El don de la mediocridad | El Imparcial de Oaxaca
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Opinión

El don de la mediocridad

 


Siempre he creído que la escritura se forja en una soledad desquiciante. Sólo ahí el pulso de la vida aparece. Los cientos de talleres y cursos que existen sobre cómo escribir un cuento o novela no hacen sino sumar a mi desconfianza hacia las nuevas generaciones de escritores. El arte de contar debe brotar con naturalidad, nuestras obsesiones y experiencias trazaran su intensidad y la técnica importará poco si nuestra capacidad de observación no dinamita nuestra inteligencia. Es verdad que todos poseemos las aptitudes para fantasear, aprendemos a nombrar los sentimientos, nuestros sueños, pero ¿eso será suficiente?

 No deja de maravillarme la gran terquedad de la juventud por crear proyectos editoriales, revistas mensuales que aspiran a ser el absurdo de piezas únicas y originales. A decir verdad, emprender tremenda osadía en un país donde se destina tan poca atención al arte y a la imaginación requiere de coraje y esfuerzos sobrehumanos. Sin embargo, el optimismo siempre me ha parecido un aliado de la mediocridad. Debemos considerar a la crítica como el pilar fundamental de la creación porque sin ella se carece de todo. La mayoría de las revistas digitales que nacen cada cuarto de hora parecen tener la única intención de entretener, llegar a ese otro público, hacerse de lectores distraídos. Su máxima ambición es la de sembrar un nuevo canon, una literatura salvaje que representa la decadencia del pensamiento y de la creatividad. 

Presiento que, en el intento de domesticar la naturaleza indomable de la literatura, se ha reducido a un simple acto terapéutico, anecdotarios que se quedan en su estructura catártica, pobres de estilo, o ¿es una moda la falta de cualidades? Si es así es justificable que el periodismo tome un lugar considerable en nuestra forma de mirar el mundo. La confluencia entre periodismo y literatura era inevitable, empero, el primero jamás tendrá la gentileza de la divinidad creadora. El periodismo tiene las manos atadas a la realidad o al menos eso debería considerarse. 

Si consideramos la literatura como una representación de la realidad entonces no entenderíamos nada. La literatura es más que un espejo de lo que a simple vista nuestros ojos captan. Es en todo caso un reflejo de nuestra alma atormentada, de la fuerza de nuestro espíritu atravesando tormentas, laberintos de pesadumbre por el futuro.  Tanto en el periodismo literario como en la literatura las subjetividades son valiosas para describir esa verdad fragmentaria. La originalidad proviene de cómo miramos.

Mi punto es, existen malos escritores y buenos escritores. Malos periodistas, buenos periodistas. El problema es cuando sus lectores se deciden por la mitad de uno, y la mitad del otro. Rodeados de mediocridad, no escapamos de alabarle. Quizá yo lo sea en mi urgencia por terminar este texto para pronto dar el último trago a mi cerveza. Y olvidarlo todo. Sí, eso es lo que en nuestra época nos ha tocado vivir: el olvido, olvidar que hemos vivido. No puedo irme sin evocar la gracia de mi querida Flannery O´Connor, escritora estadounidense que una vez dijo en una conferencia:

“La capacidad de crear vida con palabras es esencialmente un don. Si uno lo posee desde el inicio, podrá desarrollarlo; pero si uno carece de él, mejor será que se dedique a otra cosa. He podido advertir que son las personas que carecen de tal don las que, con mayor frecuencia, parecen poseídas por el demonio de escribir cuentos. Fuera como fuese, estoy segura de que son ellas quienes escriben los libros y los artículos sobre “cómo se escribe un cuento”.

Por fortuna soy demasiado pesimista para inscribirme en talleres de literatura.