Juárez el hombre | El Imparcial de Oaxaca
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Juárez el hombre

 


La noche que pasó Dn. Benito Juárez en Santa María Oaxaca conocida también como barrio de El Marquesado, fue sin duda una noche extraordinaria en su vida.

Fue la noche que cambió su vida para siempre; así lo comprendió dieciséis años después, cuando aceptó que los dolores en el pecho eran insoportables y que el nuevo viaje que en cualquier momento debería iniciar.

Era un recorrido sin retorno para reencontrarse con su hijo Pepe -el bien amado-; con Margarita, su viejita adorada; con Josefa su hermana; con Antonio, otro de sus hijos y con sus hijas: Amada, Francisca y Guadalupe y con la mujer que lo cargó en su vientre, que le dio su sangre que lo amamantó y a la que había perdido cuando el tenía tres años.

¡Invocó su presencia para ir de su mano a la eternidad!

Como un torrente retumbó en las montañas y en los valles el gritó de Juárez en zapoteco llamando a su madre:
¡nan – too – qui! ¡En tus manos entrego mi espíritu! y expiró.
– ¡nan – too – qui! ¡Mi madre! en zapoteco-
El sábado 9 de enero de 1856 llegó don Benito Juárez al pueblo de Santa María Oaxaca de El Marquesado; venía como gobernador interino y era la segunda vez que gobernaba su estado natal.

Las autoridades del pueblo hospedaron a Dn. Benito Juárez y fue la noche que marcó su vida para siempre.

El 9 de enero de 1856, en la entrada del pueblo de Santa María de El Marquesado, bajo el arco triunfal adornado de guirnaldas, lo esperaba la autoridad municipal del pueblo acompañada de una banda de música; con cohetes y gente del pueblo portando carrizos adornados con banderas; con una alegría extraordinaria, dieron la bienvenida al licenciado Benito Juárez y pusieron a su disposición un carruaje y en él hizo el recorrido el gobernador hasta la casa municipal de Santa María, escoltado por una gran cabalgata de partidarios y gente del pueblo que caminaba; ciudadanos de todas las clases que trasportados de júbilo recorrían las calles aclamando la libertad.

Esa noche pernoctó en la casa municipal de Santa María de El Marquesado.

Después de recibir a su esposa y a sus hijas a las que no veía desde hacía más de dos años y medio, Dn. Benito pidió que lo dejaran sólo; fue una noche de vigilia pensando en las circunstancias en las que vivía el pueblo; los abusos del alto clero y de los militares; la corrupción, el cinismo y el saqueo de los fondos del pueblo en la administración pública.

Había que luchar, hasta vencer o morir, contra la ignorancia, contra la ambición y contra el fanatismo; era el momento de empezar a crear una nueva República, de legislar y de hacer cumplir las leyes.

Todo se fue aclarando poco a poco en su mente: la guerra civil que podría desatarse por los privilegios tan grandes que iban a ser afectados; el deber de entregar su vida a la patria ofrendando también la de su familia con la esperanza de que algún día podríamos tener, los mexicanos, un país pujante y vigoroso.

Fue la noche del sábado nueve de enero de 1956 -año bisiesto-; noche de luna en cuarto creciente, casi llena, que iluminaba como si fuera de día y que Dn. Benito Juárez guardó en su mente y en su corazón hasta que, por última vez, se encontró de frente con la muerte.

“He observado en sus habitantes, escribe Don Benito Juárez, el mayor entusiasmo para sostener la causa de la libertad. Demostraciones de regocijo de todas clases que ha habido, me confirman esta idea, y el que no hay preexistencia que induzca a creer lo contrario”.

Un día después, el 10 de enero de 1856, “A las cinco de la tarde -dice La Crónica, periódico de la época- citado por Jorge Fernando Iturribarría, los repiques a vuelo en los templos católicos, los himnos de las bandas militares. El incesante estallido de los cohetes, las aclamaciones, la corriente del pueblo desbordándose en todas direcciones, anunciaban la vuelta del señor Juárez a su estado natal.

A la misma hora salió de la casa municipal de Santa María Oaxaca de El Marquesado y al salir comprendió que no había marcha atrás, todo estaba consumado.
“Desfiló con su comitiva montada en tres carruajes, por en medio de una valla inmensa que formaban los indígenas de los alrededores, quienes portaban machetes oaxaqueños (con una curva en el lomo), y de distancia en distancia, banderas tricolores.

“Al llegar a lo que llaman La Raya, el Ayuntamiento de Oaxaca, en pleno, se presentó a felicitarlo (a Juárez); don Luís Carbó, Gobernador del Centro, le dirigió una patriótica alocución y en seguida le presentó en una bandeja dos llaves de oro y plata, en señal de abrirle las puertas de la ciudad. Aquí había dos arcos de triunfo perfectamente formados y con inscripciones alegóricas a la Libertad y al Progreso; a la Democracia y al señor Juárez.

“Un incidente muy particular ocurrió aquí – añade la gacetilla – y fue que una mujer del pueblo se presentó ante el nuevo Gobernador, ofreciéndole un ramillete de rosas blancas y ramos de albahaca, y acompañando a su oferta una especie de arenga que conmovió mucho a los circunstantes, la cual fue contestada por el señor Juárez.”

“Al llegar el señor gobernador al Palacio, después de pasar por más de cien arcos de verde hierba, la artillería de la ciudad, tendida en la plaza de armas, le hizo el saludo de ordenanza; el Obispo, cumpliendo el ceremonial tradicional lo recibió celebrando un Te Deum y después se disolvió la comitiva…”

“Y parecióme, escribe Amado Nervo, que aquel hombre era sereno como el cielo en primavera y glacial como cima que acoraza la nieve, y que su sino fue, en la Historia, tender puentes de bronce entre la gloria de la raza de ayer y nuestra raza.

“Eras tú [Juárez], y a tus pies cayendo al verte: Padre, te murmuré, quiero ser fuerte: dame tu fe, tu obstinación extraña; quiero ser como tú, firme y sereno; quiero ser como tú, paciente y bueno; quiero ser como tú, nieve y montaña. Soy una chispa; ¡enséñame a ser lumbre! Soy un guijarro; ¡enséñame a ser cumbre! Soy una linfa: ¡enséñame a ser río! Soy un harapo: ?enséñame a ser gala! Soy una pluma: ¡enséñame a ser ala, y que Dios te bendiga, padre mío!”