Omisión dolosa | El Imparcial de Oaxaca
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Editorial

Omisión dolosa

 


Un grupo de ambientalistas y simpatizantes con la salvaguarda del medio ambiente realizó hace unos días una marcha, partiendo de la Fuente de “Las Ocho Regiones”, al zócalo de la capital. Su demanda no fue, en absoluto, descabellada. Solicitar a las cuadrillas de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), que se desplazan por todos los rumbos de la capital oaxaqueña. Podar y derramar árboles a conciencia y bajo vigilancia de expertos. Es impresionante la forma burda en la que han hecho su trabajo. En principio, en algunos casos sólo han dejado troncos que, al paso de los días, es como declarar la muerte a las especies. Se trata de árboles endémicos, como los laureles de la India o eucaliptos. Estamos de acuerdo en que, con la época de lluvias, se convierten en un peligro para transeúntes y automovilistas. Pero ello no implica su cuasi destrucción.
Con el derribo de ramas secas o frondosas se pone en riesgo la propia supervivencia de la especie. Pero tal parece que la protesta se ha ido al vacío. Seguimos observando las mismas cuadrillas hacer su trabajo demoledor, cerrando calles y avenidas. Esta situación se ha dado sobre todo en las zonas arboladas de algunas colonias, como la Reforma, por ejemplo, ya bastante deforestada después de haber cortado centenas de palmeras afectadas por plagas. Años antes fueron las jacarandas. Jamás autoridad alguna se preocupó por mantener dichas especies a través de la contratación de especialistas para tratarlas. El remedio fue demolerlas. Dejar eriales en donde hubo bosques. Un paisaje desolado que sólo la indolencia ciudadana y la abulia gubernamental han permitido. Es evidente que nadie quiere que dicho fenómeno se repita.
El gobierno de la ciudad puede emplazar a la empresa paraestatal a evitar dañar las especies que, por fortuna, embellecen el paisaje y sirven de pulmones naturales a esta ciudad cada vez más contaminada. No tarda en que la protesta a la que hacemos referencia devenga otro tipo de acciones tan comunes en nuestro medio. Preservar y salvaguardar la naturaleza y lo que aún queda en pie no es sólo responsabilidad de grupos y organizaciones ambientales, sino una corresponsabilidad ciudadana y gubernamental. Hay que ver nada más en donde fueron camellones llenos de pasto, árboles y flores, hoy hechos basureros. Que haya conciencia de que eso no es lo que nuestros hijos deben recibir como herencia común.

Promesas y promesas

Sin ánimo de demeritar, mucho menos cuestionar, la labor del ejecutivo estatal, Alejandro Murat, los hechos ocurridos el pasado domingo, movieron más a la confusión que a la esperanza. En efecto, llegó un grupo indefinido de funcionarios del llamado gobierno de la Cuarta Transformación a “supervisar los trabajos” de la supercarretera al Istmo, tramo Mitla-Tehuantepec que, según notas publicadas en este diario, han estado suspendidas al menos cinco años. Hace unos meses, durante una de las 14 visitas que ha realizado el presidente Andrés Manuel López Obrador a la entidad oaxaqueña, hizo un anuncio importante: la súper carretera a la Costa estaría concluida en 2022 y la del Istmo lo sería en al menos cuarenta meses. Ambas obras, lo sabemos, han estado sujetas a los vaivenes de las empresas que han concursado, la quiebra de algunas y los intereses políticos que pretenden seguir manteniéndonos en el rezago y el abandono.
Hay pues entre los oaxaqueños un justificado escepticismo. Y no es fortuito. Dicha vía se inició si mal no recordamos hace veinte años y sigue sin terminarse. En lo que fue concebido como una burla para la ciudadanía, la citada vía carretera fue entregada por el gobierno de Enrique Peña Nieto, en tramos: uno, el que va de Mitla a Albarradas, que son al menos 28 kilómetros y dos, de Santiago Lachiguiri a Tehuantepec, alrededor de 42 kilómetros. ¿Vimos en el pasado alguna obra pública de gran envergadura entregada sin haberse terminado? La memoria no registra un hecho similar. Durante la administración federal pasada, la inauguración de decenas de obras, contrastaron con las esperanzas rotas de los oaxaqueños, hartos de promesas. Lo grave es que seguimos viendo la misma película.
Todos recordamos que una de las promesas de campaña del gobernador era que ambas vías serían terminadas en quince meses. La ciudadanía oaxaqueña se convenció de ello, al conocer la amistad entre Murat Hinojosa y Peña Nieto. Entendemos que no todo ha sido miel sobre hojuelas en este gobierno. En 2017, apenas en el arranque, vino la sequía, las tormentas y luego la cadena de sismos, que devastaron al estado, no sólo al Istmo. No obstante, las tareas de reconstrucción siguen aún como agenda pendiente. Ni siquiera se terminaron. Sin que ello suene a justificación, en unos meses se cumplirán tres años y todo sigue a la espera de la bondad presidencial o de la solidez económica de las empresas contratistas. Por ahora, puras promesas.