe una delgada patina de mexicanidad-mexica, ignorancia creada por los neocolonizadores, que hacen creer al pueblo que no es indígena-anahuaca, sino que se “ha superado”, y esto se ha logrado al perder la lengua Madre, las tradiciones y costumbres milenarias, para convertirse, como decía Guillermo Bonfil Batalla, en “indios desindianizados”, es decir, mestizos modernos y en vías de progreso-modernidad. Sin esencia y sin raíz, perdidos en el laberinto de la soledad, patrioteros, siempre traicionados y engañados por los criollos.

Sin embargo, pese a todas las agresiones y epistemicidios hacia la Civilización del Anáhuac, mayoritariamente el pueblo en el territorio nacional tiene dos fiestas ancestrales que no se las han podido quitar. Dos celebraciones que son la estructura espiritual del Anáhuac-Toltecáyotl y que bien pueden tener tres mil años, y que, de una u otra forma, en medio de un mar de sincretismos y atentados culturales, sigue presente, me refiero al dos de noviembre, Día de los Ancestros, no de los muertos, porque ellos vienen a estar con nosotros, lo que comprueba que están vivos. Y el 12 de diciembre, Día de Nuestra Madre Querida Coatlicue-Guadalupe. En síntesis, la conciencia de la vida eterna espiritual. La muerte en el Anáhuac no existe, los ancestros nos acompañan, fortalecen, aconsejan y nos guían. No solo el dos de noviembre, sino que: -todos los que han vivido para que yo exista, todos están en mí, y yo soy todos en ellos al mismo tiempo-. No estoy solo, siempre me acompañan. Solo el olvido es la muerte. Aquellas personas que no tienen presente a sus difuntos y a sus ancestros, están solas y desoladas, porque han desaparecido de su conciencia esencial de ser.

La fiesta de nuestra Madre Querida, es el llamado a la conciencia de que, todos somos una sola unidad, como la madre con sus hijos. La Madre Querida incluye a todos los seres vivos que nos acompañan en la vida, desde una hormiga, un árbol, un río, un pájaro, una montaña, y el mar. La Madre Querida es todo lo que nos rodea, por supuesto, incluidos, todos nosotros, sus hijos, los seres humanos. No somos superiores o mejores que cualquier otro ser vivo, como los hermanos, todos son lo mismo por el amor materno. La Madre Querida nos da todo lo que necesitamos y cuando llega el fin, nos volvemos a fundir en ella para renacer, como lo hace el maíz, que tiene que morir y ser enterrado para renacer.

Pero, amable lector, volviendo a La Fiesta de los Ancestros, tiene fondo y forma. La forma cambia siempre con el tiempo y el espacio. El fondo es perenne y es el que le da el alto sentido espiritual. Porque, no es lo mismo la fiesta en Oaxaca ahora que hace cincuenta años, y no es lo mismo la fiesta en Oaxaca que en Michoacán. El fondo de la fiesta es tener conciencia de que la muerte no existe para el espíritu. El ser humano, en esencia, es una conciencia energética y la energía no se crea ni se destruye. En un universo constituido por cargas energéticas, la muerte no existe. Todos son ciclos y transformaciones.

De este modo, La Fiesta de los Ancestros, es una fiesta a la vida, una celebración que nos une a todos los que han existido para que uno esté aquí, festejando la maravilla del estar y del ser consciente. Por estas razones, los altares son solo un medio, no un fin. El altar puede ser de una u otra forma, con tal o cual fruta, con este o aquel diseño, lo importante es la pasión y convicción de la vinculación con nuestros difuntos directos y con nuestros ancestros milenarios. Lo importante del altar es la energía que uno invierta en ellos, no el dinero. Nuestro pensamiento es la luz que guía a nuestros difuntos a seguir con nosotros. 

Finalmente, como reflexión de este día es, pensar de dónde vienen nuestros ancestros, porque allá, todos, tarde o temprano iremos a reunirnos con ellos. Educayotl AC. Educar para el futuro con la sabiduría del pasado. www.toltecayotl.org