Calvinismo en política mexicana | El Imparcial de Oaxaca
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Calvinismo en política mexicana

 


Juan Calvino (1509-1564) forma parte de la larga lista de “reformadores” protestantes. Fue católico, luego, desde 1533 seguidor de Martín Lutero, pero extremó sus escrúpulos y prejuicios sobre materia doctrinaria, dogmática, litúrgica y en su manera de interpretar las Sagradas Escrituras. Fue un ardiente enemigo de la Iglesia de Roma y dedicó el resto de su vida a perseguir a quienes con comulgaban con su ideario. Nació en, Noyón Francia, pero a partir de sus nuevas convicciones emigró a Ginebra, Suiza, donde estableció su congregación religiosa en extremo fundamentalista, a la vez suponiendo que era un ser escogido por Dios, para señalar a buenos y malos; los primeros obtendrían la salvación eterna y los otros el fuego infernal perenne. El centro de su fe es conocido por la “predestinación”, un concepto por el cual Calvino hizo creer a sus seguidores que la salvación se obtenía por gracia divina establecida a los seres que Dios ya había marcado desde el nacimiento y los condenados tenían esa condición desde antes de venir al mundo.
Calvino no sólo era el líder religioso en Ginebra: era también el jefe político de su comunidad y decidía usos y costumbres basados en una mescolanza de disposiciones de la Ley Mosaica y del Nuevo Testamento. Ejercía un gobierno tiránico y sus extremos morales se asemejaban más a las leyes del islam que a los principios del amor al prójimo a la manera cristiana. En una de sus variantes propalaba que la gracia para la salvación sólo era otorgada por la fe y no por las obras, al grado que pretendía eliminar de la Biblia, la Epístola de Santiago. Calvino llegaba a tales exigencias a sus fieles como conminarlos que aceptaran la condenación al infierno, para mayor gloria de Dios. Calvino aplicó en su vida como guía espiritual y político la sentencia evangélica “El que no es conmigo, contra mí es” (San Lucas 11:23), es decir, lealtad absoluta y ciega o condena absoluta.
Uno de los más perversos hechos de Calvino, fue perseguir y ordenar la ejecución de Miguel Servet, el sabio español que descubrió la circulación pulmonar, hoy altamente reconocido. Servet se estableció en Ginebra y se oponía al dogma de la Trinidad, por ello fue quemado vivo en la hoguera, entre muchos otros infieles al calvinismo.
Si una visión abreviada de Calvino le hace pensar en que México está transitando por una etapa semejante, no se equivoca: vivimos un calvinismo político por el cual se persigue sin piedad a quienes piensan diferente del ideario caudillista. Calvino también iniciaba una cuarta transformación, después aquellas de Jan Jus, Martín Lutero y Enrique VIII. El versículo citado del Evangelio de San Lucas, es algo que hemos escuchado de manera reiterada en alocuciones tempraneras, donde se exige la obediencia y la lealtad ciegas: se está con, o en contra, no hay punto medio. Tampoco hay perdón ni hay olvido. Calvino se sentía un vengador investido de la gracia divina y con el derecho a disponer de la vida y destino de sus adversarios, de aquellos conservadores de su fe original y de quienes estaban abiertos a la libertad de creencias.
A Miguel Servet se le inventaron pecados, fue juzgado por la poca conocida inquisición de los protestantes, que mató a más seres humanos, principalmente mujeres acusadas de brujería, que la tan repudiada Santa Inquisición. La Leyenda Negra se ha encargado de cambiar las cosas.
No puede ocultarse que en la política mexicana hay un Calvino y más de un Miguel Servet. El poder cuenta con una fiscalía que imputa culpabilidades sin pruebas, que inventa y acomoda delitos con tal de doblegarse ante nefandas disposiciones del supremo infalible, que juzga y condena de antemano. Hoy en día hay un ex candidato y aspirante perseguido, odiado, insultado, condenado y perseguido. Así de sencillo.