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Sin cuentos chinos

La pandemia de nunca acabar…y en la que sobrevive el más acaudalado

 


Hace dos meses tuve la oportunidad de ir a extranjero por mi segunda dosis de la vacuna Pfizer. Sabía que tener mi esquema de vacunación completo no me hacía invencible pero, francamente, la idea de contraer el virus me parecía bastante lejana. Me equivoqué. Hace dos semanas vi lo que por 15 meses, había tenido la fortuna o astucia de esquivar: un positivo. 

Di entonces la bienvenida al desfile de protocolos sugeridos por los médicos, estés o no vacunado. Aislamiento de 15 días, coctel de medicinas, descanso…en fin, todo eso que leía o veía pero que pensé, jamás me alcanzaría. Como a mí, a la mayoría de mis familiares, amigos y conocidos les cayó por sorpresa la noticia. “¿No estabas ya vacunada?” Era la reacción más frecuente. Cuando mi cabeza no dolía y mis ojos se dignaban a poner atención en algo que no fuera Netflix, leía varios reportajes y documentos científicos sobre el tema. Me di cuenta que todos convenían que, en efecto, la vacuna es un escudo mas no una armadura. Es decir, no nos hace inmunes pero sin duda, nos brinda una protección diametralmente mayor. 

Las posibilidades de que una vez vacunado la enfermedad se complique, tenga severas secuelas o resulte mortal, son prácticamente nulas. En ese sentido, la leyenda que rezan los gobiernos para promover la vacunación es cierta: salva vidas. Sin embargo, el vacío de información que existe sobre lo que pasa después de ésta, tiene su precio, y es que aunque la vacuna se nos pintó como el final del camino, no es así. Al menos no en un país como el nuestro en el que ni el 40% de la población total cuenta con ella. 

Dolor de cabeza, fiebre, congestión, pérdida del olfato y del gusto, fueron algunos de los síntomas que experimenté los primeros días pero que luego de ver a mi papá y a mi mamá luchar contra el virus a finales del año pasado, sabía que lo mío, era el equivalente a estar en Disneylandia. Es cierto, ya es ganancia que hoy mi único estrago sea que el café de la mañana me siga sin saber del todo bien, pero la realidad es que aún estamos lejos de ganar esta guerra. Cada vez nos acercamos más, sí, pero no podemos regresar a vivir como si fuera 2019 cuando más de la mitad de nuestros connacionales aún no tiene esta protección.

En términos psicológicos, el aislamiento fue de lo más duro para mí, por lo que decidí convertirlo en un espacio de reflexión para confrontar algunas ideas y pasar mucho de lo que tenía en la cabeza al terreno de la razón. Ahí, uno de los pensamientos con los que me encontré y que más me inquietó, fue que enfermarme no me supuso ningún “agobio” como tal. Es decir, me enfermé no solo sabiendo que contaba con la vacuna, sino también teniendo la tranquilidad de que podría comprar mis medicinas, y la certeza de que, en el extremo hipotético de terminar en el hospital, tenía un seguro médico que respaldara esos gastos, ¡porque qué gastos! 

Sólo de indagar un poco me sorprendí de lo ciega que estaba. Enfermarse en México es una de las maneras más descaradas de remarcar las diferencias sociales; de abrirle las puertas al rico y cerrárselas al pobre. De garantizarle la vida al que mucho tiene, y negársela al que vive al día. Una persona que no cuenta con la capacidad económica para solventar un hospital privado, tiene que conformarse con la salud pública, la cual no hace falta decirlo, es precaria. Como se lee en uno de los encabezados del New York Times de hace casi un año: “No es el virus: las carencias de los hospitales mexicanos también matan”.

Me enfurece e indigna pensar que tener ciertos privilegios que otros no, me confiere, casi en automático, una extensión. Como si de pronto, mi vida valiera más que la de Carlos, el “viene viene” de uno de los comercios cerca de mi casa. Qué cuesta tan empinada y lamentable vivimos en este país. Y lo más penoso es que, para el gobierno, esta urgencia es más bien rutina, es algo que ya no alarma. Mientras muchas personas mueren por no haber tenido la “suerte divina” de nacer y crecer en cuna de oro, ellos siguen destinando dinero a una vieja refinería que tiene mucho pasado y nada de futuro. Siguen inaugurando estadios de béisbol y reduciendo nuestro valor como personas a un capital electoral; a una campaña que para el presidente, específicamente, nunca termina. 

Sí, entre sistemas de salud deplorables y pandemias nos encontramos, pero eso no es motivo para rendirnos, lo es para levantarnos. En cuanto a lo primero, no esperen, como yo, a que el virus llegue a sus cuerpos para ver a los ojos una realidad tan lastimosa. Exijamos que nuestros derechos se cumplan por ser mexicanos y no por cuánto tenemos en la cartera. Y ojo, si eres de los afortunados que tiene el privilegio de enfermarse, no tiene nada de malo, al contrario, sólo recuerda que estar arriba de la pirámide no te exime de responsabilidades, te las da. En cuanto a la pandemia, sigamos siendo cuidadosos y vacunémonos cuando se nos presente la oportunidad para que esto pronto deje de habitar en las noticias, y pase a vivir -por fin- en los libros de Historia.