¿Por qué luchaban los revolucionarios? | El Imparcial de Oaxaca
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¿Por qué luchaban los revolucionarios?

 


El levantamiento encabezado por Francisco I. Madero en contra del general Díaz puso de manifiesto el desgaste y la fragilidad que, para ese entonces, tenía el mandato Porfirista. Sin embargo, pese a sus políticas conciliadoras y democráticas, Madero no pudo controlar a la nación que, habiendo obtenido cierta libertad fuera de la dictadura de Porfirio Díaz, se levantó en armas por aquí y por allá, provocando una alteración que duraría años de constantes luchas y enfrentamientos. Pero ¿qué es lo que buscaban los revolucionarios al levantarse en armas en distintos puntos del país? ¿Realmente luchaban con y por un mismo objetivo?

 

Numerosos son los textos que describen lo sucedido durante los años de la revolución mexicana, aunque todos con un enfoque distinto y enfatizando cosas en específico. Sin embargo, Urquizo toca fibras sensibles al mostrar en su narración sobre la revolución, una cara de la moneda que muchas veces pasa desapercibida: el papel de los insurreccionados que no eran líderes. Sin bien, los caudillos principales – Zapata y Villa – tenían el reconocimiento nacional, mucha gente que combatía en aras de la revolución, no pertenecía al grupo Zapatista o Villista, aunque sí los seguían de cierto sentido.

Cuando un grupo revolucionario arribaba a algún poblado, mucha gente se unía en pro de la causa. Esto sucedía por distintas razones, pero más allá de la simple anexión como simpatizante del movimiento, la población no sabía realmente el por qué de la lucha. Montones de personas se unían a los revolucionarios por causas ajenas: “grupos de gente a pie nos acompañaban; eran las nuevas altas, reclutamiento espontáneo surgido al calor del combate”. Muy seguramente, aquellos nuevos partidarios del movimiento tenían la certeza de buscar un cambio o mejora, aunque no muy seguros de cómo lograrlo, o si, al unirse a dicho grupo lo estaban haciendo.

Por otro lado, dichas tropas se enfrentaban con los federales en las ciudades, no sin antes saquear los poblados, comerse las reses y vacas, y robar cadáveres. La lucha se tornaba monótona y hasta desgastante. El mismo protagonista de la historia narra su perspectiva:

 

El sol de un nuevo día me sorprendió todavía en la misma postura incómoda en que caí rendido de cansancio y de sueño varias horas antes. Se seguía combatiendo, pero ya no con el empuje del primer momento. Tiroteos aislados, algunos cañonazos, traquear de ametralladoras, de poca duración, decaimiento manifiesto de asaltantes y defensores, especie de nostalgia y aburrimiento en aquella acción que, al parecer, estaba condenada a estabilizarse en aquel estado.

 

En este sentido, se deja apreciar la clara fatiga por la que pasaban los insurreccionados al no tener ninguna certeza de su lucha. Se proveían a ellos mismos los recursos necesarios y se valían de todo tipo de acciones para obtenerlos; esto, a la larga, trajo como consecuencia una rotura en el pensamiento colectivo mexicano, que desembocó en el moldeo de una “esperanza a ciegas”, en el caudillismo como una fuente de cambio, en la espera de un individuo salvador que al presentarse, será seguido sin demora por donde camine.

 

En conclusión, la revolución mexicana fue un acontecimiento mayúsculo que tuvo consecuencias que impactaron no sólo el ámbito social y político, sino que permeó en el imaginario colectivo de la nación. Al saberse olvidadas, algunas regiones representadas por caudillos se levantaron en armas y fueron secundadas por grupos de personas que, sin tener certeza de lo que acontecía, esperaban mejoras y cambios directos. Esto se refleja aún en el presente, al poner el destino de los individuos en un ser que guíe y que, si bien no hay certeza de que llegué, es esperado con los brazos cruzados.

 

Politólogo-UNAM

Contacto: humberto.bautista@politicas.unam.mx