Aprendiendo a ser | El Imparcial de Oaxaca
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Aprendiendo a ser

 


A los maestros, mis maestros, nuestros maestros, que fueron un ejemplo de sabiduría, vergüenza y trabajo; su legado perdura en nosotros.
Juanita Glessen fue mi maestra de inglés 2°. Curso; era suiza, pero parecía un ángel; en ese entonces tendría cómo dos mil años; menudita, de piel blanca, casi transparente; ojos azules, lentes redondos; nariz aguileña; boca chica, de labios delgados; pelo corto cómo Príncipe Valiente, con fleco y todo; usaba suéter gris claro, casi blanco, abierto; vestido de colores claros, lisos o con estampados tenues, falda plisada; zapatos de piso. Le había tocado vivir en carne propia los horrores de la II Guerra Mundial y pienso que esta experiencia fue la que la convirtió en ángel.
Tenía una hija, alta y robusta, que, según nos contó, tenía más desarrollado el brazo derecho porque jugaba jai alai (cesta punta).
Juanita era periodista, me parecía que no comía y que en cualquier momento se la iba a llevar el aire.

Dn. Ricardo Cervantes Barzalobre, director de la Escuela de Comercio, fundador y presidente del Colegio de Contadores Públicos del Estado de Oaxaca.

Dn. Carlos Z. Vásquez Mendoza, fundador y presidente del Colegio de Contadores Públicos del Estado de Oaxaca, fundador de la Academia Oaxaqueña que tanto ha aportado a la Contaduría Pública.

El CP. Roberto Ángel Castellanos Iralda, CP. Pablo Quiroz Arenaza, CP. Ángel Mayoral Rodríguez, CP. Alfonso Ocejo, CP. Eduardo Ramírez Soto, CP. Leopoldo Girón Cruz, CP. Leonardo González Pérez y CP. Gerardo Morales.

Al maestro de Matemáticas II le decíamos demostradito porque al terminar de hacer la demostración de un teorema anotaba de manera abreviada: ccqd, con lo cual quedó demostrado; Ingeniero Civil había trabajado en minas ricas en oro, plata y otros metales, según contaba; había aprendido alemán él solo; siempre de traje azul claro, con sombrero marrón de ala angosta; de unos 70 años de edad; era un excelente maestro y un ser humano extraordinario; Dn. Eugenio Sotomayor se quedó con nosotros para siempre.

Me emocionan los recuerdos de la adolescencia que como estudiante viví con los yópez de Comercio, en el Edificio Central de la Universidad “Benito Juárez” de Oaxaca -esquina de Av. Independencia y Alcalá, en la inolvidable Escuela de Comercio.

Excelente escuela, tanto por la calidad de sus maestros, como la de sus alumnos y personal administrativo. Escuela mixta de nivel medio superior en la que no había discriminación, ni élite de ningún tipo; el mismo edificio albergaba a la Escuela de Derecho y era el lugar de reunión de todos los estudiantes de la Universidad: Comercio, Derecho, Medicina, Enfermería, Ciencias Químicas, Arquitectura, Preparatoria y Bellas Artes. Conocías a todos y todos te conocían, desde los de nuevo ingreso hasta los que estaban egresando; eran los años 60’s., la época del Rock.

Los yópez eran estudiantes con posibilidades económicas como para venir de provincia a estudiar en Oaxaca; la mayoría llegaban derechito a Derecho o a Medicina y, algunos, los más inteligentes, estudiosos y responsables, se inscribían en Comercio y por esta razón, en venganza por ser los mejores, nos llamaban de cariño, a todos, los yópez de Comercio.

Amigos y compañeros sacuden a personajes dormidos para que despierten; como el Dormilón, como cariñosamente le decíamos a un compañero que trabajaba de velador en una gasolinera y por esta razón, en la clase de Álgebra, con Demostradito, se quedaba profundamente dormido; ¡despiértalo! decía Demostradito mirando por encima de sus lentes y señalándolo con el índice tembloroso ¡pero con cuidado, verdad mi hermano! y nunca faltaron los acomedidos que se abalanzaban sobre el pobre Dormilón para despertarlo con un coscorrón y cuando estaba de suerte, que era la mayoría de la veces, le tocaban dos o tres simultáneamente.

Por la estela de perfume sabías que ya había llegado el maestro de Matemáticas; el maestro más elegante; de tez blanca, bigote negro perfectamente recortado, voz grave, bien parecido, estatura y edad media; traje, zapatos, cinturón, correa del reloj, calcetines, corbata y en temporada de frío guantes de piel, todo del mismo color; nunca repetía un traje en la semana.

Durante la clase caminaba por el pasillo de enmedio hasta situarse al lado de Carlos su consentido y con ternura le acariciaba la barba cerrada y el pelo; y así se la pasaba gran parte de la hora de la clase.

Hasta la fecha Carlos jura besando la cruz que esto no le gustaba y que lo consentía para que no le pidieran la clase y todos sabemos que así era realmente; de broma le decíamos: ¡Ah! ¡Con que con el maestro, no Carlos!.

Era tanta la burla que le hacíamos al infeliz de Carlos que un día decidió no sentarse en el lugar dónde siempre lo hacía, que era a la orilla del pasillo central del salón. El maestro como de costumbre, sin perder de vista el pizarrón y exponiendo la clase se encaminó hacia el lugar de Carlos; se paró, como siempre lo hacía a un lado de él, y como siempre lo hacía, con una ternura infinita empezó a acariciarle la cara y el pelo; pero esta vez la mano reportó al cerebro algo diferente; el compañero que había ocupado el lugar de Carlos era lampiño, y así lo hizo notar el maestro y todos nos dimos cuenta, pues volteó y vio con sorpresa que no era su consentido y con un ademán de rechazo aventó al sustituto; nosotros nos moríamos de risa; no les miento, en todo el salón se oía: ¡ja! ¡ja! ¡ja!.

Desairado y molesto el maestro buscó con la mirada a Carlos y al encontrarlo le dijo: ¡A ver flojonote! ¡pasa al pizarrón! y lo exhibió ante todos como un pésimo alumno. Al final de la clase, no se dieron cuenta que atrás estaba M, el Burro, que vio y escuchó, y con esto fue suficiente para que todo el mundo lo supiera, que el maestro se acercó al lugar de Carlos y le jaló suavemente la oreja y acercándole el rostro le susurro: ¡Flojonote! ¡te espero en el coche! tal vez lo de ¡flojonote! no sea cierto, pero lo que si es cierto es que esta es una anécdota clásica que recreamos hasta la fecha jalándole la oreja a algún condiscípulo diciéndole ¡Flojonote! ¡Te espero en el coche! también es cierto que Carlos jamás se volvió a sentar en otro lugar que no fuera dónde siempre lo hacía.

Desde Santa María Oaxaca, 21 de julio de 2017
castilan1o@yahoo.com