Y aunque a su pecho hiera el dolor . . . | El Imparcial de Oaxaca
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Y aunque a su pecho hiera el dolor . . .

 


En quinto año la maestra de segunda lengua viva, primer curso, que todos conocíamos simplemente como francés, llegaba a dar sus clases en un Renolcito 4 CV, que guardaba en el estacionamiento; era enérgica, capaz, pero muy biliosa; su palabra preferida era: ¡Allez debors! S´il te plait, que en pocas palabras quiere decir, sálgase. 

Cada ratito, cualquier compañero que interrumpiera o hiciera algún movimiento que no le pareciera, le decía, ¡Allez debors! S´il te plait; con esto se ganó a pulso y en muy poco tiempo, la antipatía de todo el grupo, que, abreviando la expresión de la profesora francesa, Laude de Gan, decían simplemente ale, ale. 

Una mañana decidimos que era tiempo de que conociera nuestro descontento y entre varios compañeros, cargamos su Renault y lo subimos al corredor, que todavía existe, rumbo al laboratorio, que tiene banquitas a los lados, pero no nos dimos cuenta que nos estaba observando el director de la escuela, Dr., Jorge Pérez Guerrero, que se acercó y nos dijo: “Que bonito, que bonito, los felicito muchachos, tienen ustedes una gran fuerza y además son muy ingeniosos para sus bromas, ya subieron el carro de la maestra ¿Verdad? ¡Ya maestro! pensando ingenuamente que iba a aplaudir nuestra acción. “Bueno, ya lo subieron, ahora bájenlo y pónganlo en su lugar.”

¿Te dormirías con la compañera? 

En la planta alta del Patio de Honor, estábamos platicando con el maestro de Derecho Administrativo cuando vimos que venía una de las compañeras más guapas que tenía la escuela de Derecho; lucía muy bien el traje sastre y caminaba como modelo, presumiendo con mucho garbo su hermoso cuerpo que admirábamos como tontos, tirando la baba. 

El maestro le pregunta al más enamorador, por no decir al más perrote, oye, y tú ¿te dormirías con la compañera? ¡Claro que si maestro!, ¡Cómo no! me dormiría con ella encantado; ¡Pues que tonto! polque yo no me dolmilía pala nada, pala nada.

Ahora ¡Cárguenme y súbanme! 

Estaban arreglando las escaleras del segundo patio que llevan a la Biblioteca y sólo se podía subir al segundo piso por las del patio de honor; había unos compañeros de Derecho que, cosa rara, no querían tener clase de Derecho Constitucional; llegó el maestro y fue a checar su tarjeta en la parte baja de las escaleras del primer patio, vestía traje de tres piezas color verde olivo y leontina; de tez blanca y ojos verdes, peinaba su escaso pelo blanco del lado derecho, caminaba con las manos agarrando las solapas sobre su abultado vientre y en la derecha siempre llevaba un libro; era una persona de edad avanzada y sus pasos eran cortitos y muy lentos; los alumnos, para no recibir clase, pintaron en los cinco primeros escalones: Le cae al que pise aquí, cuando iba a subir, leyó el mensaje, poniendo su mano derecha en el mentón y viendo las escaleras meditó un momento y dijo: Haber Memo, haber Sergio, haber Antonio y también llamó a los otros cuatro que estaban presentes y burlándose de su estratagema, sonriendo les ordenó, ¡Ahora, cárguenme y súbanme!.

Nuestros bailes

como olvidar el primer amor, el primer beso y el primer baile. Todos nuestros recuerdos son para revivirlos, para celebrar la vida ahora que podemos. 

Alrededor del 2º. patio del edificio central, se colocaban las sillas para las mujeres y llegaba uno hasta su lugar a pedirles la pieza y al terminar las acompañaba de la misma forma: hasta su lugar.

Al inicio nadie bailaba. Era el momento de acechar, de esperar, de observar, de armarse de valor para declararle tu amor a la chica de tus sueños o de escoger pareja con la vista, para bailar y para conocerla.

Cuando se localizaba la presa había una reunión de dos o tres tiradores, todos amigos, que apostaban a ver quien se llevaba la presa, por supuesto que esto no lo hacíamos nosotros, pero nos lo contaba alguno de los apostadores.

Invariablemente, rompía el baile Ramallets, Juan Román López Ramírez, estudiante de Ciencias Químicas; excelente bailarín, que contagiaba su entusiasmo, alegría y vitalidad, con su pareja se colocaba en el centro de la pista y eran los únicos que bailaban, una o dos piezas. 

Me cuentan que antes fue Alonso Díaz Aldeco el que rompía el baile y un poco antes Manuel Iglesias Meza. En seguida se generalizaba el baile que, por supuesto, era exclusivo para los universitarios, es decir, ningún extraño podía entrar. A los que se atrevían, cortésmente se les pedía que abandonaran el recinto. Por favor no se rían, esto es serio.

Eran tan fuertes las emociones de las tardes de Samaritana, que hay compañeras que al escuchar una canción de moda en esa época recuerdan hasta cómo iban vestidas. 

castilan1o@yahoo.com