Ni modo | El Imparcial de Oaxaca
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¡Que conste.... los olvidados!

Ni modo

 


Ni modo, siempre los que ganan las batallas y las guerras imponen sus condiciones y decretan los sistemas y formas de pensar y creer. Cuando se guerrea casi todos pensamos lo hacemos por nuestras creencias y por su defensa cuando en la realidad las guerras son por cuestiones económicas y políticas pero no por razones religiosas, ese es el pretexto para someter a los demás. En México, cuando llegaron los españoles a las costas mexicanas, Moctezuma, creía que se cumplían los presagios de que llegaría Quetzalcóatl a reclamar lo que le pertenecía y no a reclamar por sus ideas, y los españoles llegaron con el fin de la rapiña y la esclavitud, del robo más brutal con el pretexto de que deberían de cambiar las violentas y diabólicas costumbres de los indios que todavía desollaban y sacaban corazones, cuando ellos, simplemente, asesinaban por medio de los tiros de escopeta y disparos de cañones y brutales acciones con perros y caballos que nadie conocía.

Los indios sólo sabían que el oro era como una mierda de los dioses y lo usaban no para el cambio sino para el adorno, y no usaban para acumularlo personalmente sino para usarlo en obras que les parecían valiosas en la celebración de sus creencias y dioses y, los españoles, sabían que el oro era para acumular y concentrar poder, y así cambiaron la economía de Europa y dieron a España y Portugal nuevas formas y surgieron las demandas de productos y nuevas mercancías para comerciar, pero los españoles no producían, eran hidalgos que despreciaban el trabajo y solamente querían, en cada familia, tener un soldado, un leguleyo, un cura y un comerciante si era necesario, y vivir de los demás, igual lo hacían los Tlatoanis indios que llevaban las dos partes: la militar y la religiosa, y para ello demandaban los rituales con sacrificios siempre y cuando los desollados y asesinados en los templos fueran de los pueblos sojuzgados por medio de las guerras, donde el que ganaba era el que más capturados tenía para ser sacrificados. Los nobles y los hidalgos siempre han vivido de los demás, no de su trabajo… chingan, engañan, someten, esclavizan, roban y explotan para vivir con holgura y bienestar. Los que ganan en las guerras, sepultan los templos de los vencidos, así sucedió en México.

Ahora, en el Templo Mayor, hallan las “piezas más finas de la cultura mexica… destacan pendientes, argollas nasales y pectoral hecho con delgadas láminas de metal áureo, según lo describe el arqueólogo Leonardo López Luján. El animal representa a Huitzilopochtli, dios del Sol y de la guerra y considerado guía para que los guerreros caídos cruzaran el río del inframundo”.

Era la ofrenda de un lobo el cual se enterró hace más de cinco siglos, y ahí estaban las piezas de oro, y sobre ellas, los cuchillos de pedernal, ahí, en el corazón de México, en lo que era el Templo Mayor, la zona sagrada de los indios y ocultada por los españoles para borrar la memoria. Usaron los mismos métodos que los indios al construir una pirámide sobre la otra para borrar los recuerdos, buenos y malos, de los anteriores, y no hay duda de que si nos quejamos de la violencia, también, los nuestros, la aplicaban a los demás pueblos de vencidos y explotados por medio de sus horrores y ambiciones. Tlatoanis inmensamente poderosos, los hombres de la palabra y los pueblos sumisos y ordenados, laboriosos y constructores. ¿Qué más maravillas están ocultas en todo el Zócalo cuando algunos estudiosos dicen que, la “Catedral edificada con piedras del Templo Mayor eran parte de 78 estructuras del centro ceremonial que abarcaba 16 hectáreas con una muralla de veinte metros de ancho”.

“Esa era la extensión, comenta el señor Carlos Vega Sánchez, quien traza con un lápiz la zona que comprendía el centro ceremonial de los mexicas: en la esquina de la calle Francisco I Madero, y al norte, hasta la mitad de la Plaza de Santo Domingo; hacia el Oriente, a mitad de Palacio Nacional”.

“Debajo de la Catedral, glosa el señor Vega Sánchez, hay 11 basamentos piramidales”. “El conquistador barre con todo el centro ceremonial”, sintetiza mientras observa los trozos de piedra, para fijar su mirada en la puerta central de la Catedral Metropolitana, llamada Del Perdón: “Siempre cerrada; sólo se abre en días especiales, como cuando viene el Papa u otros personajes distinguidos”, la catedral, se inicia en 1524 por instrucciones de Hernán Cortés, y la actual, inicia en 1573 y se termina en 1813, 240 años después”… lentos, así somos los mexicanos, como pretendiendo que de pronto salieran las construcciones majestuosas de los indios derrotados a la luz, porque pensamos que ahí estará nuestra fuerza, sin entender que somos mestizos venidos de muchas razas, valiosas todas, y es lo que no queremos reconocer, muchos se sienten gachupines y otros indios solamente, olvidando que somos la mescla más valiosa de cientos y miles de años y sin entendernos ni aceptarnos, seguimos gimiendo derrotas o brutalidades y creyendo en milagros, cuando todo es cosa de los hombres y de sus ambiciones y anhelos.

Dios, no toma partido, es creador de hombres y no de grupos, Dios está como el gran arquitecto que no ve que hace, sino la razón de la belleza de lo que hace, labrando piedras, poniendo cuñas y cimientos que superan los tiempos. Ahí están muchos vestigios de lo nuestro, de los que ganaron y de los vencidos, de los dos son porque los dos están en la sangre de los mexicanos, no hay razas puras, el mestizaje es la realidad y hay que aceptarlo, por ello, amar Santo Domingo o Monte Albán, amar El Tule con su majestad y Mitla con su misterio, es amar a lo nuestro y valorar, y cuando entendamos que somos más que los demás y podemos ser grandes, volveremos a construir lo nuestro muy de dentro, con el amor del cielo y de la tierra, con la esperanza y la realidad… por ello, este presagio de la ofrenda del lobo nos debe hacer pensar: Lobo Sol y Lobo Guerra, viajero del inframundo…y, si no entendemos: la violencia en puerta.