El problema interminable de México: No hay proyecto de nación | El Imparcial de Oaxaca
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El problema interminable de México: No hay proyecto de nación

 


 Para los años posteriores a la independencia y tras los intentos fallidos de gobernar a México, primero con la monarquía y después con la república, se hizo evidente que la nación necesitaba forjarse un carácter autóctono. Para algunos, dicho carácter tenía que responder a las necesidades únicas y específicas del país recién formado; para otros, era necesario un gobierno que propiciara el cambio paulatino hacia un Estado similar a la república estadounidense, pero con las debidas adaptaciones en México; y algunos más optaron por volver al viejo sistema de gobierno colonial, pues las cosas parecían funcionar. ¿Qué sucedía en México que impedía la organización eficaz de la sociedad y el gobierno? ¿Por qué no era posible ponerse de acuerdo en cuanto a la administración del Estado? ¿Es un problema del pasado o se trata de una deuda pendiente?

 

Cada grupo (conservador, republicano, monarquista, etc.) proponía una forma de gobierno distinta al ver el caos en el que se encontraba la nación, pero lamentablemente los diferentes proyectos eran, hasta cierto punto, antagonistas. Por un lado los republicanos (incluso ellos estaban divididos en Centralistas y Federalistas) que, en palabras de Teresa de Mier, apelaban por seguir los pasos de Estados Unidos y conformar a México como una república federal, no sin antes hacer un recorrido paulatino por la república centralizada a modo de adaptación y ensayo.

Ciertamente, la nación mexicana, que prácticamente acababa de emerger, no pudo aspirar de inmediato al modelo de república federalista. En caso de llevarse a la práctica dicho modelo, desembocaría en un cambio abrupto y grotesco que no sería aceptado ni asequible tanto para la sociedad como para el gobierno; esto debido a que no se contaba con la mismas condiciones históricas, políticas e ideológicas de los Estados Unidos, por lo tanto no era posible aplicar el mismo modelo en otro territorio con naturaleza totalmente distinta, “ellos eran ya estados separados e independientes unos de otros, y se federaron para unirse contra la opresión de Inglaterra; federarnos, nosotros estando unidos, es dividirnos y atraernos los males que ellos procuraron remediar con esa federación.”

 

Por otra parte, estuvo quien propuso la vuelta al antiguo régimen monárquico. Se pensaba que las constituciones (1824 y 1836) no eran aplicables y mucho menos respondían a las necesidades de un país colonial por naturaleza, es decir, una nación “construida para la monarquía”. Sin embargo, se creía que ambas constituciones tenían algunos elementos rescatables que podían ser útiles para la creación de una Convención Nacional, y que darían “al país una organización acomodada a sus peculiares circunstancias.”

En otro sentido, Lucas Alamán propuso a Santa Anna, al momento de su última administración, un proyecto en el cual la nación debía se comandada por un dictador, pero que conservara intactas las cualidades y características arraigadas del país que lo distinguían y  dotaban de identidad, como la religión.

 

Es posible notar las diferencias formales entre cada proyecto nacional, sin embargo, todos buscaban un fin común: darle orden a la nación respondiendo a las características particulares de la misma.  Algunos podían pensar que cualquier forma de gobierno resultaría apropiada; otros asumirían una posición menos optimista que permitiría un cambio sosegado. Pero a fin de cuentas, todos estaban conscientes de que el país estaba realmente desorganizado y hecho un caos, que los gobernantes no podían ejercer su cargo debido a los conflictos internos y que México, en un arrebato de lucidez, era la el producto de una evolución social e histórica que definía su naturaleza, única y particular, diferente a las demás naciones.

 

En conclusión, los proyectos nacionales de las diferentes facciones en pugna que dominaban la escena política del México independiente tenían características formales distintas, pero que comprendían, de cierta manera y hasta cierto punto, las necesidades y naturaleza misma de una nación recién conformada. A pesar de las enormes diferencias que los separaban, los proyectos apelaban por un país independiente, capaz de gobernarse a sí mismo, y pese a su reciente lucha,  un país que no podía despojarse enteramente de su pasado inmediato, de su “madre patria”, de los lazos que lo unen con aquella nación que le dio forma, o al menos, la forma que hasta ese momento conservaba.

 

Hoy por hoy, AMLO ha establecido las pautas de un proyecto que se asimila de manera distinta. No obstante, la figura presidencial en México ha tenido el mismo pecado cada sexenio: virar a direcciones distintas con cada presidente. Esperemos que esta vez no ocurra lo mismo que en los últimos 200 años.

 

Politólogo-UNAM

Contacto: humberto.bautista@politicas.unam.mx