Solidaridad | El Imparcial de Oaxaca
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Solidaridad

 


Por Eduardo Aragón Mijangos

Todos somos hermanos, venimos y vamos al mismo lugar; tenemos el mismo deseo y la misma finalidad, queremos vivir y morir de la misma forma. Todos queremos ser felices o al menos vivir con dignidad.
Si hubiera igualdad podríamos ser solidarios, pero mientras ésta no exista, seguiremos compitiendo, poniéndonos el pie, matándonos los unos a los otros, ya sea para sobrevivir, ya sea para acumular, se empieza sobreviviendo, se termina acumulando. La sobrevivencia justifica la acumulación… indebidamente.
Mientras el capital rija nuestras vidas difícilmente los seres humanos sacaran ese ser fraterno y solidario que llevan dentro, que sólo sale cuando suceden las grandes crisis humanitarias, cuando nos encontramos indefensos ante una realidad aplastante.
El principal obstáculo para ser fraternos es que la solidaridad y la cooperación implican, sino el exterminio, por lo menos la reducción de la propiedad privada, la acumulación y el capital, ya que, si tenemos intereses materiales de este tipo, la lógica capitalista nos va llevar a concluir siempre que es mejor acabar con la competencia que ayudarla.
El apoyo mutuo es el único camino del progreso y del desarrollo de la sociedad. Cuando no tengamos que competir por pan, techo, agua, tierra, lujos o comodidades, lo vamos a ver tan claro, que parecerá una locura habernos matado por un pedazo de tierra o por un contrato de un millón de dólares.
En vez de matarnos por tierra o un contrato, deberíamos de trabajar juntos para trabajar menos y con mejores resultados, sin explotación ni injusticia. En vez de competir por un contrato debemos de repartirnos las obligaciones y las ganancias; y el tiempo libre que seguramente tendremos lo podemos dedicar a alimentar el espíritu, que es lo que nos impide –la pobreza espiritual– ver con claridad la importancia de la justicia, la solidaridad y la igualdad para ser felices.
Dicen que el ser humano es un ser social por naturaleza y si no fuera por naturaleza lo debe de ser por conveniencia, es decir, si no le nace del corazón ser fraterno o por lo menos colaborativo, le debe nacer de la cabeza, del raciocinio, porque es la mejor forma de afrontar la vida, cualquier problema que enfrente una persona lo resolverá de mejor manera y con menos esfuerzo si trabaja en equipo. Entonces, allí donde reine la razón y la superioridad intelectual, debería reinar la solidaridad y la cooperación para resolver nuestros problemas, y sí esto sucede la fraternidad vendrá después automáticamente.
Trabajar en equipo, sin competencia, sin títulos de propiedad, sin intenciones de acumulación, estrecha los lazos de amistad y fraternidad; porque no hay como conseguir objetivos comunes por los que se trabajó hombro con hombro con otras personas, para que surja espontáneamente ese amor al prójimo que hoy enterramos en algún lado.
El trabajo conjunto, igualitario y comunal, les da a las personas la oportunidad de conocer e identificarse con el prójimo, entender que somos iguales, que tenemos los mismos anhelos de felicidad y libertad, que sufrimos los mismos miedos y dolores. Identificarnos como iguales nos da la posibilidad de comprendernos, y comprendernos nos da la posibilidad fraternizar.
Pero si me mantengo al margen de las alegrías y los sufrimientos del prójimo y compito, si trato de estar por encima, nunca, jamás, voy a sentir empatía, ya no digamos simpatía, con el resto de la humanidad. Si no se nos parten las manos igual que al albañil cuando construye una casa, si no se me llenan de callos los pies igual que al campesino al arar la tierra, sino me lloran lo ojos después de estar sentado 12 horas frente a una computadora, sino siento que se me parte la espalda después de cargar como burro, nunca voy a entender la circunstancia de vida de los demás, nunca voy a empatizar y nunca voy a ser solidario.
Los invito a que apelemos a la solidaridad para resolver nuestros problemas, creemos comunidades fraternas. En Oaxaca existe el tequio como un milenario ejercicio de cooperación y solidaridad, empecemos con objetivos pequeños, por nuestra cuadra, no hace falta renunciar a la propiedad privada –entiendo que eso es un paso ni siquiera imaginable–, pero en el ocio, en la fiesta, en tareas domésticas, de limpieza o de seguridad pública comunes, trabajemos hombro con hombro, sin esperar ninguna cuestión material o sin ningún interés particular, salvo el bienestar general.
Dejemos de competir, la competencia es un mal, es, como dice el gran Kropotkin: el exterminio mutuo.
Con este artículo me despido. Agradezco a la apreciada familia del Imparcial haberme dado la oportunidad de compartir este espacio con ustedes. Mi lucha por la Felicidad general y la Justicia requiere que concentre mis esfuerzos en otras actividades. Hasta siempre compañeros, gracias por haber leído. Un mundo mejor es posible.

No se salven, no se salven nunca.
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