Así nacieron los agachados | El Imparcial de Oaxaca
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Así nacieron los agachados

 


Hace sesenta y cinco años, en los hogares de la ciudad de Oaxaca se cocinaba en anafres con carbón o en estufas que funcionaban con petróleo y se alumbraban por las noches con una vela o un quinqué de cristal transparente de petróleo. 

El petróleo era un artículo de primera necesidad; lo distribuía Pemex en tambos de lámina de 200 litros y su símbolo era el Charrito Pemex. Se expendía en casi todo el estado; su nombre comercial era, petróleo diáfano, que costaba 15 centavos. 

 

En la 6ª. calle de Independencia, en la esquina con Porfirio Díaz estaba el diario local, Oaxaca Gráfico y siguiendo hacía el oriente, la fotografía Ramírez; la farmacia Regina; un expendio de petróleo llamado La Flama; Funerales Meixueiro y en la esquina el Museo de Oaxaca. En la misma dirección, pasando la calle estaba el restaurante Kiko; el edificio de lo que fue el palacio episcopal en donde estaba el correo y el telégrafo y en la esquina el edificio de la UBJO.

Iniciando a la misma altura, 6ª. de Independencia, en la acera de enfrente está la casa dónde vivió Eulogio Guilow y en la esquina con la Alameda, estaba la peluquería del Sr. Antonio Ortega.

A continuación, está la Alameda, en ese tiempo en el noreste tenía casetas de mariscos una de estas era El Torito Veracruzano y otra, la de doña Papaya que vendía fritangas en la noche; preparaba unas tortas de cecina blanca con rajas de chile jalapeño en vinagre y pasta de frijoles que siempre estaban quemados; esto le daba un sabor diferente a sus tortas, riquísimas. 

Así nacieron los agachados: En el mes de octubre, en las noches de preparadas doña Papaya regalaba voluntariamente, antes de que corrieran, café caliente a los estudiantes que se desvelaban preparando exámenes. Los que podían pagar lo que se les antojaba, al pedir se agachaban para que no reconociera que eran los mismos que en ocasiones anteriores habían corrido sin pagar y podía ser que en esta oportunidad, después de comer, también desaparecieran sin pagar. 

En la Alameda, en el sureste estaban los puestos de nieve. 

Tenía dos fuentes; a un costado de la que estaba en el lado sur, se instalaban los fotógrafos ambulantes que tomaban instantáneas en blanco y negro de agüita, algunos contaban con una pequeña escenografía que podía consistir en paisaje, caballo que se podía montar, traje de charro o de china poblana según el gusto y el género.

En la calle de la Alameda estaba el Hotel Monte Albán, los baños de vapor Alameda, la estación terminal de los ADO que iniciaban y un restaurancito, el Alameda de doña Deme,

también había puestos de revistas que alquilaban, una en diez centavos. 

En la 1ª. calle de 20 de Noviembre estaba la terminal de los Pericos, autobuses foráneos de 1ª., los Cristóbal Colón.

Eran parte de la vida cotidiana de la ciudad: El padre Memo, Lencho el Cuchillero, Nico el agua fresquero, El Chapulín y Pancho Cocina; la julia que trasportaba policías y detenidos; los tamarindos de crucero, en sus banquitos de madera y de guantes blancos dirigiendo el tráfico. El templo de moda era el de La Soledad, en él se realizaban las bodas más comentadas de la elite social.

El atrio de catedral estaba cerrado y la calle de García Vigil se prolongaba en dos carriles hasta el zócalo, en uno de ellos se estacionaban los taxis del sitio Alameda.

En la primera calle de Alcalá, frente a la puerta lateral del edificio central había una librería y papelería del Sr. Anselmo Borbolla, llamada La Esfera. La foto Rivas estaba, casi, en la esquina de Morelos y Alcalá. En Morelos, frente a la puerta del gimnasio estaban los baños Morelos.

Los que estudiamos en la Universidad Benito Juárez de Oaxaca, vivimos momentos que jamás olvidaremos. 

Son hechos vistos por todos desde diferentes ángulos, por lo tanto, son diferentes versiones, la de cada uno y la de todos; para entender la conducta de los jóvenes de 1960 y para comunicarnos mejor en 2021, esta versión pretende ser la todos· 

Sobre la calle de Alcalá, en la peletería Perlita, había rockola; enfrente estaba La Esmeralda y a media cuadra un futbolito; en la esquina con Morelos tenía su puesto Doña Pepa que era una viejita enojona que vendía en un canasto de carrizo extendido, pepas de calabaza, manzanas con sal de gusanito, cacahuates con cáscara y otros antojitos. 

Contra esquina del puesto de doña Pepa, estaba El Arte, negocio de marcos de madera para fotografías y pinturas, que atendía la hermana de Irma Rivas y vendía, adicionalmente, muy bien, tortillas blanditas de tamaño normal, con aciento, queso y rajas de chiles en vinagre.

Qué diferente era, entonces, la vida del estudiante universitario que estudiaba realmente para pasar los exámenes orales, individuales ante tres jurados.