Justina Vásquez, cronista genial | El Imparcial de Oaxaca
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Justina Vásquez, cronista genial

 


Viajar a Santa Catarina Juquila para quien no es nativo de esta ciudad de la Costa del Pacífico, es hacerlo principalmente por la virgen María, visitarla en su santuario que siempre está lleno de peregrinos de diferentes partes del país y el estado, pero más en los días cercanos al 8 de diciembre que es cuando se le celebra, que hasta extranjeros se mezclan entre los creyentes mexicanos.

Son incontables las personas que conocen este destino turístico religioso, al cual se llega a través de la ruta de la fe desde la capital del estado, a lo largo de 290 kilómetros de carretera. Algunos siguen llegando a pie en cumplimiento de una manda, agradeciendo dones y favores o lo hacen por conocer a la virgen motivados por lo que se habla de ella. Caminan durante varios días atravesando valles, cañadas y serranías hasta llegar a este maravilloso lugar.

Juquila es siempre un atractivo en lo religioso y lo profano. En el estado de Oaxaca es el santuario que ocupa el primer lugar más visitado por el número de personas que al año llega a dos millones y medio en siete mil peregrinaciones, según registros que se tienen. A nivel nacional, ocupa el tercer lugar después del santuario de Guadalupe en la ciudad de México y el de San Juan de los Lagos, Jalisco.

De todo lo que acontece en el lugar, el acervo cultural que posee la comunidad elevada en años recientes a rango de ciudad, hay una persona que no pierde detalle de ello, que ha visto pasar generaciones y a sus 85 años de edad se pronuncia por el respeto y la autenticidad en las expresiones culturales para que la gente de Juquila no pierda su identidad cultural e histórica que le distingue.

Justina Vásquez Carrasco es una mujer menuda, de baja estatura, de ojos y movimientos vivos, que tiene los datos de su pueblo al dedillo y los comparte con mucho gusto cuando se le inquiere sobre el pasado y el presente de Juquila. Es una apasionada de la tradición oral y escrita, de la música y los bailes regionales, los cuales trae en sus venas pues ella las abrevó de sus padres, tíos y abuelos. Es una cronista genial y promotora cultural infatigable.

Y cómo no va a ser de esa manera si su abuela paterna Clara Casiana Guzmán fue chatina, hablaba la lengua originaria y conservaba la cultura de la etnia; con su abuelo José María Vásquez se comunicaba en castellano y le animaba a cultivarse. Sus padres, Trinidad Vásquez Guzmán y Merced Carrasco Cruz, le heredaron de igual manera su amor por la tierra natal y la cultura madre. Sus hermanos Salomón, Antonio, Rosalía y Virginia se dedicaron al arte musical en sus diferentes expresiones.

Cuenta ella que su padre fue bilingüe y le transmitió todo lo que estuvo a su alcance. Sus tíos Álvaro y Hesiquio Vásquez Guzmán se dedicaron en cuerpo y alma a la música. El primero tocó en la orquesta y banda municipal de Juquila, y el segundo alternó las labores del campo y la enseñanza musical en diferentes poblaciones como Tlaxiaco y Jamiltepec, sin olvidar jamás a sus paisanos. Alcanzó el grado de sargento en la milicia.

Otros familiares lo fueron el licenciado Abelardo Vásquez Cruz que se desempeñó en la Ciudad de México donde llegó a ser magistrado federal, en tanto que Leovigildo de los mismos apellidos escribió la obra histórica La soberanía de Oaxaca y colaboró en el semanario picoso de El Chapulín. Sus primas y primos hijos de Álvaro mostraron igual inclinación por el arte y la música.

En ese ambiente familiar creció y maduró Justina, aunque lamenta no haber aprendido desde pequeña la lengua chatina, pero la respeta y recomienda que este idioma sea conservado en toda su originalidad, como fuente de tantas expresiones culturales e históricas que dan identidad a las comunidades y habitantes.

A ella le tocó asistir a la primaria en horarios matutino y vespertino; ir al campo en el receso a dejar la comida a su padre, se daba tiempo para atender ambas actividades en un Juquila de otros tiempos. “Mi padre me enseñó mucho de lo que sabía; vivíamos alejados entonces de la civilización, pero él puso a mi alcance libros de historia, novelas clásicas y otras cosas que consideró básicas que me podían servir en la vida”, recuerda.

Bueno, hasta le enseñó a escribir a máquina, de esas que poco se usan ahora. Los conocimientos adquiridos le permitieron convertirse en esa época en profesora en la escuela católica que había en Juquila. Su padre recorrió todo Juquila. Conoció a mucha gente del distrito a quienes apoyó en sus escritos y trámites ante las autoridades distritales.

En 1950 viajó por primera vez a la capital del Estado acompañada de sus padres, tenía entonces 18 años. Acostumbrada a su tierra natal, se sentía extraña estar en otros lugares, así que al cumplir un mes fuera de ella, compró su boleto y regresó felizmente en avioneta a su Juquila querida.

Acostumbrada a luchar siempre por la vida, a ser autosuficiente, la hizo de costurera y también de cantinera. Puso su propio bar, lo cual enojó a su padre. Ella misma lo atendía y en ocasiones se ponía a jugar también barajas y cubilete con la clientela. Desde luego nunca faltaron las críticas de la gente, pero no les hizo caso. Estaba consciente de lo que hacía y siempre se dio a respetar.

A sus 85 años ella vive en un espacio muy especial, rodeada de fotografías históricas de Juquila, de la familia, lo que ha visto y vivido en lo social y cultural. Conserva las herramientas de labranza y domésticas de antaño, así como pesas y medidas antiguas, etcétera. Lucen igualmente en las paredes hermosos bordados muy originales que ella misma ha hecho.

Es promotora entusiasta del Grupo Folklórico “Legumbre hermosa”, que integran compañeras y compañeros de generación, entre ellos Eutiquio Vásquez e Hilario Cortés, que en días pasados celebraron su décimo aniversario en la casa parroquial.

En los bailes de fandango se privilegia lo original, tanto en el vestuario como en la música. Ella sostiene que primero hay que investigar y documentarse, y eso es lo que han hecho, ella y sus compañeros, para ofrecer lo auténtico al público.

Doña Justina es una referencia obligada para conocer la historia de Santa Catarina Juquila y a ella acuden niños, jóvenes y adultos para abrevar de viva voz lo que desean saber. Es una fuente inagotable, pero además ejemplo de solidaridad por las mejores causas de su pueblo.