La causa y el orgullo | El Imparcial de Oaxaca
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La causa y el orgullo

 


Yuriria Sierra

Hoy es el día en que se incomodan las “normas”, el día de los colectivos que por siglos han luchado por los derechos que a otros se les dan de manera natural. La contradictoria naturaleza humana: tanta libertad que incluso somos capaces de desacreditar a otros, de negarles el mismo suelo que pisamos. Contradicción por todos lados: mientras recordamos que en 2010, la Ciudad de México fue el primer territorio en toda América Latina en legalizar las uniones entre personas del mismo sexo, contabilizamos entre mayo de 2020 y abril pasado, al menos 87 crímenes de odio, todos contra integrantes de la comunidad LGBTQ+. La mayoría asesinatos: personas a las que les fue arrebatada su vida sólo porque su identidad, esa que es materia exclusivamente personal, se veía como una agresión ante los ojos del verdugo.
Nuestro país vive entre esa ambigüedad. Las ganas de ir en avanzada, de dar pasos hacia adelante para hacer de este un país que acepta y que abraza su diversidad, a uno que se resiste y se aferra a los usos y costumbres, a las “normas” e incluso al qué dirán. Por eso tenemos un Presidente que cree que los derechos se consultan; pero por eso también tenemos a figuras políticas dispuestas a darlo todo por las causas en las que creen, pertenezcan o no a la comunidad a las que van dirigidas. En México, el matrimonio igualitario, por ejemplo, tuvo que ser resuelto en la Suprema Corte de Justicia de la Nación: hoy es inconstitucional que sea negado este derecho, pero no en todos los códigos civiles estatales se escribe como tal, sólo en 21 se puede realizar de manera directa sin necesidad de un amparo. Sinaloa y Baja California fueron las últimas entidades en aprobarlo. En algunos territorios municipales de Guerrero, Querétaro y Zacatecas también se permite, aunque en el resto de los ayuntamientos de esos estados sigue siendo necesario un trámite adicional.
La conversación le está ganando a los derechos que son aprobados, en México y en el mundo, porque ya no sólo necesita el reconocimiento legal de las uniones que nacen del amor, es necesario también que se dé acuse a la existencia de todas las identidades de género. De eso se trata cuando se habla de la comunidad LGBTQ+. No todo se reduce al matrimonio y al derecho a la adopción, a formar una familia. En nuestro país, de los 32 estados, sólo en 13 existen leyes de identidad de género, necesarias para la construcción institucional de las vías para el desarrollo e integración de todos sus ciudadanos, sin importar el género con el que se identifiquen. Esto no sólo es un pronombre o una credencial donde se anota el género que se elige, sino que también es una herramienta con la que se abren las puertas y evita todas las posibilidades para la discriminación y segregación. Estas leyes impulsan el libre desarrollo de la personalidad, un derecho que sí debe estar protegido desde los primeros segundos de vida de cualquier persona.
Y estamos hablando sólo de México. A pesar de sus avances y sus deudas con la comunidad LGBTQ+, estamos a mucha distancia de otras naciones, de las que aceptan y entienden el concepto de diversidad y de aquellas donde se aplaude el castigo a quienes forman parte de ella. Para eso son días como hoy en que se celebra un orgullo que más bien es una causa, una deuda de la humanidad consigo misma: ¿por qué rechazamos y levantamos muros por condiciones como nuestra identidad de género, algo tan natural como nuestro color de cabello?