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Opinión

Las bandas de secuestradores se organizan en la cárcel

 


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Las cárceles en México se han vuelto espacios seguros para la delincuencia, zonas desde donde puede articularse y operar sin ser molestada. Desde su interior, se organizan bandas de secuestradores; se planean y ejecutan plagios.

Las rejas no son un impedimento para seguir secuestrando. Hace unos días, fue detenida la banda de secuestradores “Los Corazones”, que operaba en la Ciudad de México y en el Estado de México. Al momento de la detención, rescataron a tres víctimas que tenían privadas de la libertad en una casa de seguridad y dieron con el presunto líder de la banda, Polo “P”, quien habría negociado el secuestro desde la comodidad de su celda en el Reclusorio Oriente capitalino.

La ingobernabilidad dentro de los penales hace rato que no es secreto. La indiferencia social y de las autoridades correspondientes es el común denominador de cada gobierno, durante cada sexenio.

La delincuencia ejercida desde los diferentes reclusorios de nuestro país no parece tener límites. El acceso infinito a teléfonos celulares, lo ilustra.

Para ejemplificar: cuando en Nuevo León se tomó control del penal Estatal Topochico, se confiscaron 423 teléfonos y 623 chips nuevos de Telcel.

El cálculo de las autoridades penitenciarias es que ingresaban alrededor de 1.5 millones de pesos a través de extorsiones. Por si eso no fuera suficiente, se localizaron cuadernos con teléfonos y nombres de 987 personas y establecimientos para el “cobro de derecho de piso”, otra forma de expresión.

En una columna anterior narré cómo personalmente, trabajando en la Coordinación Nacional Antisecuestro, me tocó atestiguar cómo sacaron a una víctima de secuestro que estaba secuestrada dentro de un penal de Tamaulipas.

Privado de su libertad, el líder de la banda operaba y “cuidaba” de la víctima desde su celda. Adolfo “N” alias “El Popoca”, fue acusado hace unos años de operar más de 20 secuestros desde el Reclusorio Oriente. También por esas fechas, Antonio “S” alias “El Ingeniero de la Mora”, fue señalado de encabezar una banda desde su celda en una prisión del Estado de México.

En 2017, desde la Penitenciaría de Santa Martha, en Zona Diamante, espacio que funge de máxima seguridad, alias “El Vaquero” fue acusado de tres plagios simultaneaos. Las autoridades ingresaron al centro penitenciario para aislarlo mientras entraban a la casa de seguridad y rescataban a las víctimas para que no diera el “pitazo” y se pusiera en riesgo la vida de las víctimas.

En diversos momentos, he conversado personalmente con José Luis Canchola, acusado del secuestro del Director Técnico del Cruz Azul Rubén Omar Romano, mientras estaba privado de la libertad acusado de otros secuestros; Andrés Caletri, autor intelectual de más de 12 secuestros cuyos rescates fueron millonarios; y Daniel Arizmendi, conocido como “El Mocha Orejas”. Los tres coinciden en algo: fue dentro de una prisión desde donde operaron la formación de sus bandas dedicadas al secuestro y otros delitos.

Las más sanguinarias organizaciones de secuestradores, que tanto daño le han hecho a México, los Arizmendi, Caletri, Canchola, Montante… han entrado y salido de la cárcel y su carrera delictiva nunca se vio mermada. Al contrario. La cárcel no ha sido para ellos más que una puerta giratoria que los regresa a la sociedad con conocimiento y experiencia criminal, y posibilidades de seguir delinquiendo.

Según el más reciente informe penitenciario de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, 80% de nuestros reclusorios están en condiciones de autogobierno o cogobierno. La ingobernabilidad, la sobrepoblación y la falta de oportunidades que hay en nuestras cárceles son un cáncer que lejos de prevenir la delincuencia la alimentan.

Como me lo dice Oscar “N”, acusado por el secuestro de uno de los empresarios más adinerados de México y su hijo menor, “la delincuencia dentro de las cárceles no es una opción, es parte de la dinámica para poder sobrevivir”.

Esa es la trágica realidad del sistema penitenciario.


 

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