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El nocaut de Lilly Téllez y el tour de Blinken

 


Muy conocida por su destacada labor como reportera y conductora de noticias, sonorense, norteña de voz franca, bella entre otras cosas, Lilly Téllez se enroló en la política y llegó al senado de la República con la bandera de Morena. Desde su escaño expresó su convicción de que no era partidaria del eufemísticamente llamado “interrupción del embarazo”: el aborto, y así lo dijo sin tapujos y enfrentando a la furia de esa opaca bandera que proclama una transformación regresiva. Mal vista en su facción, decidió unirse al partido que fundara el insigne Manuel Gómez Morí, Acción Nacional, desde donde ha fijado su trinchera de lucha para hacer frente a los embates contra las instituciones y para exhibir las brutales omisiones que a la Constitución y a las leyes se han emprendido desde la cumbre del poder político.
Tocó a Lilly Téllez protagonizar un hecho de fuertes repercusiones no sólo en el senado, sino trascendiendo a la raíz mismo del poder Ejecutivo y la vida política en general. Se entregaría en el recinto senatorial, la medalla “Belisario Domínguez” a la economista Ifigenia Martínez, de 91 años, recordada por su presencia en la Ciudad Universitaria el 18 de septiembre de 1968, siendo directora de la Escuela Nacional de Economía de la UNAM, cuando tropas del ejército mexicano tomaron, a bayoneta calada, la sede universitaria y fue detenida junto con estudiantes que participaban en aquel Movimiento que sí transformó al país.
Era usual y costumbre política que el presidente en turno estuviera presente en el tan simbólico acto de entrega de la “Belisario Domínguez”. Pero esta vez, quien ocupa la cabeza del Ejecutivo, no asistió, a pesar de decir que profesa admiración por Ifigenia. Argumentó que se dañaba la investidura presidencial porque una senadora de oposición ─Lilly Téllez─ iba a increpar al presidente. Fue algo que se ha reprobado porque se mostró nuevamente la intolerancia a opiniones divergentes, se dejó ver una actitud pusilánime frente a una mujer valiente y se exhibió una pequeñez de criterio que no logró sino hacer virar la atención hacia quien había pedido enfrentar, no con golpes arteros, sino con la palabra, al dueño del escenario, al que no permite protagonismo de nadie más.
Resultado y colofón. Lilly Téllez propinó certero golpe, tiró a la lona y le abolló la corona. Permitió ver las debilidades y flaquezas de alguien que ha sido elevado a los altares de los centros ceremoniales de un régimen unipersonal, omnímodo y autocrático que todos los días, como ave de tempestades, anuncia el derrumbe del orden jurídico e institucional de México; que sólo clama desquite y desunión.
Pasado el round ganador de Lilly Téllez, hace dos días se llevó a cabo una reunión bilateral de “alto nivel” entre los gobiernos de México y de los Estados Unidos de América. Por este último país encabezó la delegación, Anthony Blinken, el secretario de Estado, que encabeza la implacable política exterior americana. Blinken es el hombre más poderoso después de Joe Biden, incluso por encima de Kamala Harris, la vicepresidenta; es el “halcón” de la Casa Blanca que suele mostrar sus garras a sus enemigos como China y Rusia. Por México, encabezó protocolariamente la reunión, el presidente, que se concretó a dar un mensaje improvisado, destacando un libro que “terminó” y dijo una expresión poco afortunada: “sería lamentable que no nos entendiéramos”, algo análogo a lo que se escuchó en Múnich, en 1938, durante la reunión Hitler-Chamberlain, dos grandes potencias, Alemania Nazi y el Reino Unido. Luego del desayuno, el protagonista mexicano lo fue el secretario de Relaciones Exteriores, que tuvo otros quince minutos de fama.
Reunión insubstancial, nada revela sino “buenas voluntades recíprocas” (al menos por lo publicado), repetidora de frases de una diplomacia comedida. Eso sí, Blinken tuvo un cordial cicerone que le explicó la mínima historia de México, según los murales.